A la salida del cine
Quizá porque era domingo
Por Rocío Carrillo
Quizá porque era domingo y sus piernas habían atravesado la ciudad. Quizá porque esos colores la arrastraban a un mundo desconocido. Quizá porque cada palabra, cada imagen la sumergía en un punto delicioso de sí misma. Quizá era por todo eso o simplemente porque algún día debía suceder, de una vez por todas.
Paloma se sentía aturdida y levantarse de la butaca no fue una tarea sencilla como cualquiera juzgaría, no. No podría describir qué sentimientos la paralizaban, pero era algo cercano al miedo de lo inevitable. A tal punto demoraba su partida de aquél cine que un empleado tuvo que venir a recordarle que la película había concluido y que ya no podía permanecer allí.
Su cuerpo sudado y en temblor se arrastró hasta la salida, miró la calle de domingo acabado, acabado de tristeza y desesperanza, pero ella no acompañaba esa tristeza, pues su cuerpo había sido inundado de sensaciones desconocidas pero buscadas hace tiempo. Algo que estaba allí, dormido y que Las edades de Lulú de Bigas Luna había logrado despertar.
Como cada domingo Paloma estaba sola, su marido con el fútbol de siempre y sus hijos estarían con sus tíos y primos en una quinta. Era un día dedicado a sí misma y decidió ir al cine, ese cine que no lograba compartir con su pareja porque sus preferencias colisionaban inevitablemente desde que había decidido formar una familia cuando tenía apenas veintidós años. Ir al cine sola o con una amiga era algo frecuente en su vida. Luego de la película solía ir a tomar un café a “Las violetas” y pedirse una porción de pasta frola, casi como un ritual. Recién allí lograba analizar el film, entre el humo del café y el dulce en su paladar.
Pero esta vez fue distinto, casi sin preguntárselo eliminó la idea del café y se aventuró por otros rincones de la ciudad en busca de aquello que pusiera nombre a su ansiedad, un encuentro que la ayudara a descifrar lo que su cuerpo experimentaba, y fue directo a buscarlo.
Al entrar al bar lo vio sentado en un rincón y hundido en uno de sus libros de economía, tomando su cabeza con una mano, como si le pesara el pensar. Era un gesto recurrente en él y que a ella la excitaba casi sin motivos. Sabía que estaría allí, como cada domingo, preparando sus clases y también sabía que su llegada lo sorprendería.
Al verla se quedó callado como queriendo entender si realmente era la Paloma que había conocido hacía casi tres años, la misma que lo enloqueció y dejó a mitad de un suspiro. La invitó a sentarse sin saber qué decir, tan sólo la miraba. Comprobó que era la misma pero que sin embargo emanaba una vibración extraña, su cuerpo se ladeaba virtuoso al andar y su mirada lo buscaba, inquisitiva. Él aceptó esa mirada como una invitación a lo prohibido, a aquello que en su momento no se atrevió a concretar y ahora proponía firme.
Él tampoco era el mismo, se había convertido en aquél “Hombre nuevo” del Che, pero había circunscripto su vida a sus libros y allí su lucha. Charlaron un rato, no supieron muy bien de qué, susurraron versos desconocidos y él la invitó a su casa. Caminaron juntos, subieron al ascensor y sus sudores se rozaron. Paloma entró a la casa del hombre nuevo, atravesó sus puertas, caminó entre montañas de papeles y acomodó sus piernas en un sillón.
Él la miró dispuesta, cruzó el largo de sus piernas, se sentó a su lado y ella decidió montarse y recordar sus labios, la humedad de su lengua dentro de su boca y aquéllas manos presionando su cintura. Así fue perdiendo sus prendas, una a una hasta la habitación, como quien arma un camino temiendo perder la salida.
El hombre nuevo caminó cada rincón de su cuerpo, comenzó por el final, la base corpórea, los extremos cosquilleantes que la sostienen y subió sin premura por la andadura infinita que la endereza, no sin detenerse en cada luz y en cada sombra, hasta llegar al destino primero, a la humedad que lo esperaba, singladura inevitable del placer. Y las manos de Paloma se confundieron en rincones desconocidos y su cuerpo se entregó al temblor de la finitud ingrata, hasta fundirse en goces de luna nueva. El placer la dejó exhausta y durmió allí, entre papeles, libros y sillones desvencijados.
El sol desayunó en su ventana y con el primer rayo Paloma entendió que el hombre nuevo ya era viejo, que la luna había borrado sus versos de ayer, que los cerezos de esta primavera maduraron con tanta prisa que en una sola noche sus frutos cayeron para no ser recogidos por nadie y se despidió. Comprendió también que allí dejaba a la mujer que fue, que ya no era posible volver atrás. Y así pasó del hombre nuevo a nuevos hombres, de los calores de la ciencia a la incertidumbre que provoca el goce del cuerpo en sí mismo, sin mediar palabras que la enamoren ni le provoquen anhelos de primavera. El hombre nuevo calló para siempre y Paloma decidió dejarlo callar, borrarlo y seguir en busca de atardeceres con humo, ron y sábanas mojadas.
Su placer se convirtió en su premura y su búsqueda por saciarlo inabarcable. Calló sus verdades para siempre y el paralelo se trazó como una luz roja en su cuerpo. Y así vivió, entre dos mundos. El tiempo transcurría suave y violento, según su ventura, entre el goce de su cuerpo, la vida familiar y las salidas solitarias.
Un nuevo domingo y el cine fue la opción…Y quizá porque era domingo y sus piernas estaban cansadas. Quizá porque esos colores la arrastraban a un mundo conocido. Quizá porque cada palabra, cada imagen la sumergía en un punto amargo de sí misma. Quizá era por todo eso que Paloma se sentía aturdida y levantarse de la butaca no fue una tarea sencilla como cualquiera juzgaría, no. No podría describir qué sentimientos la paralizaban, pero era algo cercano al desamparo. A tal punto demoraba su partida de aquél cine que su amiga, que aquella tarde la acompañó, tuvo que ayudarla a levantarse y enderezar su andar hasta la salida de la sala. Sin duda alguna, Tomates verdes fritos de Jon Avnet la había conmovido y su vida ya no sería la misma.
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Las edades de Lulú (1990) | Bigas Luna