La película prohibida

Screen Test /// Cristina Álvarez López

La película prohibida
Screen Test
Por Cristina Álvarez López

Los papeles y las fotografías apenas dejan ver la mesa. A la izquierda, una pesada máquina de escribir; a la derecha, un teléfono negro; en el centro, una figura femenina, perfectamente encuadrada. Sentada sobre un taburete alto, con las piernas cruzadas, ella mira a cámara desde el otro lado del escritorio. El poster que adorna la pared nos susurra cual es el papel reservado a las mujeres en esa industria. La luz que entra por la ventana traspasa la ligera cortina de gasa y se mezcla con el humo de los cigarrillos formando una neblina que se esparce por la pequeña oficina y otorga a este filme dentro del filme una cualidad fantasmal, frágil y temblorosa.

Su blusa blanca con encajes y bordados nos recuerda al uniforme de una colegiala, excepto por el lazo negro que cuelga del pico de su escote. Su voz es aniñada pero coqueta. Mientras presume de su facilidad para cambiar de acento y de su amistad con un gran productor de Hollywood, el director la escucha con una mezcla de incredulidad y asombro. Sus rocambolescas invenciones, despachadas sin complejos ni precauciones, lo divierten y lo exasperan al mismo tiempo. De vez en cuando, se le escapa la risa y, en esos momentos, casi podemos visualizar a esa figura masculina que se encuentra fuera de campo.

De repente, ella se pone en pie, adopta un perfil de diva del cine mudo y, con tono afectado, comienza a recitar el monólogo de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó. Las carcajadas de algunos espectadores rompen el silencio de la sala y yo sé que me encuentro ante uno de esos raros momentos en que el cine es capaz de aniquilar la diferencia entre las cosas, de borrar la línea divisoria que separa emociones opuestas, de hacer que sea imposible distinguir entre la humillación y el orgullo, entre la ingenuidad y la suspicacia, entre la persona y la máscara.

Hay mujeres que no pueden evitar ser ellas mismas, ni siquiera cuando están interpretando. No importa cuán sofisticado es el rol que construyen ni cuán profundamente han interiorizado ese papel al que se aferran con una desesperación casi maníaca. Siempre hay algo (en su voz, en sus gestos, en su mirada) que nos revela una verdad oscura y triste, que deja al descubierto esa herida que no cicatriza nunca. Ella no se esfuerza demasiado en ocultar todo esto y permite que su voz, la verdadera, vuelva para apoderarse de ese texto que le pertenece.

Entonces comprendo que toda esta parafernalia se sustenta, quizás, en un deseo inconfesable. Y me digo a mí misma que, en el fondo, ella ha elaborado este disfraz con la única esperanza de que alguien lo rasgue y la libere, por fin, de ese secreto nunca dicho, de ese miedo incurable, de esa inconsolable tristeza infantil. No es su glamour, ni su talento, ni su belleza lo que espera que descubran, sino a la muñeca rota que lleva dentro. A veces es imposible imaginar en qué extraños modos serán atendidas nuestras plegarias.

Desde ese fuera de campo cada vez más presente e incómodo llega una pregunta: “Do you think you’re capable of playing sadness?”. El tono crispado de su voz no puede ocultar cierta perversidad. En seguida se ha dado cuenta de que ella es la clase de muchacha que se aferra precariamente a su fantasía y que lucha por recomponerla aunque a su alrededor todo se esté derrumbando. La imagina desfilando por una pasarela, ante las miradas hostiles o sórdidas del público, tambaleándose en sus tacones altos mientras un vendaval se lleva, una a una, todas sus prendas de ropa. Sabe que ella seguirá intentando mantenerse en pie y esa actitud de resistencia ciega alimenta su sadismo.

“Do you think you’re capable of playing sadness?” Sus pupilas negras, muy dilatadas, parecen un pozo sin fondo, un abismo situado en el centro mismo de sus ojos. El desamparo de su mirada es devastador. Sin alterarse, ella hace una pausa y, con un tono de voz muy calmado, dice: “Sure, I can do that”. Él disfruta humillándola y ella responde con esa especie de sumisión insolente que no se da nunca por vencida.

¿Qué es lo que dota a alguien de un aura especial ante el objetivo de la cámara? Frente a estas imágenes yo me pregunto si no es la muerte —por lo menos un tipo particular de muerte— la que provoca este hechizo, la que hace que yo no pueda apartar la mirada de esta muchacha que araña con impotencia las carreras de sus medias. Su presencia magnética me cautiva y me sobrecoge. “I’m told that I’m very photogenic”: estas son las últimas palabras que le escuchamos pronunciar, una afirmación que adquiere una dimensión siniestra cuando la confrontamos con los hechos que acontecerían poco después.

En circunstancias normales, esta película en blanco y negro seguiría olvidada en una estantería, condenada a la invisibilidad, acumulando polvo entre cientos o miles de screen tests similares protagonizados por jóvenes aspirantes a actriz. Desde nuestras butacas buscamos excusas para justificar las razones que nos empujan a escarbar en la intimidad de alguien. Nos convencemos de que este filme es una prueba, una pista o, por lo menos, un recuerdo. Pero lo cierto es que esas imágenes no nos pertenecen, no se filmaron para ser vistas por nosotros. Volvemos a ellas una y otra vez; nos decimos —y quizás lo creemos— que nos permiten recordar a la persona muerta tal como era. Sin embargo, eso ya no es posible porque, en ellas, ha quedado inscrita la tragedia futura, la violencia de un asesinato, la mutilación de un cuerpo.

Estas imágenes no nos ofrecen respuestas ni nos transportan a un paraíso perdido. Solo nos permiten seguir conjeturando mientras la sombra del terror aparece en unos ojos o el fantasma de una mueca se desliza por una sonrisa. Toda ficción no es más que eso: el esqueleto o el soporte en el que proyectamos esa historia real que no veremos nunca.

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Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, 1939) | Victor Fleming, George Cukor y Sam Wood
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