Mi primera película

¿Qué es el cine? /// Ricardo Soto Uribe

Mi primera película
¿Qué es el cine?
Por Ricardo Soto Uribe

No sé, y a ratos me parece que no importa en lo más mínimo. Del mismo árbol podrían caer otras preguntas similares como “¿Qué es el futbol?” y estoy seguro que nadie buscaría una respuesta en el segundo previo a un penal que puede dar vuelta un partido. Lo más común, es que estas preguntas inmensas —y a veces, compañeras de vida— sean incapaces de encontrar su momento y su lugar y queden casi siempre disueltas en la cotidianeidad o atrapadas en su propia grandilocuencia. Es verdad, esta clase de preguntas esencialistas no buscan nunca convertirse en respuesta. Lo que me parece curioso, sin embargo, es como la pregunta resulta del todo vana y desechable si hace su aparición en el instante en que el objeto cuestionado —en este caso el fútbol o derechamente el Cine— se encuentran vivos en un ahora concreto… la pregunta entonces, solo pareciera tener cabida en un espacio de ausencia del objeto, o sea, cuando no estamos aferrados a la butaca del cine ni gritando en la cancha. Finalmente, en un espacio de contemplación del abandono o del recuerdo… un espacio de ausencia, de cierta muerte. Un desierto que a veces es buscado en pos de una distancia “objetiva” e intelectual, y que en otras —como en este escrito— es el campo abierto y ventilado que nos deja la memoria.

No estoy en una sala de cine ni viendo alguna película, entonces me pregunto por el Cine y tiendo a imaginar una respuesta que se moviliza, pero no irrumpe, como hacen esos ríos subterráneos que hay en algunos desiertos. Mi primera imagen de desierto, es el de Atacama, en Chile. Un desierto pedregoso, de huesos salados disueltos en astillas, de cruces negras, de matanzas obreras y banderas que se adivinan rojas en medio del sepia de viejos daguerrotipos. Es un recuerdo construido que ahora aflora en mi mente mucho antes que el desierto primero: el del western. Ese de grandes cañones y rocas gigantes: mi desierto cinematográfico de niño —muy yanqui, por cierto—.

El cine, la verdad, fue una experiencia primaria que no se depositó en claros recuerdos. ¿Habrá alguien en mi generación —y de mi condición urbana y social, claro está— que recuerde el instante en que vio un televisor por primera vez…? Así, yo tampoco recuerdo ni mi primera película ni mi primera ida al cine. Así, el desierto de Arizona fue un recuerdo cinematográfico que se quedó apretado en una pequeña pantalla de 14 pulgadas de un televisor Goldstar a perillas que por suerte no tuvo que esperar a ser “retro” para que le tenga un aprecio estético —siempre me gustó… igual que ver películas en él—. El recuerdo del Cine como espectáculo grande, como ritual de oscuridad, como ida al centro de la ciudad, como noche en medio del día, es más bien un recuerdo forzado que nace desde la adultez y del diálogo con otros adultos (textos y películas incluidas)… Ese cine grande, es un recuerdo armado: un escenario mágico elegido, como aquel otro escenario trágico que elegí por desierto.

El Santiago de Chile que albergó mis primeras películas (todas yanquis, más algunos spaguetti western igual de yanquis) no tiene nada que ver con la maqueta snob y neo-facha que es la ciudad en la actualidad. El Santiago de los ochenta se emparenta con ese Desierto de Atacama trágico, ese que nunca conocí pero que extrañamente recuerdo. Era una ciudad de juegos que a veces expedía olor a bombas lacrimógenas y neumáticos quemados, donde el miedo corría montado en el viento y la bronca se escondía en las parroquias, en los cajones de las cómodas y en los casetes prohibidos. Era un desierto lleno de ríos subterráneos, lleno de respuestas y preguntas a punto de brotar… de estallar. Pero yo era en parte ajeno a todo eso, especialmente por parte de mi padre (injustamente de derecha) que se hacía el boludo con la Dictadura y me solía llevar al Cine… al espectáculo grande en donde la pantalla de 14 pulgadas quedaba humillada y ese tal “pinocho” (tibio apodo de Pinochet) resultaba ser un simple viejo de traje gris que aparecía a cada rato en la tele, cotidiano y omnipresente eso sí, pero diminuto al compararlo con el Pinocho real: el de Disney, el del Cine.

Sería muy fácil imaginar —o recordar— a un crio cabezón orejudo de brazos flacos que desde el teatro del recuerdo me intentara decir que el Cine fue una entretención completa, sin mediciones críticas ni técnicas, con un grado irritablemente democrático de tolerancia e ingenuidad; que el Cine fue una experiencia lúdica en donde la idea era emocionarse, en donde se trataba de poder ver Peter Pan más de seis veces aprovechando la existencia de un Cine Rotativo y la inexistencia de algún empleado que te instara a irte. Que en el Cine a nadie se le pasaba por la cabeza que las películas combinaban con un balde de pochoclos… y que aún se estaba lejos de pensar que combinara con algún beso o apriete pre-coital… Pero la verdad, ese niño que amaba el cine (entre tantas cosas) poco me puede hablar del mismo. No sabe nada de cine y no le importa. El cine era solamente la mejor salida con mi padre los días domingos. Nada más. Era simplemente mi mayor alegría de la semana y por lejos los mejores domingos de mi vida. Hasta poco importaba si era el cine… ir a la cancha no venía nada mal, y un parque con una pelota tampoco. La verdad, el cine y el fútbol me gustaban mucho, igual que a mi padre, pero conjuntamente con la infancia que se iba, las entradas se encarecían, los rotativos se esfumaban y mi padre se empobrecía, otros recuerdos nos reemplazaban y nunca, nunca más volvimos a ir al cine juntos. Ese chico cabezón, orejón y flaco nunca se preguntó ¿Qué es el cine? Lo tenía clarísimo: era simplemente la alegría de una tarde en medio de una ciudad silenciosa, al final poco importaba si era Peter Pan en algún rotativo del centro o Superman en el Cinerama de Santa Rosa y La Alameda. En ese momento, las preguntas obraban porque las respuestas vivían todo el tiempo: en la ansiedad previa, en cualquier cosa, hasta en la emoción por la historia de malas pelis (emoción que tiene cualquier historia para quien solo quiere conocerla y compartirla). Las preguntas resultan vanas ante la presencia imponente de la vida, por eso el Cine ahí no se preguntaba, simplemente se vivía y palpitaba en cada una de esas tardes de amor infinito que llevábamos apretadas entre mi mano y la de mi viejo.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tal vez también puedas leer.

Copyright © 2022 - GrupoKane

Salir de la versión móvil