Nuestra última película
Seguir viviendo con su amor
Por Pablo Acosta Larroca
“El amor perfecto es la mayor de las frustraciones,
porque es más de lo que podemos expresar”.
Charlie Chaplin en Chaplin (Richard Attenborough, 1992)
A Lucía.
—Nos encontramos quince minutos antes de la función.
Adoraban ir al cine juntos. Era algo más que los unía de las muchas coincidencias que hacían de su vínculo cultivo de su amor.
La primera vez había sucedido entre salas de Mar del Plata, durante la época donde las aguas de marzo eran las que bañaban al festival. Allí, entre un improvisado picnic nocturno con la humedad de I don’t want to sleep alone, la danza de Exiled, los colores de Syndromes and a century, y los tiempos vinculares de Climates, sellaron su pasión, que en realidad había nacido varios meses antes en la facultad, cuando ella era aún alumna y él un profesor en ascenso, aunque vale aclarar, nunca se habían cruzado en ninguna clase, pese a que ella solía espiarlo a través del vidrio de la puerta de la 305, un aula del tercer piso de Diseño de Imagen y Sonido, en Ciudad Universitaria.
Fue así como en una de las tantas reuniones propias de la vida universitaria se encontraron y se quedaron embelesados. El flechazo había sido directo. Sus ojos no podían despegarse de la mirada que los convocaba y una sensación de superación los cautivó de inmediato cuando ambos sintieron el estremecimiento sin siquiera tocarse. “¡El efecto Cocoon!” —lo llamaba él. Así lo vivieron, como más tarde confirmaría su primer beso robado descaradamente por ella en la puerta de un baño, en la fiesta que él y sus amigos habían organizado con motivo de la realización de su próximo largometraje en el Chaco.
Muchos comienzos. Tantos que se les haría imposible luego poner una fecha de aniversario, aunque, de todas maneras, tampoco les importaban las típicas reglas de etiqueta propias del noviazgo modelo. Después de todo, de una cosa estaban seguros… ellos no querían nada de eso, pues lo importante siempre sería el camino juntos. “Juntos somos como un templo” —parafraseaban al unísono al poeta divino.
Pero más allá de las nubes, a decir verdad, los primeros tiempos se vieron entramados de falsos arranques, porque si bien el sentimiento era fuerte en ellos y el erotismo y la atracción inevitables, la inercia que él arrastraba producto de años amaneciendo en diversas alcobas y la plena conciencia que esta experiencia le disparaba sobre el cuidado del Otro, lo retenían de abismarse. Después de todo ella era una joven Lolita y él un romanticón que por esos tiempos, en términos de vínculos amorosos, su principal ocupación consistía en gandulear por las calles, los boulevares, los pasajes, los zaguanes, las glorietas, los centro culturales, los cines, los teatros, las clases, las kermeses, las casas con fiesta, los mercados, los ascensores, los andenes, los trenes, colectivos y subtes y, en general, todas las ventanas de la ciudad que en su interior guardaran el perfume de la belleza y estuvieran dispuestas a encender la luz tan sólo con percibir la esperanza de su presencia. Sí, cierta arrogancia habitaba en él producto de una performance activa en los jardines íntimos y acolchonados de las más diversas damiselas.
Pero con ella, con Lolita, todo era diferente, porque ella era un alma de diamante. De tal forma que, luego de un tiempo prudencial, él perdió el miedo, comprendiendo que a su lado estaba el amor, la chica con ojos de ayer que era su música, la misma que lo había acompañado desde siempre, pero que ahora sonaba distinta, y enteramente suya. Y entonces las melodías de Luis Alberto, Fito, y Gustavo lo atravesaban como un puente hacia el amor después del amor amarillo. — Les mots se trompe dans ma bouche —le escribió él desde una fiesta lejana. — Hermoso sos, se me tropiezan las palabras, se me tropieza todo… —le respondió ella. Y así tropezaron juntos recitando las mejores poesías al entregarse a su encuentro amoroso, con sus almas siempre adelantadas y sus cuerpos animalizados centrifugándose, dejando escapar todo su Ser en una única exhalación de placer. Y entonces bailaron hasta altas horas de la madrugada, y se emborracharon, compartieron el sweet sahumerio y los chocolates, los baños en conjunto y los abrazos de la eternidad del instante; y los besos fundidos bajo la lluvia y el abrigo bajo el calor del invierno para recordarlo en verano; y desayunaron, almorzaron, merendaron y cenaron en los más diversos lugares; y cocinaron, regalaron, viajaron, fotografiaron; y compartieron familia y amigos; y rieron, y lloraron; y se leyeron cuentos y escribieron otros; y se escribieron cartas y hasta filmaron sus películas; registraron recuerdos y tuvieron historia, pero sin perdices.
