A la salida del cine
Salir transformados
Por Graciela C. Sarti
Las sensaciones son por todos conocidas: el fin del sueño colectivo, el parpadeo ante las luces, la lenta fila de salida con los comentarios de rigor. Según como fue la cosa, entre el entusiasmo, la discusión de puntos de vista o el rápido paso a preguntarnos dónde y qué cenar. Pocas, pocas veces nos es dado salir del cine con la certeza de que algo ha cambiado para siempre, de que lo que acabamos de ver es muy memorable y será largamente recordado.
Rescato tres momentos ya lejanos.
El primero tiene por escena las heroicas proyecciones de Cinemateca Argentina allá a finales de los ‘70: momento en que ni el VHS, ni el DVD ni la web nos facilitaban el acercamiento a las obras históricas. Si se proyectaba El gabinete del Dr. Caligari en única función, durante la semana y por la tarde, pues había que ir, ya que tal vez la oportunidad fuese única. Y allá fuimos, ya no recuerdo por qué afortunada alquimia con mis horarios normales de trabajo. Pero no solo estábamos allí los buscadores de cine. Un grupo bochinchero de alumnos de secundaria se había rateado del colegio y había ingresado a la sala sin mayor idea de qué iban a ver, tal vez solo atraídos por lo barato de la entrada. Naturalmente comenzaron a patear y silbar cuando vieron, con los títulos, que la cosa iba en blanco y negro. Ni qué decir tiene que la protesta y las risas aumentaron cuando comprobaron que se trataba de un vejestorio, una película muda. Sin embargo, a los pocos minutos las voces fuertes se transformaron en murmullos y luego en silencio concentrado. Los observé a la salida, perplejos, desconcertados, preguntándose si acaso el protagonista había estado loco o si había sucumbido atrapado en las redes del diabólico director del manicomio.
El segundo y tercer momento están ligados. 1973: estreno en Argentina de El padrino. Mis diecisiete años de entonces me valieron poder verla acompañada de mis padres —nunca pregunté qué habrán pensado mis hermanas menores frente a este gesto tan inhabitual—. La película entonces se daba con intervalo, que caía justo tras el asesinato de Sollozzo y McCluskey en el restaurante. En la pausa, mi madre declaró que había tenido taquicardia durante toda la escena. Pero, más allá de la cabeza del caballo cortada entre las sábanas, de la imagen de Santino cosido a balazos y de la insoportable tensión del desenlace, a mí lo que más me había impactado era la imagen final: la puerta que se cierra como un telón sobre el rostro de Kay, separándola para siempre del mundo de Michael. Tenía el carácter de algo definitivo y elocuente como no había visto nunca. Estaba descubriendo el tremendo valor discursivo del plano, el encuadre y el montaje, aunque naturalmente no me daba cuenta. Seis años después se estrenó Apocalypse Now. Consciente del efecto que me hacen ciertas escenas, para la misma época me prohibí ver El francotirador; pero esto era otra cosa. Corrimos a verlo. Ya podía Kurtz acumular cabezas sobre picas que me sentía más allá de todo daño: extasiada ante lo que era, al mismo tiempo, una denuncia contra la guerra de Vietnam, una Odisea, un descenso a los infiernos; conmovida por la doble posibilidad del viaje exterior e interior de Willard; maravillada ante cada escena, cada plano. También la salida tuvo algo de irrevocable y definitivo: ya no seríamos los mismos. Habíamos tenido el raro privilegio de asistir al estreno de una obra maestra, un clásico.
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El gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920) | Robert Wiene
El padrino (The Godfather, 1972) | Francis Ford Coppola
Apocalipsis Now (Apocalypse Now, 1979) | Francis Ford Coppola