La película prohibida
Punto final
Por Miguel Baratta
«Una película se separa de su autor y comienza a tener una vida independiente, que se transforma en forma y contenido al verse confrontada con la personalidad del espectador».
Andrei Tarkovski. Esculpir en el tiempo.
Comió, bebió y se sentó en su sillón preferido, los pies muy sobre una silla, los ojos en la película, que arrancó bien, era buena, él ya lo sabía y por eso lo atrapó de entrada, desde la primera secuencia de la familia en el auto, ese plano largo, fijo, de bienestar de los personajes, todo tan soleado, todo tan bien, la casa bien, la familia bien, el perro, los hijos, el lujo, el confort. Él seguía con el culo en su sillón, casi no se movía y pensaba en “qué bien que se ve”, en “qué bueno que no fui al cine”, en “imaginate estar viendo eso con un nabo que atiende su celular en la sala o que el pochoclo o los nachos con queso”. Nada de eso, la película seguía y la cosa se ponía jodida, cada vez más áspera, más ríspida, más sin salida y claro, hay un punto en que la historia trasciende la pantalla y eso que sucede nos atraviesa; o lo que nos pasa internamente atraviesa la pantalla.
En fin, la cuestión es que esa especie de simbiosis, o como sea que se llame, comenzó a producirse —y de qué manera—, porque él había vivido más de una vez experiencias muy parecidas a esa que les estaba ocurriendo a los personajes de la película y no podía más que conectarse con las sensaciones de aquellos momentos tan duros, tan feos, tan tapados así nomás con el paso de los años, y no podía más que recordar las veces que habían entrado ladrones a su casa mientras él estaba adentro y lo ataron y le pegaron alguna que otra cachetada de esas que no duelen pero se hacen sentir de otra manera. Ay, ay, ay, y esa paranoia extraña que se genera con los robos, con las amenazas, con la violencia ejercida de una manera tan cobarde y a la vez tan liviana, tan carente de sentido, tan absurda, esa sensación que regó sus días de una especie de contradicción permanente, que lo llevaba a estar alerta de cada sonido, de cada ladrido de perro, que no lo dejaba dormir por las noches y que lo hacía pensar constantemente en que bien podría haberse dado otro desenlace mucho peor, pero como le decía su madre, “en esas cosas no hay que pensar y hay que agradecer que estamos vivos”.
Pero la película seguía y lo metía más adentro y él ahora se daba cuenta de que hubiera preferido que suene algún celular o cualquier otra cosa y estar en un cine rodeado de gente para que eso le permitiera tomar distancia. Pero no, estaba solo y todo avanzaba hacia un lugar inevitable, aunque, como esas cosas que duelen pero no podés dejarlas, siguió viendo la película hasta el final y siguió sintiendo esa absurda paranoia, ese temor estúpido ante cualquier sonido del vecino y pensó que “mejor salgo a dar una vuelta como para tomar un poco de aire”, pero, aunque sabía que era ridículo, tenía miedo o algo parecido y todo por esa “película de mierda”, que “por fin se terminó” pero que encima le había parecido excelente, así que apagó todo, dio dos vueltas de llave, se metió en su cama esperando que no le pase otra vez lo mismo de no conciliar el sueño y pensar estupideces toda la noche, cerró los ojos con fuerza tratando de poner rápido un punto final.
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