A la salida del cine
Salir y entrar
Por Carlos Brück
¿Porque será que alguien, algunos, yo mismo, nos quedamos viendo los créditos de una película hasta que el logo del dolby —infaltable final— nos separe?
¿Porque será que nos quedamos mirando los créditos que cuentan quién hizo el catering en la unidad que filmó en Nueva Zelanda o el make-up de una película coreana siempre de vanguardia?
En principio estos datos no tienen ninguna relación con la película. No obstante, los que allí quedamos pareceríamos resistentes, partisanos, espartanos que se niegan a abandonar ese desfiladero de butacas y pochoclos. Porque de eso se trata, de no salir de un espacio y atravesar el cartel que dice prudente y brevemente: «SALIDA».
¿Pero adónde salimos, de dónde venimos? Pregunta que el cartel no desglosa y más aún cuando a este mutismo hay que sumarle que tampoco anticipa lo que vamos a encontrar. Al trasponer ese límite que casi siempre puede ser una puerta batiente diferente a los del salón de las películas de vaqueros y en alguna ocasión —cuando si veía a Tom Mix en el Cine Mayo de mi infancia— una cortina imitación terciopelo.
Haber hecho algunos guiones para cine me acostumbraron a escuchar el término “La Industria” pero nunca terminé de acomodarme a la idea de que Hollywood, y por extensión de las aguas que bajan turbias, el cine era “la fábrica (seguimos con la manufactura) de sueños”.
Pero entonces dejar el recinto es salirse de un discurso onírico, de eso que llamaba Freud el intento de realización de deseos para ingresar a eso que llamaba Lacan: La pesadilla, esa Cosa, esa realidad que encontramos al despertar y que a veces se llama vida cotidiana. Y otras veces también.