La película prohibida
Prohibido prohibir
Por Ricardo G. Rodríguez
¿Pensaste que escribiría sobre Calígula, La Naranja Mecánica, Saló o los 120 Días de Sodoma o, tal vez, Teorema, todas obras de arte cuidadosamente censuradas por las burocracias gobernantes de aquellos tiempos? Nada de eso. Con Teorema tengo una pequeña anécdota: fuimos con Myrtha a verla el día del estreno. Al día siguiente fue levantada y su reposición en cartelera tardó varios años.
Después de cavilar extensamente —unos 5 minutos— sobre el tema que elegiría para mi narración (no utilizo la palabra “relato” porque últimamente es sinónimo de mentira y lo que voy a evocar es estrictamente cierto), después de tanto pensar, decía, me decidí a contar un hecho ocurrido en mi adolescencia.
Tendría unos 14 años y quería llegar pronto a los 18 para eludir todas las prohibiciones. Mi primera experiencia con espectáculos sólo aptos para adultos fue en el teatro. Con 13 cumplidos, era bastante alto, había desarrollado la barba y el bigote —que afeitaba diariamente para que adquiriesen mayor vigor— y vestía con traje y corbata por lo que aparentaba ser mayor. Mis hermanos mayores me llevaron una noche a ver una revista porteña en el teatro El Nacional. Actuaban Pepe Arias, Adolfo Stray, Alfredo Barbieri, Don Pelele y un incipiente Tato Bores del lado de los masculinos. Las vedettes eran Nélida Roca, Xenia Monti y May Avril —estas dos últimas francesas— Dorita Burgos y la veterana Nené Cao. Salvo por alguna puteada de Stray y un poquito de picardía, no había nada que justificase el rótulo “Prohibido para menores de 18 años”. En cierto modo salí bastante decepcionado porque esperaba algo más fuerte, pero me divertí mucho con aquellos genios de la comicidad. Queda claro que entré porque iba con gente grande.
A partir de aquel momento, me convencí que era imperioso alcanzar la meta de los 18 para ver en el cine todas las películas a las que no podía acceder, pese a mis vanos intentos. Sin embargo, se presentó una ocasión.
En esa época —verano del 59— mi viejo era dueño de la pizzería La Aurora en el 2309 de la avenida Nazca, a metros de Álvarez Jonte. Había terminado el primer año y estaba de vacaciones. Le dije a mi viejo que quería laburar por la tarde en el negocio para ganarme unos mangos extra. En la misma cuadra, estaba el cine Sol de Mayo, hoy inexistente. Así fue como conocí al acomodador, que venía todos los días a consumir dos porciones de pizza con fainá y un vaso de moscato chico. Uno de esos días me comentó: el miércoles que viene vamos a dar una película porno y no pediremos documentos. “Esta es la mía”, me dije.
Ese miércoles trabajé a la tarde, como siempre, pero la ansiedad me corroía. ¿Cómo sería aquello? ¿Qué iría a pasar cuando las luces de la sala se apagasen y comenzase a irradiar la pantalla? Para colmo, antes del apagón, el acomodador pasó voceando: “la leche fuera de las butacas”. Finalmente, se inició la proyección. Desde los títulos te dabas cuenta que era una película viejísima, en blanco y negro y que la copia exhibida estaba bastante arruinada. A pesar de todo eso me quedé, con la expectativa incólume. Sin embargo, pronto llegó la decepción: se trataba de espectáculos grabados en distintos cabarets del mundo, con señoras mucho más vestidas que las que ya había visto en El Nacional. Antes del cartelito The End, se pudo ver a Blanquita Amaro en el Tropicana de La Habana, meneando sus caderas al ritmo de una rumba frenética, en un escenario en el que la habían rodeado de estatuas de mujeres desnudas. Eso fue todo. Pura frustración.
Los 18 años llegaron y pasaron demasiado pronto. Con la adultez instalada, estoy haciendo memoria a 20 días de cumplir mis 69. Pero esa es otra historia.
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Una noche en el Ta-Ba-Rín (1949) | Luis César Amadori

























