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Nuestra última película

Pornografía (Un cuento en dos pisos) /// Lucas Granero

Nuestra última película
Pornografía (Un cuento en dos pisos)
Por Lucas Granero

Este es un cuento en dos pisos. En el piso 2, el de arriba, estoy yo. En el piso 1, el de abajo, está mi hermano. La definición exacta de la jerarquía espacial es definitoria para entender las dimensiones misteriosas de este relato, dimensiones casi metafóricas, en las que ser 1 no es lo mismo que ser 2, ni mucho menos ser 2 es lo mismo que ser 1. 2 y 1 (ó 1 y 2) forman, de todas maneras, una misma estructura. Una misma base de acción donde, a la llegada de la medianoche, se ponían en escena toda una serie de movimientos secretos, una guerra fría activada por la gracia de saber que se estaba haciendo algo mínimamente novedoso, pero radicalmente osado.

También es necesario ajustar los límites temporales de esta historia. La medianoche es, aquí, un momento de importancia vital. También lo es la mañana, cuando nos levantábamos, porque era en ese momento donde se sabía, a través de diversas huellas comprometedoras, quién había sido el campeón de la noche. Pero en este caso era yo el que tenía que tener mayor cuidado. El piso 2, con su determinada altura, contenía el peligro sonoro del impacto: el control remoto cayendo al piso, en el silencio de la casa, se asemejaba, para los demás, a una piedra que rompe un vidrio, pero para mí, consciente de lo que ese hecho significaba, el sonido era más bien parecido al de una bomba explotándome en mi propia cara, en mi propia habitación. El control remoto, el instrumento clave en toda esta actividad nocturna, permitía a aquel que lo poseyera el poder absoluto de la situación. Ganar el control remoto aseguraba la entrada sin filtros a toda una nueva etapa de visiones trasnochadas, nocturnas, íntimas.

La construcción del campo de batalla había sido propulsada por las acciones de mi padre, quien en la época de penetración más extrema del sistema de televisión por cable decidió que sería una buena idea que cada miembro de la familia, en su habitación, tuviera no sólo una televisión, sino también el correspondiente acceso a los mas de 60 canales que ofrecía una grilla frenética. Fue a través de ese acceso a mil imágenes nuevas e impulsado por la inédita sensación de control que me permitía mirar lo que quisiera en cualquier momento del día lo que fue gestando en mí el placer de mirar todo un mundo nuevo que se construía cada vez que apretaba silenciosamente el botón de encendido. Transformar el acto televisivo en algo único como lo era en aquellos momentos de exploración y descubrimiento convertía a esta actividad en algo que se salía de los márgenes correctos, convirtiéndose en algo extraordinario, prohibido y excitante. Y posiblemente hayan sido las mismas sensaciones las que llevaban a mi hermano, en el piso 1 de la cama, a realizar el mismo ritual mientras yo, en el piso 2, dormía, convirtiéndome en ese sueño en el perdedor absoluto de la jornada.

¿Se puede considerar como compañero de la experiencia cinematográfica a alguien que duerme mientras la misma se desarrolla? Yo creo que sí. La presencia del otro en el piso 1 o en el piso 2 generaba buena parte de los detalles y cuidados con los que debía llevarse a cabo toda la misión secreta. Esperar que el compañero se durmiera era la parte central. Para mí, en el piso 2 era más fácil darme cuenta de esto porque lo único que tenía que hacer era bajar mi cabeza suavemente hacia abajo y comprobar el estado de las cosas. Para el habitante del piso 1 este asunto era ya un poco más complicado.

Supongo que, tanto para uno como para otro, se trataba de una misión kamikaze. Todo podía fallar en cualquier momento, porque el mismísimo encendido del televisor inundaba toda la habitación con un ruido por demás notorio que sin duda podía ser suficiente para despertar el dormido y comenzar, así, con tan poco, una nueva dimensión en la batalla. A veces sucedía. Me ha sucedido. Me he visto atrapado in fraganti en pleno acto y teniendo que inventar excusas tales como “es que no me podía dormir” (lo cual, en algún punto, era cierto) o “me duele el estómago”, sentencia ésta infalible que llevaba a la compasión del enemigo, quien decidía dejarme tranquilo, aceptándose también, de alguna manera, como el perdedor en una situación que acontecía en su mismo espacio pero que le era completamente negada. Sin embargo, algunas cuantas veces ninguno de los dos dormía, pero hacíamos que sí. Y de esa manera nos convertíamos en silenciosos espectadores de una transmisión ajena. Así es como me han tocado ver imágenes y escenas que jamás sabré a qué película corresponden, pero que podría reconocer en un segundo. El silencio, la oscuridad, la contemplación secreta convertía a las imágenes más banales en algo extremadamente poderoso.

