Aquella película contigo
Sin bebida
Por Javier Porta Fouz
1993, 1994, 1995. Años en los que ver una película, en el formato que fuera —salvo eso de ver televisión, que me sigue siendo ajeno— costaba por lo general algún dinero. La idea de revisar el cine del pasado buscándolo por Internet era impensable. La misma Internet, por entonces, era todavía bastante lejana, escasa. Alquilábamos aparatosos VHS de forma colectiva con amigos, para ahorrar. El cine no era caro, las cosas no eran caras. Costaba, eso sí, conseguir la poca plata necesaria para nuestra formación cinéfila. Economía básica que le dicen: las cosas eran baratas porque no había mucha plata para comprarlas. Los miércoles el cine valía la mitad. No “un poco menos”, la mitad. Tres pesos. Y si uno conseguía las codiciadas entradas de cartelera terminaba pagando 1,80 por cada una, impuesto incluido. Así, por menos de diez pesos se podían ver cinco películas en el cine. Los estrenos del jueves anterior, o de la otra semana si duraban más de siete días. Antes no estaba esa variante de “quedó en dos horarios”, o estabas del todo, como un señor estreno, o no estabas. Había que chequear si iban a sacar tal o cual película, y para obtener ese dato se llamaba por teléfono a los cines los martes. No fuera a ser que quitaran de cartel una película, y tener que esperar un montón para el VHS. O que la quitaran de nuestros cines favoritos: Ambassador, Atlas Santa Fe 1, Iguazú, Gaumont 1, Grand Splendid, Ocean 1 y 2, Atlas Lavalle, Monumental 1 y 2, Metro 1 y 2. Había que ver todo y en las salas que más nos gustaban, esa era nuestra avidez. Así, por unos diez o doce pesos —era difícil conseguir todo en cartelera— podíamos llegar a ver un montón de películas. Desde la una del mediodía en que empezaba la primera función hasta la una de la mañana en que ya definitivamente estábamos afuera del cine, más que listos para comer pizza, en Nápoles de Rivadavia, cuando era sesentosa, sin las reformas que luego, entre otros cambios, nos apartaron de ella. Pizza, sin pedir bebidas. Incluso pizza y de postre flan, pero sin bebidas. A veces hasta pedíamos merengues gigantes con dulce de leche, pero no pedíamos bebidas. Antes, sólo la bebida era cara. Ninguno de nosotros pedía bebida, éramos por lo menos un cuarteto de amigos para la última función del día. Después de Nápoles podíamos compartir alguna bebida en el kiosco, o sacar la bebida que quedaba en las mochilas, o aguantarnos la sed hasta llegar a casa.
Si bien para la última función éramos varios, en la primera por lo general empezaba yo solo. Nunca me molestó ir sin compañía al cine, ya las películas eran bastante compañía, pero las maratones de los miércoles no se completaban sin comentar y discutir el cine visto con los demás, caminando por Corrientes y por Callao en dirección al Congreso, a comer pizza sin nada para tomar. Peleábamos entre nosotros, nos reíamos de las cosas que leíamos en algunas críticas, y estábamos o no de acuerdo con El Amante. Y queríamos escribir, además de estudiar en feos apuntes fotocopiados y releer El cine según Hitchcock de Truffaut, el francés que empezábamos a amar en la Lugones con Disparen sobre el pianista.
De la una a la una. Toda una maratón de cine. Doce horas, y éramos más jóvenes y teníamos aún más hambre y más sed. Los cines, los viejos y queridos cines a los que se entraba directamente desde la calle, no vendían comida, y si la vendían —pero no, ya no la vendían— era cara. Y cara o barata era una división tajante. Lo caro, afuera; el lujo era, a veces, ver una película un sábado, pagar una entrada completa. Los minutos entre película y película eran fundamentales para procurarse comida y bebida. La Roma de Lavalle, el supermercado de Santa Fe al 1900 eran mecas alimenticias. Mochila llena, en general de alguna gaseosa o Gatorade (¿por qué nos gustaba el Gatorade?, ¿por qué nos gustaba la Fanta?, ¿por qué?). Mochila llena de calorías de esas que uno puede procesar mejor cuando es joven, cuando ingerir estaba más cerca de comer y beber de lo que lo está ahora. El Mantecol era baratísimo, las Pringles eran baratas. El chocolate Shot estaba muy de moda y no era caro. Se entraba al supermercado corriendo, se pagaba a velocidad de rayo, no teníamos otra cosa que efectivo. Odiábamos llegar al cine con la película empezada. Ni siquiera lo odiábamos, no lo hacíamos. No había que perderse nada, y menos el principio. Después sabríamos, con los estudios estructuralistas en fotocopia, que en esos primeros minutos muchas películas incluían la “intriga de predestinación”: todo el relato resumido en algunos gestos, en acciones simbólicas. Pero no nos importaba la intriga esa, nos importaba no perdernos el principio de la película, no perdernos los trailers —que todavía llamábamos “colas”—, y no perdernos el momento en que las luces se apagaban. Yo, porque era yo el que calculaba el tiempo, el que sabía qué hora era sin consultar el reloj, tenía claro entre qué película y qué otra película había tiempo de aprovisionarse.
