La película prohibida
Prohibido traspasar (…y ver)
Por Eduardo Marún
Ocurrió hace dos años atrás. Nunca, por distintos motivos —mayormente laborales—, había tenido la oportunidad de estar presente en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Por aquel entonces, tuve la gracia de recibir de una amiga de la familia las llaves de su departamento de veraneo en Mar del Plata. La desventaja económica estaba casi resuelta. Es más, gracias a la gestión de gente amiga en la facultad también había logrado acreditarme, con lo cual los costos se reducían aún más. Casi por intuición me había reservado una semana de vacaciones en el trabajo. Por primera vez en mi vida, reunía todas las condiciones para poder ir al fin a mi primer festival en mi siempre bien recordada Mar del Plata.
Pero, por esas cosas del destino, estas condiciones decidieron coincidir con lo que fue, por lejos, el peor momento de vida y de mi familia: mi padre se encontraba internado, habiéndose confirmado hacía poco la enfermedad terminal que padecía. Cómo nadie podía asegurar si esta situación se iba a prolongar por días o por años, y luego de largas deliberaciones con mi familia, tome la decisión de hacerme presente en lo que iba a ser mi primer festival. Sabía muy bien que en el verano no iba a contar con mis ansiadas vacaciones, por lo tanto, este iba a ser mi único respiro por quién sabe cuánto tiempo. Esta esperada oportunidad se me presentaba ahora, más que nada, como una chance no tanto de ver cine sino de poder respirar al menos un rato de una situación que ya comenzaba a superarme ampliamente.
Recuerdo que llegue un sábado lluvioso, el primer día del festival, no antes de las diez de la noche. Todavía no había llegado nadie de mis amigos o conocidos de la facultad, con lo cual, un poco para escapar de la soledad y otro poco para hacer estreno con mi primera película en el festival, decidí sacar entrada para ver Crimen en París de Georges Clouzot, que la proyectaban casi a la una de la mañana, en una versión de tres latas.
Ya al otro día, con el clima acompañando mejor, me fui cruzando con amigos y con caras que me resultaban familiares de la facultad. El festival comenzó a transcurrir normalmente: visionados frenéticos de películas una tras otra, movilidad de una sala a otra a las corridas y, cuando se podía, charla entre amigos para intercambiar opiniones sobre lo que habíamos visto y consejos sobre lo que deberíamos ver. En esas charlas comenzaba a tomar protagonismo una película, de la cual todos hablaban maravillas, pero siempre esos comentarios iban acompañados de manifestaciones como “es muy depresiva, pero es una genialidad”.
Mi intención de “respirar” de mi situación familiar obviamente había fracasado, tan solo había logrado desplazar varios kilómetros mi cuerpo, pero mi mente siempre estaba apresada en la sala de internación. Aunque, a pesar de todo, y gracias a mis amigos y a ciertas películas, alcanzaba ciertos momentos de respiro y casi que lograba disfrutar otra vez de mi amor por el cine.
Siguieron pasando los días, y ya los comentarios empezaron a ser de otra índole: “…sé que la película es un bajón, pero es la mejor del festival”. De distintas maneras, todos, o casi todos, congeniaban en que, aunque depresiva, era la película del festival. Todavía no me había dignado a verla, había algo que me retenía, y, como es mi costumbre, la pateaba para la próxima proyección.
Llego la última posibilidad de ver “la película del festival”, ya había dejado pasar la mejor oportunidad, ya que la daban, en lo que es para mí, la mejor sala del festival, en el Auditórium. Todos comentaban que la película, a pesar de su supuesta depresión contagiosa, era un festín visual, condición que la sala del Auditórium garantizaba plenamente por su enorme pantalla. No obstante, tenía la chance de verla el último día del festival, la proyectaban cerca de la noche. Ya todos mis amigos habían retornado, yo tenía pasaje para el lunes temprano, con lo cual, volví a reencontrarme con la soledad de aquella lluviosa primera noche. Es decir, tenía la posibilidad de cerrar mi debut en el festival con “la mejor película”.
Había algo, como un sentimiento desconocido, como un latir indescifrable, una fuerza interior oculta que me refrenaba e impedía que me acercara a sacar la entrada para esta película. No sabía cómo justificármelo. Nunca estuve de acuerdo con esa ecuación de “si estás mal, es mejor ver una comedia, y si estás bien, aprovechá y clavate una película bajón, total no te va a hacer mal”. Entiendo que si la película es una genialidad siempre logra imponerse por sobre cualquier estado anímico. Sin embargo, muy contradictoriamente, en aquella ocasión me dije: “mejor me despido del festival con una comedia. Ya que estoy solo, al menos me río un rato”. Dicho y hecho, saqué para Scabbard Samurai, una comedia bastante aceptable, pero que sin dudas no quedará en la historia del cine grande.
Había terminado mi primera visita a Mar del Plata en tiempos de festival y no había visto la “mejor película”. Con el tiempo, o, mejor dicho, con los tiempos que estaba pasando, tal situación de no poder entender porqué no había querido ver esa película fue quedando relegada. Aunque meses después la encontré en mi videoclub. Parecía que me estaba esperando y, además, me creía capaz de verla, pensando que aquello que jamás había comprendido —el porqué de no verla— era un sentimiento superado. Por lo tanto, me hice de una copia.
Al llegar a mi habitación la coloqué en el estante de mi videoteca. Cuando estoy en mi casa por la noche, siempre repito el mismo ritual: elegir una película de mi colección para terminar el día. Ahora, todas las noches, entre las posibles a elegir, estaba la “mejor película” de mi primer festival. Las noches fueron sucediéndose, y volvía a elegir otras películas antes que “la película”. Hasta que llegó un momento en que ni siquiera la tenía en cuenta a la hora de elegir como terminar mi día.
Otra vez, no supe por qué esa película se había tornado prohibida para mí. Parecía que desde mi interior unas fuerzas que no podía dominar, habían decidido que yo no podía verla. La prohibición siempre la ejerce otro contra la voluntad de uno, o de unos; en este caso, era mi propio ser que me lo impedía —y me lo sigue impidiendo—.
Sin duda, la historia de mi viejo se hacía presente, quizás por miedo a sentirme aún peor, no pude verla en su momento en Mar del Plata. Y ahora, que el tiempo ha pasado, quizás el verla, presiento, pueda hacerme aflorar ciertos sentimientos. Honestamente, desconozco el motivo, y ya no busco el porqué, ni siquiera a través de este relato. Esa película, que no vi y que probablemente no vea nunca, va a estar tan o más presente en mi vida que muchas que sí he visto. Y desde mi estante me recordará eternamente que hay cosas que no pueden superarse —o que yo no puedo superar—, que hay ciertos límites que la vida nos va imponiendo —digamos prohibiciones—, que, con aceptar, pero sin olvidar, a veces alcanza. No quiero decir que conviene prohibirse cosas para seguir adelante, sino más bien que las prohibiciones —y estas son las verdaderas prohibiciones— suelen imponerse muy a pesar de uno. Es decir, ojalá no hubiera existido el verdadero motivo para que mi inconsciente me la prohibiese.
Ah, por cierto, esa película es Melancolía, de Lars Von Trier.
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Melancolía (Melancholia, 2011) | Lars Von Trier