Mi primera película

Recuerdo en tres actos /// Ángel Hadziconstanti

Mi primera película
Recuerdo en tres actos
Por Ángel Hadziconstanti

“Decí lo primero que te viene a la mente”, dicen los psicoanalistas.

Tomo esta fórmula para internarme en los pasillos de mi conciencia y ver qué pasa. No aparece nada. Momento, momento. Algo llega. Entre recuerdos de pan con manteca, revista Anteojito, Nesquick, y Playmobils, llegan imágenes difusas de una legendaria película de dibujos animados llamada Petete y Trapito, del no menos legendario Manuel García Ferré.

De la función en sí misma sólo quedan unos flashes: las luces apagadas de un club de barrio o un salón de fiestas, el murmullo de los otros chicos, el resplandor de la pantalla. Es raro, pero lo que más perdura en la memoria es algo más emotivo que visual, una filigrana de sensaciones y de fascinación que se iba tejiendo de a poco, a medida que pasaba la película. Las historias de García Ferré son dramáticas, sensibleras, con algunos golpes bajos, y eso —evidentemente— pega fuerte en una psiquis de 5 años.

Leo en Wikipedia la data de la película: “Trapito es un espantapájaros con vida propia y con una singular tristeza emocional. Una noche tormentosa, salva la vida de Salapín, un simpático gorrión. Al parecer, la tristeza de Trapito se debe a que le estaba faltando algo. Finalmente, Salapín lo lleva hasta la casa del Patriarca de los Pájaros, un pájaro anciano que conoce muchas cosas de la vida del bosque y sus habitantes.”

Eso da una pista sobre el por qué del recuerdo melancólico de esta primera experiencia cinéfila. Un espantapájaros deprimido, noche tormentosa, gorrión casi muerto, un pájaro anciano. Fuck.

De ahí, corte a otra escena. Fiesta infantil a los 8 o 10 años. Proyector Super 8. Versión reducida de La Guerra de las Galaxias. Niños reunidos en torno a una sábana blanca rotosa, colgada de una pared, que hace de pantalla. Vasos de plástico, Coca-Colas y migas de chizitos en el piso. La princesa Leia con sus rodetes, la voz oscura de Darth Vader que hacía correr frío por la espalda —aun hablando con un marcado acento gallego— y una historia de dos horas contada en 20 minutos.

Postal 1: Ver cómo la “Estrella de la Muerte” se destruía una y otra vez cuando volvíamos a poner la película en el proyector.

Postal 2: examinar el celuloide buscando los cuadritos que más nos gustaban, apuntando a alguna ventana cercana.

Nuevo corte. Esta vez, la escena transcurre en una sala cinematográfica propiamente dicha. Reposición de 2001, Odisea del Espacio. Lugar: sala céntrica pegada a una avenida (sería la 9 de Julio, Santa Fe, ¿quién sabe?). Edad: 10 ú 11 años aproximadamente. Síntesis: cóctel psicodélico casi incomprensible de monos peleándose, un hueso volando y la nave que baila en el espacio al son de Strauss. Los trajes espaciales, la computadora que se vuelve loca, los monolitos misteriosos en un combo explosivo para las neuronas de un nene mucho más nerd que mi Yo actual.

Dejamos acá, fin de la sesión.

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Petete y Trapito (1975) | Manuel García Ferré

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