A la salida del cine

Silencio. No hay banda. /// Nadia Marchione

A la salida del cine
Silencio. No hay banda.
Por Nadia Marchione

El cine a la hora de la siesta siempre me pareció fascinante. Debe ser porque vengo de un pueblo chico —donde la siesta no sólo existe, sino que paraliza toda actividad posible— que cuando empecé a vivir en Buenos Aires mis funciones preferidas eran esas que acontecían entre las dos y las cuatro de la tarde. Esas a las que sólo va la gente mayor, algunos chicos que se ratean de la escuela, o gente sola que, como yo, decide dejar de errar por las calles y meterse en la oscuridad de la sala para ver pasar fotogramas mientras afuera la gente corre, aunque, en definitiva, como en mi pueblo, a la hora de la siesta, no hace demasiado.

Esa hora entre somnolienta y pesadillesca era mi preferida para sentirme tan sola como única. Tan especial en mi soledad que a la salida del cine no podía dejar de transformar mi realidad en una prolongación de aquella película que había visto en ese mágico ritual. Si hacía calor, ese agobio de la gran ciudad y el asfalto que me golpeaba al salir del cine, contribuía a la sensación de extrañeza que me provocaba haber asistido a un evento que se me antojaba súper privado, que podía tornarse espeluznante o melancólico según el día, y que era capaz de transformar mi día entero, como si a la hora de la siesta existiera una especie de núcleo sintetizador de la jornada que fuera capaz de teñir las horas de su propio color.

Aquél había sido uno de esos días, sólo que de invierno. En invierno esas horas —si el día estaba soleado, como era el caso— eran amigables y se me aparecían como invitaciones a recorrer la ciudad. Por eso, ese día, a la salida del Lorca, después de ver Mulholland Drive, comencé a caminar por avenida Corrientes hacia Callao, pensando y repensando esa película que ya había visto dos veces antes, pero que era la primera vez que podía disfrutar en la soledad de la siesta.

—Disculpame, ¿vos te tiraste las cartas hoy en Radio Nacional?

La voz que me sacó de mis pensamientos lyncheanos venía de un hombre enorme, que me recordaba al gigante de Twin Peaks pero más corpulento, morocho, que caminaba a mi lado tal vez desde hacía un rato ya (hacía un par de cuadras sentía nublado el día y llegué a la conclusión que quizás fuera la figura del extraño la que me había eclipsado el sol).

—No —contesté. Y seguí caminando, pero el hombre no parecía tener intenciones de abandonar la conversación.

—Igual tenés algo especial. ¿Ves esa chica? —me dijo mientras señalaba a una mujer que hablaba por teléfono público.

—Ella era a la siguiente a la que tenía que hablarle si vos no me escuchabas.

A esa altura mi cabeza se debatía entre el asombro y la intriga. ¿De qué me hablaba ese hombre? La posibilidad de que me robara, a mis veinte años y a plena luz del día en el Centro, no estaba dentro de mi horizonte de expectativas. Así que ganó la curiosidad y cedí a la invitación del hombre a tomar un café.

Nos sentamos en “La Academia”, lugar que a mí me resultaba familiar y seguro, de modo que no había peligro posible: estaba en casa. El hombre me habló de tantas cosas que mi cabeza fue incapaz de retenerlas todas. Me hizo un par de trucos con cartas que ahora, con quince años más de vida y una visión del mundo bastante más realista que entonces, recuerdo básicos y bastante simples, pero que entonces me fascinaron no tanto por la destreza del hombre si no por lo absurdo de la situación. Qué hacía yo sentada en un bar con un tipo enfrente que me hablaba de mi aura especial y me hacía trucos de cartas. Esas cosas de esta ciudad sencillamente me enamoraban.

Una vez terminada la demostración con las cartas de vaya a saber qué, el hombre empezó a rodear un tema raro. Me dijo que había sido luchador de Titanes en el Ring. Hasta me dio su nombre artístico y me mostró notas de diario con fotografías que tenía prolijamente guardadas en una especie de bolsón que cargaba. Y me habló de cómo él había dejado todo eso porque había descubierto que tenía una misión superior. A esta altura yo ya obviaba el bizarro hecho al que el hombre había hecho referencia (su paso por el programa de lucha como si hubiera sido una celebridad) y trataba de entender dónde terminaría este asunto de la misión.

Así fue como de un momento para otro me soltó que era su último día en este mundo. No se moriría ni nada por el estilo, pero se iría con los extraterrestres a otro plano (sic, creo que es la única frase que recuerdo intacta de la charla, como si hubiera sido ayer). Me dijo que yo, alma especial de sensibilidad única y todas esas cosas que me venía diciendo, tenía que saberlo para que su paso por aquí quedara en la memoria de alguien. Salimos del bar y compartimos taxi por Callao. Me bajé en Entre Ríos y avenida Belgrano y él siguió su rumbo.

A veces me gusta recordar esta anécdota no tanto por el hombre como por mí misma. La sencillez con la que recibí las palabras de ese señor que me hablaba de cualquier cosa, la increíble capacidad para no juzgar y permanecer atenta a cualquier delirio que me dijeran por la calle, esa capacidad de sorpresa tan infantil… todo eso ya no está por estos lados.

Años más tarde, no a la salida sino yendo al cine, volví a encontrármelo por la calle. Lo reconocí por su voz, inconfundible, que me preguntó algo para detener mi marcha. Inmediatamente recordé quién era, y no estaba precisamente descendiendo de una nave espacial. Estaba ahí, frente a mí, acodado a un buzón (pequeños chistes que nos hace la vida) en la esquina de Entre Ríos y Bartolomé Mitre.

Insistió una vez más. Pensé en decirle algo, que lo recordaba, para ver qué me decía. Probar de alguna manera la consistencia de su delirio. Pero habían pasado los años, yo llegaba tarde al cine y seguí caminando rápido, tratando de evitarlo, porque ese extraterrestre con el que compartí taxi había cambiado su estatus en mi imaginario. Ahora era un loco más, un pobre tipo que más que sorpresa me causaba miedo y bastante desencanto. Ese mismo desencanto que años más tarde teñiría por completo la ciudad, que ya no se me aparece como ese mágico lugar donde todo puede pasar, sino como una galería sórdida de gente tan sola que hasta puede llegar a enloquecer.

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Mulholland Drive (2001) | David Lynch

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