Y en una de esas noches en las que me tocó ganar… Ya había guardado el control remoto debajo de la almohada. Había dormido a mi hermano con el poder hipnótico de un zapping frenético, algo que solía hacer bastante seguido. La indecisión y el aburrimiento de hacer de cuenta de que no había nada para ver lo ganaba por cansancio, haciendo que el sueño se vea como la única salida para escapar de la catarata de imágenes veloces e indescifrables a la que lo condenaba. Cuando el movimiento del piso 1 dejaba de hacerse perceptible, bajaba mi cabeza y comprobaba el estado de las cosas. La quietud del habitante del piso de abajo era la perfecta señal para poner en mute al televisor, apagar la luz del velador y dar inicio a la exploración.

Pero esa noche había sido víctima de un vil engaño. Ansioso por saberme victorioso, no percibí que en realidad mi enemigo no estaba dormido. Pero de esto me di cuenta recién dos horas después. Dos horas en las cuales vimos juntos, en silencio, y solamente iluminados por la luz del televisor, las imágenes que habrían de ser la puerta de entrada a todo un mundo nuevo. La película estaba empezada. Y al parecer la estaban dando doblada al español, porque ni siquiera tenía subtítulos. Así solamente veía(mos) las imágenes de algo que no entendía(mos), pero de cuyo poder magnético era difícil de desprenderse.

La secuencia que me impactó empezaba con un hombre entrando a un departamento. La persona que vivía ahí no estaba, lo que le permitía al hombre investigar sin escrúpulos por el lugar. Tan tranquilo estaba que decide ir al baño. Un plano del exterior muestra a una chica, en un auto, que al ver llegar a una mujer toca la bocina del auto. Supongo que al tirar de la cadena el sonido de la bocina queda superpuesto y el hombre no escucha la señal de peligro; por eso mismo se sorprende al escuchar que alguien entra. Nervioso, se esconde en el placard. La mujer entra y él la espía por las rendijas. Se desnuda y queda en ropa interior. Habla por teléfono. Algo en esa conversación la perturba, porque se tira al piso, en donde se revuelca, sacándose la peluca. Se dirige hacia el baño. En un momento abre el placard, pero no ve al hombre, quien se oculta detrás de la ropa. Pero algo sale mal, porque de repente ella intuye algo. En la cocina agarra un cuchillo y vuelve, cuidadosa, a abrir el placard, del cual sale, para su sorpresa, el hombre. Arrodillado, éste se ve completamente sometido a las acciones de la mujer. Y ahora, para mi sorpresa, la escena pega un giro de 180 grados. El hombre comienza a desnudarse lentamente. El filo del cuchillo de la mujer parece ansioso por tocar la piel. Ahora de pie, la mujer comienza a sacarle la ropa interior al hombre. Y ahí, en ese momento clave soy yo el que escucha un ruido proveniente no del placard sino del piso de abajo, un ruido que no es el de alguien acomodándose en su sueño, sino mas bien un ruido peligroso, un ruido que no debería acontecer, un ruido que me aleja de la victoria y me lleva al terreno de la vergüenza, del espanto: «¿estás mirando pornografía?» —sentencia la voz desde abajo, una voz a la que decido no mirar, sino más bien negar apagando de un golpe la televisión y enterrando el momento en el disimulo absoluto. No escuché más voces.

Un par de años después la estructura fue destruida. El piso 1 y el piso 2 dejaron de existir para pasar a ser ahora una cama al lado de la otra. El rito de la televisión por la madrugada pasó a ser bastante más complicado y fuimos dejándolo de lado. Un poco más tarde aún, sacamos la televisión de la habitación.

Lo raro fue que nunca hablamos al respecto. Ni siquiera a la mañana siguiente. Hubo entre los dos una especie de pacto de silencio implícito que ambos optamos por respetar. Sin embargo, un día, cuando la experiencia cinematográfica ya tenía para mí otra presencia en mi vida, nos encontramos de nuevo con esa escena de esa película que, hasta ese día, jamás supimos de dónde provenía. Un VHS de Blue Velvet nos ponía de nuevo frente a la locura pasional de Isabella Rossellini y ese hombre en su armario. Ninguno de los dos dijo nada. Y así, con ese silencio fundábamos una nueva manera de ver películas juntos.

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Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986) | David Lynch

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