Nuestra suerte nos juega una mala pasada. Allí nos encontramos ante una nueva situación. Sin embargo, nos damos cuenta de que estamos vivos… nuestras venas fluyen, nuestro cuerpo emana calor y agua, podemos llorar o emocionarnos… pero siempre nos esforzamos, nos esforzamos a superar el desafío. Sabemos que nuestra espera tendrá sus frutos, sabemos que el camino nos espera, sabemos que nosotros mismos podemos levantarnos y seguir. Todo lo que nos implique sangre, sudor y lágrimas traerá consigo sus más ansiadas recompensas…
Imperio / Inland Empire
David Lynch
Estados Unidos/Francia/Polonia – 2006 – 180 min.
Por Anabella Speziale
Tan lejos de todo, la realidad parece ajena al espectáculo… y canta una muchacha los ecos de algún presente heroico… de famas y estrellas dibujadas en costosas veredas. Tan lejos de todo pierde de vista el simulacro cotidiano que brilla ante sus ojos.
Las luces, los focos, las cámaras la encandilan, la dejan ciega hasta que se olvida que está viviendo la piel de una vida ajena… y se vuelve propio el laberinto de comedia. Se promete cercano un nombre más allá del tiempo. Se promete incandescente… parpadeando preso de devociones de celuloide.
Las luces, los focos contagian carcajadas huecas que deforman los rostros. Desde el lienzo de plata rebotan los mismos fantasmas que vuelven reales las lágrimas.
Las luces… las luces… las luces hipnotizan, nombran, aclaman.
Como la liebre paralizada en la carretera nocturna… ella, nuestra muchacha, se deja aplastar inocente, aunque avara, por reflectores industriales y hambrientos diafragmas.
La devoran, la atropellan, la despedazan. Multiplica su cuerpo… se esparcen sus miembros y firma con letras doradas en bulevares con palmeras.
Tan lejos de ella… todos sacan entradas para aplaudir su belleza… y pierden la cordura ante todo fervor de pantallas cuadradas.
Tres veces Ana
David José Kohon
Argentina – 1961 – 115 min.
Por Lucía Carnicero
El mundo quiere que Ana sea secretaria y ella así lo desea. ¿Quién es Ana? Inocente, camina por el pasillo eterno ubicando cada juguete muerto en su lugar. La vidriera la observa y él también lo hace, es una muñeca. Por una apuesta lo conoce y le pide que juegue con ella. Ríen y se escapan, corren y se van.
El bisturí pone fin al juego y se lleva la imagen de lo que pudo ser, dejándola igual que antes pero más vacía.
Ana seduce, Ana tiene hambre y está rodeada. Él llega a la cueva de las fieras y da sus primeros pasos, es ambicioso, trata de entenderla. Demasiadas palabras para ella, Ana sabe que es inalcanzable y lo mueve a su voluntad hasta conseguir lo que quiere. ¿Pero qué es? Tal vez que esa arma desbocada se canse de mirarla a los ojos y dispare de una vez.
Él la vio en aquella ventana, no la conoce, pero se la imagina, le da una sonrisa y un cuerpo, el cuerpo de Ana. Juegan de nuevo, esta vez en las nubes, lejos de la tierra que agobia. Ella sabe su nombre y él es tan feliz que decide subir y atravesar la ventana que la encierra. Una aguja recorre la silueta de Ana, su mirada está perdida y sus piernas atadas. ¿Ana es?
¿Quién es Ana? ¿Ana somos?
El retrato de lo diferente se iguala en su esencia: ser juguete, ser objeto, ser inerte.
Te doy mis ojos
Icíar Bollaín
España – 2003 – 109 min.
Por Natalia Ardissone
Se entrega con los ojos vendados.
Su deseo es el de otra que tampoco tenía ninguno y entonces es el de él.
Porque la quiere la aporrea, porque la necesita toda y no le alcanza.
Y lo que ella no le regala, él se lo roba.
No se ven, pero se sienten. La sangre corre veloz por sus cuerpos, sus partes, que son de él.
Rey de un imperio, del más pequeño, que sólo tiene por habitante una mujer sin ojos, sin orejas ni boca, sin piernas ni pecho. ¿Así no podrá correr, ni gritar, ni sufrir?
Pero descubrió las sombras, donde ahora se siente a gusto.
Un proyector dispara colores sobre ella, que se para ante sus oyentes para hablarles con su boca, con sus ojos. Se los presta a otros sin que él se entere.
Pero el monarca, siempre al tanto.
Y es que la paranoia es su aliada y consejera.
Aunque no quisiera escucharla, le grita al oído y él se siente un puto pringao.
Las hormigas comienzan a trepar por su cuello y su nuca y se seca por dentro. Se para el aire, el ruido y ya no la ve. Enceguecido, se libera de la culpa.
Tres mujeres. Cada una la misma sangre. La historia se repite, pero no la tercera vez. Ahora el amor es posible en lo distinto, en otra lengua.
Y ella, que repetía por segunda, que no podía llorar porque sus lágrimas eran de otra, ojalá descubra que no es sólo sombra.
Be with me
Eric Khoo
Singapur – 2005 – 93 min.
Por Natalia Ardissone
Se encendió la mecha y entonces se va a apagar, como todo lo que se mueve hasta que un día se para, como todo lo que sube hasta que un buen día cae. Y quizás te caiga encima sin que lo presientas, o tal vez te atajen sin que lo pidas.