Y claro, fueron al cine. Un amigo se lo había explicado muy bien: “si luego de una comedia romántica tu chica y vos no se ponen de acuerdo, entonces andá a tomarte un café, porque estás en problemas”. Pero ellos confirmaron su amor con Luces de la ciudad, Sherlock, Jr., El cameraman, Una hora contigo, Breve encuentro, Vivir para gozar, Sucedió en París, Sucedió una noche, El secreto de vivir, Vitaminas para el amor, Luna nueva, El hombre tranquilo, Para atrapar al ladrón, Sabrina, La comezón del séptimo año, Los caballeros las prefieren rubias, Brindis al Amor, Funny Face, Desayuno en Tiffany’s, La fiesta inolvidable, Annie Hall, Manhattan, Cuando Harry conoció a Sally, El día de la marmota, Pretty Woman, Un lugar llamado Notting Hill, Quisiera ser grande, Sixteen Candles, Legalmente Rubia, Antes del atardecer, Jerry Maguire, y Alta fidelidad. Revisión suficiente, aunque incompleta, para dar por aprobada su relación que se fundía constantemente en el Cine-Cama, otro de sus espacios predilectos. Lo habían experimentado por primera vez durante una tarde gris de nubes errantes, donde el sabor de la sandía fluidificado con la pureza de la virilidad dragó todo el cine de Tsai Ming-Liang intensivamente, como ese último plano amoroso de The wayward cloud, para encauzarse a través de sus cuerpos. “Enredártenos” como lo definía ella, era el mejor encuentro que celebraban siempre luego del Malba, la Lugones, el Gaumont, Hoyts Abasto, Cinemark Palermo, Village Recoleta, Showcase Belgrano, Arteplex Cabildo, Cinema, del Paseo, Ambassador y Auditórium Mar del Plata, y claro, el Cine-Cama. Mes petites amoureuses, L’amour à vingt ans, Un cuento de verano, Un amour de jeunesse, Masculino | Femenino, Tres veces Ana, The day he arrives, Bram Stoker, Dracula, In the mood for love, 2046, L’eclisse, La notte, The affair, Blue Velvet, Hanezu no tsuki, Copie conforme, Blue Valentine, The Future, As canções, La guerra del fuego, El amante, Los puentes de Madison, Fellini 8 ½, Chungking Express, La frontière de l’aube, Les amants réguliers, À bout de souffle, Vivir su vida, Belle de jour, Vicky Cristina Barcelona, Ese oscuro objeto del deseo, y muchas más, como testimoniaban las entradas que guardaban en su cuaderno de tapa colibrí, un mapa de ruta colorido que expresaba a través de los retazos polaroids de belleza extraordinaria.
— Dale, perfecto.
La película elegida declaraba de antemano un panorama prometedor, cargada de muchas expectativas. Él había leído una de las últimas versiones del guion y la forma de narrar el vínculo amoroso de los niño-adolescentes sencillamente lo había conmovido, encontrando mucho de su propio universo e imaginario. Se trataba de un director cercano, amigo, compañero de la misma carrera, que luego de años por fin podía plasmar su historia a través de la mirada de un niño de 12 años viviendo su primer amor en uno de los contextos más oscuros y siniestros de nuestra historia.
Habían elegido el mejor horario para una función, ese que se da con el progresivo devenir de las últimas luces de la tarde, ideal para salir a cenar luego. Él vestido con su Montgomery negro, esperaba delante de las puertas vidriadas del cine céntrico, y mientras escribía unas notas en su pequeño cuadernillo de ideas alternaba su mirada con los peatones que pasaban por el lugar. Luego de un tiempo, caminó unos pasos hacia el borde de la vereda y miró hacia ambos lados, hasta que finalmente fijó su mirada y sonrió. Llegaba ella, radiante. Se saludaron con un beso, hablaron por unos instantes, ella miró su reloj de pulsera y ambos caminaron hacia las puertas del cine, atravesaron el hall de entrada, llegaron al boletero, le dejaron unas monedas por el programa e ingresaron a la sala.
Los avances otorgaban el tiempo suficiente para entregarse a su eterno ritual. Ella dejaba preparado un abrigo para contrarrestar el frío que pronto sentiría producto de un “salvaje” aire acondicionado. Por unos segundos sostenía la banda de Isadora en su boca para recoger su cabello y sujetarlo con una colita, mientras él recorría lentamente su perfil que conocía a la perfección, deteniéndose en su cuello descubierto. Ella lo advertía y esbozaba una pequeña sonrisa para sí, mientras repasaba el peinado con sus manos, acomodando algún mechón suelto. En seguida él la volvía a mirar sin que ella reparara en ello, concentrada en su cartera que revisaba hasta dar con una cajita metálica rosada. Abría la tapita, untaba su dedo meñique y se lo llevaba a los labios. Entonces un aroma único que les pertenecía, mezcla de cacao y frutilla, invadía su alma. Ella le devolvía una sonrisa y lo miraba como siempre, amorosamente. Él se conmovía y se acercaba. Abrazo, enlazamiento encantador, voluptuosidad del sueño, incitación de los placeres de los sentidos. Un adulto sobreimpreso al niño.
Y un hombre mirando su vida a través de los ojos de niño. De eso trataba la película y de una historia de amor… imposible de tan perfecto.
“Un exceso de infancia es un germen de poema” —él recordó las palabras de Bachelard, mientras en la oscuridad de la sala la pareja de niños adultos se encontraban frente a frente y profesaban su amor, ese que es único y para toda la vida:
— Quiero estar con vos para siempre.
— ¿Me lo prometés?
— Con toda mi alma.
Dicen que la última vez se citaron en una sala del Centro, pero llegaron en distintos horarios.
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The wayward cloud (2005) | Tsai Ming-liang
Infancia clandestina (2011) | Benjamín Ávila

























