La película prohibida
Películas prohibidas
Por Ezequiel Boetti
No hay películas prohibidas en este texto sobre películas prohibidas. No hay porque nací a fines de los ’80 y empecé a darme cuenta que el cine podía ser bastante más que un entretenimiento a comienzos de la década pasada, lo que implica que a) viví toda mi vida con la censura como un episodio felizmente pretérito y b) el crecimiento de mi gusto por ver películas coincidió con la masificación de Internet y la consecuente depuración de los métodos de acceso al infinito mundo audiovisual 2.0. La conjunción de ambos factores, entonces, me imposibilita definir, en la pura tiranía del aquí y ahora, una película en esos términos. A no ser que me remita a un hecho fosilizado en la memoria. O más bien a una sucesión de hechos dispersos que, quizás, si la inspiración me encuentra sentado frente al monitor, conformen un todo coherente y legible.
El lector sabrá que en la Argentina existe un sistema de calificaciones. Sí, seguro lo leyó: ATP, SAM13, SAM16, SAM18. Todos ellas presentan una tipología particular, con el segundo y tercero permitiendo el ingreso de aquellos cuyo documento no marque la edad correspondiente acompañados por sus padres o tutores legales. Pero en Flores no había lugar para letras chicas y simplemente bastaba con aplomo y seguridad para ver una SAM16 con 14 años. El Rivera Indarte fue un oasis en aquel largo verano de cacerolas encabronadas y billeteras sin un mango, templo de una irregularidad meliflua validada por esos boleteros siempre dispuestos a hacer la vista gorda y un grupo de acomodadores cuyas miradas acusadoras devenían en pura ternura ante la certeza de una buena propina.
Así pasaron los primeros años de visión compulsiva de películas, entre primeras funciones de cines, DVD alquilado, cable, VHS. Todavía quedaba una deuda pendiente con una SAM 18, pero sentía que aún no estaba lo suficientemente maduro para enfrentarme a ella. Con las de 16 uno siempre podía aludir a un adulto responsable comprando pochoclo o en el baño, pero acá no había tu tía: era —es— imposible ver una película con esa calificación si todavía no se soplaron las 18 velitas. Todo esto lo sabía de oído hasta que un jueves de noviembre de 2003 abrí el diario y me anoticié, con pesar y bronca, que Kill Bill Vol. 1 había recibido la calificación máxima. La ecuación era simple, dolorosa y por sobre todas las cosas inexorable: tenía 16, ergo, no había chances. Pero era demasiado chico para regirme por una presunción legalista: quería, sentía, necesitaba vivir el rechazo en primera persona. Y si de rechazo se trata, nada mejor que el Abasto, complejo reconocido no sólo por su piso pegoteado y el desgano generalizado de sus empleados, sino también por un llamativo apego a las disposiciones de los supremos calificadores.
Éramos tres; dos de 16 y uno de 17. Recién cumplidos, pero 17 al fin. La plusvalía de ese volumen superior de experiencia hizo fácil la elección del mártir: Juan Manuel, el hombre de 17, se acercaría a la boletería y nosotros, mientras tanto, esperaríamos a una buena distancia, no sea cosa que alguien descubriera el vínculo entre el maduro comprador y esos pululantes infantiloides. Observamos el zigzageante recorrido por la fila con esas palpitaciones propias de las picardías adolescentes. Faltan tres personas. Ahora dos, uno. Ahí va. Fade out del sonido ambiente. Silencio atroz de Monumental derrotado. Primer plano a mi pupila dilatándose. Juan tarda mucho. Habla, espera y no nos mira. Pienso: es inteligente, el guacho, qué lindo tener 17 y no 16. Dejo de pensar porque de repente… sí. La máquina está escupiendo entradas. Una, dos, tres. Tres entradas. Vuelvo a pensar: qué pillos, somos tres flamantes trasgresores riéndonos en la cara de los caprichos normativos.
Los años pasaron, cumplí 18 y más tarde empecé a dedicarme al periodismo cinematográfico. Quizás porque todavía me parezca increíble que me paguen por hacer lo que amo es habitual que, ante situaciones parecidas, sea yo el padrino mayor de algún ocasional espectador con potencialidad para el mismo fracaso que sobrevoló nuestras existencias aquel cálido jueves de noviembre de 2003, cuando me di cuenta que esa locomotora llamada adultez se acercaba atronando que, sí, dentro de poco, demasiado poco, diría, esas trasgresiones serían uno de los tantos recuerdos de una etapa que se fue para nunca más volver.
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Kill Bill Vol. 1 (2003) | Quentin Tarantino

























