A la salida del cine

Sarah Connor no estaba loca /// Vanina Lamarque (Nina Nani)

A la salida del cine
Sarah Connor no estaba loca
Por Vanina Lamarque (Nina Nani)

No hay lágrimas cuando uno está a punto de sumergirse en un océano de lava.

Mi infancia se fracciona como mi cerebro, en dos lugares geográficos diferentes: la casa de mi niñez y la casa de mis abuelos en la costa. Todas las vacaciones íbamos a veranear a la casa familiar de la playa que contenía en el fondo un pequeño patio, y este patio, un patio vecino, del vecino peluquero, con tijeras de dudosos usos: trepándome, mis vírgenes ojos podían ver cómo colgaban de un tendedero con broches pieles blancas y ensangrentadas, recién despellejadas, de pequeños conejos secándose al sol. Las gotas se desprendían de las pieles como en una pequeña muestra individual y personal —y en cámara lenta— de lo que me esperaba del mundo.

Nunca pude borrar de mi retina la imagen de esa blanca y suave fragilidad corrompida por el hombre.

Ese verano comí muchos ravioles de la casa de pastas caseras porque mi mamá estaba de vacaciones y se permitía no cocinar. Mi abuela compraba churros bañados en chocolate porque sabía que eran mis preferidos. Los churros siempre se me llenaban de arena. Mi abuelo hacía pescado a la parrilla que él mismo pescaba bien temprano por la mañana. Todo era rico, cálido, soleado. La playa, la comida, los abuelos, el verano, la distancia de mi casa real; todo me hacía sentir a salvo, como cuando una es chiquita y en una reunión se duerme con la cabeza sobre las rodillas de alguien grande, mientras todos los mayores hablan sobre algo que a uno no le importa, porque es muy chiquita como para importarle nada de grandes, aunque sin embargo disfruta de entrecerrar los ojos y escuchar el murmullo de las voces hasta dormirse. Lo más cercano a un cuento antes de dormir, y una se siente más a salvo que nunca, porque muchos ojos de personas grandes están vigilándola mientras a la vez se ocupan de otra cosa.

Nada malo podría pasarle a ese niño.

“Sarah Connor está loca”, eso dicen. Corre por los pasillos blancos del manicomio sin saber a dónde ir. Su cuerpo musculoso pero diminuto y frágil a la vez se tropieza con sus propios pies descalzos, mientras intenta avanzar, escapándose de la locura. Terminator aparece. Su más grande pesadilla ante sus ojos. Y Sarah se quiebra de terror, cae al suelo, retrocede, se tropieza nuevamente con sus pies. Se arrastra. No puede creer lo que ve. Otra vez, eso que creía haber destruido, de nuevo, de pie, intacto, ante ella, como un fantasma encarnecido.

Terminator, mi mamá, mi hermana mayor y yo.

Caminábamos a la salida del cine por las calles costeras siempre festivas llenas de gente, ahora vacías. Me gustaba esa sensación. Nosotras tres solas. Terminator se había quedado en la pantalla y ese tipo malo de mercurio también había desaparecido. Ya nada me daba miedo. Todo había sido parte de una película que había terminado. Las tres tomadas de la mano caminando en silencio, como en una comunión femenina. Madre e hijas unidas como mercurio fundido que se acerca y se hace uno nuevamente.
La luna, la brisa fresca, el sonido de las olas a lo lejos.

La calma…

Quince años después volví a la costa. A esa casa, ahora diminuta en relación a mi cuerpo. Los adornos de caracoles con forma de animales seguían en la repisa, llenos de polvo. Me sentía Alicia después de haber comido los hongos mágicos que la hacían gigante. El fondo, el patio del vecino, vacío. Solo mis recuerdos de él. El tendedero y los broches sosteniendo la nada fantasma. Esa casa en la costa era el único refugio que mi mente podía visualizar en la confusión de encontrarme sin lugar a donde ir, luego de un viaje de mochila fallido. Con una mochila demasiado pesada. Mientras hacía tiempo para que una pareja de chinos a la que les había alquilado mi hogar en la ciudad me lo restituyeran, decidí irme a la costa. Yo y veinte libros. Yo y casi treinta días por adelante. Y el silencio ensordecedor de las olas chocándose en mi cabeza.

“Sarah Connor no estaba loca”, pensé. Solo estaba encerrada en pasillos blancos con un Terminator adelante. Todos fuimos Sarah Connor alguna vez, incluso mi mamá. Incluso tal vez ella lo fue más que yo. De la primera película a su secuela se produce una metamorfosis del mal al bien, encarnada en un mismo personaje. Este es Terminator, pasando de ser el destructor de la humanidad a ser su salvador. Pensé que esa transformación en el argumento era muy original.

Tomar el mismo elemento, cambiarle el significado.

Dislocar nuestra mirada, la mirada del espectador. Tomar al monstruo, a la amenaza, convertirla en protección. Agarrar al cuco, desarmarlo todo, ver que no daba tanto miedo. Pensaba de todas maneras cuánto le habría costado a Sarah dejar de temer cada vez que ese esqueleto de metal se asomaba de la piel del hombre máquina.

Al final de la segunda película —la primera película en mi vida que recuerdo haber visto en un cine— Terminator descubre por qué los humanos lloran. Pero sabe que él nunca va a ser capaz de hacerlo porque no fue creado con sentimientos. Eso es cosa de humanos, no de máquinas. Terminator baja lentamente hacia la propia autodestrucción para fundirse en un océano de lava, con los ojos secos, sin sentimiento alguno, ningún remordimiento de adiós. Y con un pulgar levantado sabiendo que ahora que él se va todo va a estar bien.

Hay un futuro y el mundo no va a terminarse. Hay esperanza.

La mente programada del androide desprende datos sin sentido, la imagen se desfigura. Cortocircuito. Pantalla negra. Todo se reduce a una línea, que se convierte en un punto rojo en el medio de la nada negra, para luego desaparecer y dejarnos sentados en la butaca, quietos, inmóviles con la oscuridad, y el silencio, a la espera de los créditos que se tardan en llegar.

Salimos del cine. Nos tomamos fuerte de la mano. Y caminamos en silencio cómplice, como tres niñas de las mismas edades.

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Terminator 2: El Juicio Final (Terminator 2: Judgment Day, 1991) | James Cameron

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