Mi primera película
Primer sueño
Por Gabriel Fiszman
Fue una tarde calurosa cuando mis primos y yo, acompañados por mi madre, nos unimos a la fila de una cuadra de largo para acudir al suceso cinematográfico de las vacaciones de verano. Pertrechados con los pantaloncitos cortos correspondientes y a base de caramelo y chicle, llegamos arrastrando los pies frente al cine Los Ángeles.
Las puertas vidriadas con las imágenes de las siempre coloridas películas en cartel daban lugar a unas empinadísimas escaleras, que habiendo conocido bien (después de una hora de fila), se subían de a tres pasos por escalón. Así, de la mano de un padre, de una madre, o sosteniéndose de la baranda, se encaramaba la multitud de niños en ascenso. Algunos valientes trepaban por sí mismos, apoyando las manos sobre cada escalón para luego ir subiendo de a una pierna por vez. Los más grandecitos, trepaban esporádicamente dando respiros. Desde las paredes nos saludaban los personajes de Disney: Mickey, Donald, Minnie y Tribilín con distintos atuendos. Creo haber visto a un Mickey investigando, lupa en mano y con sobretodo, desde el sintético de la pintura. La galería de personajes con sonrisas dibujadas nos acompañaba mientras con mis primos escalábamos hacia la sala. Constituyéndose como una especie de oasis, al llegar al primer piso había finalmente un puesto metálico y vidriado que vendía dulces como en la feria.
Continuamos subiendo, con el ritmo entrecortado que tiene toda fila congestionada, junto a una muchedumbre de nenes y nenas, con zapatillas o sandalias, con las caras llenas de azúcar y pochoclos en los bolsillos. Era imponente la vista de los ventanales abarcando todo lo alto del frente del edificio, que dejaba ver la Avenida Corrientes en su constante movimiento. Cuando llegamos al escueto descanso, donde unos pocos escalones nos llevarían finalmente al cine, pude ver en perspectiva el hormigueo de gente que todavía accedía por las puertas vidriadas y se encumbraba por lejanas pendientes.
Después de entrar atravesando los telones rojos de la estrecha puerta y de que nuestros boletos hubieran sido cortados, bajamos en la oscuridad por extensos escalones (cinco pasos por peldaño), recubiertos con una especie de alfombra de plástico. La luz roja que provenía de cada escalón generaba un poderoso ambiente al momento de descender, con gran expectativa, en la oscuridad.
Cuando nos acomodamos en los (por entonces) enormes asientos de la fila, me ubiqué frente a la pantalla contento e inquieto, haciéndole comentarios a mis primos, sin dejar de mirar, alrededor, a la gente que todavía seguía encontrando sus asientos en la penumbra, iluminada débilmente por el acomodador.
Nos habíamos sentado en la tercera fila, cuando de pronto, la grandiosa pantalla se iluminó, impactada por un haz de luz, generando un silencio instantáneo entre el público (a excepción de alguna tos siempre inoportuna).
Contenidos por la pantalla y correteando por amplios campos, aparecieron el gato Chatrán y su amigo, el perro Pousquet. Recuerdo el verde fresco de los paisajes. Y aún los veo, jugando en la extensión de las praderas. El ámbito rural y la conmovedora música repetida hasta el cansancio de mil maneras distintas, siempre igual. Tengo la imagen indeleble del pequeño gato escondido en la caja de madera, cayendo por la corriente del río. Y después, con un recurso impactante (que en su ejecución se habrá cobrado la vida de muchos “actores” felinos) la caída de la caja por una cascada.
También recuerdo otra escena en la que Chatrán y su amigo canino llegan a un campo en donde se acumulaban gran cantidad de botellas de leche y sienten el goce de alimentarse después de un largo viaje.
La aventura de dos pequeños cachorros en la inhóspita naturaleza, su supervivencia contra el hambre y la lucha constante para no ser presa de otros animales, el desafío de estar lejos de casa y el crecimiento que esto implica, constituían la temática de la película infantil, y la situación de estos pequeños no era muy distinta en aquel entonces a la nuestra, cuando quien escribe contaba cuatro años con los dedos y todo espacio resultaba enorme. Un arenero, un parque o un tobogán, junto a los amigos o a alguna noviecita del jardín, alcanzaban para contener todas las aventuras imaginables.
El hecho es que con el calor que hacía en la sala, el cansancio que tenía por la agotadora odisea de la fila y el ascenso por las escaleras… dormí casi toda la película. Apoyándome sobre un brazo y despatarrado, descansé plácidamente durante una hora en la oscuridad intermitente de la sala. Así fue mi primera película: relacionada con los sueños.
//////////////////////
Las aventuras de Chatrán (Koneko monogatari, 1986) | Masanori Hata