La mecha encendida da calor, así que todos sudan. Pero más los que procuran evitar que se consuma. Y en su vano intento despliegan tal esfuerzo que se vuelven un mar de sudor. Ya cansados, no los quieren. Si ahora huelen mal.
La mecha se apagó sólo de un lado. Pero nada puedes hacer.
Convicción usada, reafirmación en la pantalla: Nada podrás hacer para retener lo que se va, lo que se escapa de esas manos mojadas de sudor, que ya no pueden acariciar porque sería tan desagradable.
Vidas Secas
Nelson Pereira Dos Santos
Brasil – 1963 – 103 min.
Por Anabella Bustos
A los pies de un sol calcinante, opresivo y filoso, agoniza, suplicante, la extensión al infinito de la tierra herida.
1941, nordeste de Brasil.
Casi inmóviles, casi sumergidos, apenas se yerguen la casa, el árbol, la familia, el perro, la esperanza. Frutas secas de la tierra estéril.
Hay una tormenta única en el verano eterno. Hay el trabajo y la oración del domingo.
Pero no hay cielo, ni patrón, ni dios que se apiade. La promesa del paraíso deviene permanente calvario.
La sed del suelo no puede más que levantarse ante el paso aletargado de los caminantes y penetrar su polvareda en la inútil negrura de los zapatitos nuevos.
Ni las lágrimas ya impúdicas y desvergonzadas fecundan el paisaje hostil del porvenir.
Nordeste de Brasil, infierno blanco. Infierno, infierno, infierno…
Las aves negras recortan el firmamento.
El perro se dispone a morir.
Resurge el lamento agudo desde las entrañas del suelo.
La humanidad no es posible allí.
Sin embargo, bajo la omnipotencia quemante del sol, la tierra, despojada de tiempo, resiste.
La niña santa
Lucrecia Martel
Argentina/Italia/Holanda/España – 2004 – 106 min.
Por Anabella Bustos
En la geografía compleja del paisaje adolescente, irrumpe la pregunta: ¿Cómo escuchar la palabra que nunca se pronuncia?
El cuerpo, a veces, simula una respuesta. La niña aún no lo sabe. Y el catecismo lo seguirá negando mientras implora “qué queréis Señor de mí” ante un dios que no es más que el nombre de la falta de sentido.
Cuando ya no se oye nada, el cuerpo aturde de erotismo. La Niña se sumerge y explora.
Cuando ya no se oye nada, el catecismo ahoga con lágrimas la última sospecha de vacío.
Mientras tanto, detrás del cuerpo y de dios, vibrando el aire con sigilo, la presencia rotunda del silencio es lo único que insiste.
La niña, está claro, pronto lo aprenderá.
La misión / The Mission
Roland Joffé
Inglaterra – 1986 – 126 min.
Por Leandro Rodriguez Salcedo
En un silencio inflexible, un rostro viejo, grave y agriado; por luz y sombra partido al medio y muerto en vida inculpado, a un entorno oscurecido, el hipócrita emisario.
Mendoza es un pescador de hombres, y muerte, si alguno logra, eludir sus grandes redes y otras trampas su obra; de temple igual, o un poco más, o un poco menos fuerte, a otro tenaz pescador de hombres, que en principio le hace frente, con música como anzuelo, consiguiendo en otros suelos, reclutar nuevos creyentes. Conquistador trovador, atrae así con su flauta, a aborígenes con armas, de esa región Guaraní.
Profeta fue el mercenario, vidente de su fracaso, y en cambio falló en su anuncio el manso, cura jesuita Gabriel. Y entonces el rey vigente de las tierras de Iguazú, guerreará por el reciente Jardín cristiano y su Cruz. Habrá acero, flecha y pólvora, dónde reinaba la calma; pero cambió Mendoza su alma, y el amor le hará caer.
De otro modo, y tan valiente, aunque sin sangre en las manos, perecerá con su gente, el que creyó en el Edén, sirviéndole a un dios inerte que no los mantuvo a salvo.
En un susurro de luz y de verde, un rostro de niña, esta vez entero, verdadero, impávido, mira las ruinas y las cenizas del Paraíso nunca acabado. Encrucijada de iglesia y selva, de río y diablo, canoa y mantos, su espíritu aún creciente, con muchas muertes, de todo emblema, fue despojado.
Familia rodante
Pablo Trapero
Argentina/Brasil/Francia/Alemania/España/Reino Unido – 2004 – 103 min.
Por Jorge Sebastián Noro
El objeto en sus manos, se reúne con él, lo recupera. Su textura lo manipula, le imprime nuevamente su tacto.
El objeto mira hacia delante, se retoma el trayecto.
Ella es la mirada. Raíz Matriz que todo lo observa.
El objeto deviene sujeto, toma forma viva.
La mirada perdida aparece, renace, atravesando individuos diversos.
La Raíz Matriz se siente a gusto. El Árbol Genealógico crece. La escena se repite.
El recorrido es largo, el camino estrecho.
Los cuerpos se funden.
Todo es una misma cosa.
El sujeto vuelve a ser objeto.
¿La familia reunida?

