La duración de las películas era la que se publicaba en las fichas técnicas de La Nación, que tenía las fichas más completas, con ese dato fundamental, por eso los jueves comprábamos ese diario; cada tanto, comprábamos la Sight & Sound, la revista con las fichas más exhaustivas que podían imaginarse. Ahora se busca la duración, y todo, hasta las Pringles y el Mantecol, por Internet. Si alguien se equivocaba al poner la duración en la ficha técnica, o si la distribuidora se equivocaba al hacer la gacetilla —que era la fuente que los críticos usaban para conseguir los datos— y la película duraba quince minutos más de lo que decía el diario, podía llegar a complicarse nuestra llegada a la siguiente película. Ese error podía llegar a impedir, además, una compra programada de alimentos y bebidas.
Una de las veces que ocurrió ese infausto error y una película duró más de lo informado, apenas hubo tiempo de correr algunas cuadras por Lavalle y por Corrientes antes de llegar al Premier para ver Hechizo del tiempo (o sea Día de la marmota, o sea Groundhog Day), una de las mejores películas de todos los tiempos. Pero eso no lo sabíamos en ese momento. Era, en el afiche, una película con Bill Murray atrapado en un reloj (Atrapado en el tiempo se llamó en España). Y esa, de un miércoles a las 23.00, fue su última función en las salas argentinas, luego de fracasar injustamente en apenas dos semanas. Llegué, corriendo, sin tiempo para comprar absolutamente nada, y sabía que me iba a dar hambre. De hecho, si hubiera tenido setenta y tres segundos de tiempo extra habría violado las reglas de mi economía y habría comprado algo —caro— en el kiosco de al lado del cine. Pero ni eso, no hubo tiempo. Llegué con el último aliento justo antes de que se empezaran a ver las nubes del comienzo de la que sería la película que más veces vería en mi vida. Luego la tuve en VHS, por $5, y luego en DVD, de regalo.
Hechizo del tiempo fue, en esa primera vez, una experiencia extraordinaria, una película que me interpelaba desde muchos ángulos. Yo era el único del grupo que venía de una maratón cinematográfica y sin comer desde muy temprano. Los demás, aquellos con los que luego iríamos a comer pizza en Nápoles sin bebida, venían más llenos, directo de sus casas y uno, el uno que tenía trabajo, directo de su oficina. Venían sin comida en sus mochilas. De hecho, venían sin mochilas. No hablábamos entre nosotros en las películas, salvo que se tratara de alguna de esas pésimas películas argentinas que de tan malas eran agresivas, que soportábamos porque sabíamos que nos defendíamos de ellas en grupo, con comentarios jocosos. Salvo en esos casos, no hablábamos en el cine. Era el comportamiento esperable de nosotros, cinéfilos dedicados, concentrados. Hechizo del tiempo —ya lo sabía mientras la veía— era una película fundamental de mi vida y el hambre no me permitía verla con la atención que se merecía, que me merecía. Mi estómago hacía ruido, pero yo no pensaba en capitular ante el hambre y salir del cine a comprar lo que fuera. Así que, rompiendo las reglas, les pregunté a mis amigos: ¿tienen algo para comer, lo que sea, una pastilla, aunque sea un chicle? La respuesta fue negativa, medio de costado, sin dejar de ver la película. En mi mochila había, por supuesto —uno es previsor y ordenado y limpio, maniático— algo que podría denominar un mini botiquín. Y así fue como comí dentífrico, por primera vez desde que en mi infancia comía a escondidas el de ananá de Pibe’s. Dentífrico, varias porciones. Qué buena que estuvo la pizza esa noche. Hasta pedimos bebida: Hechizo del tiempo merecía semejante celebración. O tal vez el Colgate necesitaba enjuague.
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Hechizo del tiempo (Groundhog Day, 1993) | Harold Ramis