A la salida del cine
Salir del cine
Por Daniel Grilli
1915. El nacimiento de una nación. Los Ángeles, 8 de febrero.
1941. El ciudadano. Nueva York, 1 de mayo.
1961. Hace un año en Marienbad. París, 25 de junio.
1985. París, Texas. Buenos Aires, 14 de febrero.
Leo los años, los títulos, los lugares, y las fechas. Me detengo una y otra vez en el cuarto renglón, tratando de recordar cómo estaba vestido, para acercarme a una fecha más exacta. Si fue en febrero o marzo debía hacer el suficiente calor como para estar en mangas de camisa…pero me es imposible acordarme de tal detalle insignificante. Sí recuerdo la sala repleta, el silencio durante la mayor parte de la proyección, y el cine que, creo con bastante certeza, era el Gran Rex. Puedo claramente visualizar la velocidad con la cual al finalizar la función muchos de los espectadores nos dirigimos raudamente en dirección a las puertas vidriadas, no para salir al exterior y perdernos en la oscuridad (sí, también era de noche…), sino para quedarnos a ver las fotos (no los afiches, las fotografías…) de distintas escenas de la película que en su momento las distribuidoras entregaban a las salas y que se pegaban en los vidrios exteriores. Un momento hoy ya perdido al cual algunos espectadores nos aferrábamos para dilatar unos segundos más la entrada al mundo real.
Y ahí aparecían esas fotos que hoy son prácticamente célebres como cuadros en un museo: Travis y su gorro rojo y sucio, en el desierto, mirando la nada delante de un obelisco de piedra; Travis de nuevo caminando por un andén abandonado; la rubia Kinski mirando de frente desde una habitación cerrada, con un peludo y sensual vestido color rosa oscuro; y vaya a saber cuántas otras fotos que no recuerdo con precisión. Ahí estaba yo, absorto, yendo y viniendo a través de las imágenes y las personas cuando a mi lado percibo una pareja joven que también miraban las fotos. Ella le dice a él: —No entendí nada… Inmediatamente, con cierto disimulo, trato de mirarlos. “Gente absolutamente normal, gente como uno”, me digo a mí mismo. Y ahí nomás, de repente, entendí la fascinación que la película había producido en muchos de nosotros, espectadores de la mitad de los ’80, de nuestros años ochenta: nadie de nosotros había entendido nada de nada. Puesto que algo nuevo se respiraba en la película, un algo que no podíamos percibir y menos interpretar tan automáticamente, puesto que (y ahora con el tiempo lo sabemos) asistíamos a uno de esos momentos (¿mundiales?) en los que se produce una modificación en nuestra misma manera de percibir, puesto que se trataba simplemente de uno de esos tiempos en que se produce cada tanto un cambio evolutivo en nuestra conciencia.
Puesto que nosotros éramos todos Travis perdidos en el desierto…o todas Kinkis encerradas en un cuarto…
Unos pocos años después, cuando ya me había retirado de la sala y hacía tiempo que había supuestamente emprendido la vuelta rumbo a la serenidad de mi casa, en la facultad un profesor sugirió una curiosa hipótesis temporal: que cada 20/25 años aparece una película que marca un antes y un después en la historia del cine. Películas que en su estreno son incomprendidas, sea por el público o por la crítica, o por ambos. Y que, con el paso del tiempo, y la inevitable reflexión e intelectualización, pasan a convertirse en verdaderos hitos culturales. Y a continuación mencionaba cuales eran según él dichas películas, indicando para el final París-Texas. A partir de ahí nunca pude sacarme de la cabeza esta sugerencia, más allá que pueda parecer reduccionista anclar la evolución del cine a solo cuatro películas. Pero de ser así (e incluso, a pesar de que no sea así…), cada vez que me acuerdo de ese 14 de febrero o de marzo de 1985, siento que, como espectador, estuve sin duda alguna frente a un cambio histórico. Hecho que me lleva (si sigo este misterioso eje temporal) a plantearme cuál es la quinta película que marcó a su vez ese antes y después en los siguientes 20/25 años, es decir a partir del 2004/2010.
Temo de veras que esta vez, suponiendo haber estado presente, tampoco entendí nada.
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Paris, Texas (1984) | Wim Wenders