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Aquella película contigo

Sin compañía /// Miguel Baratta

Aquella película contigo
Sin compañía
Por Miguel Baratta

La ciudad, Mar del Plata. La ocasión, el festival. Mes y año, marzo, 2003. La película, Irreversible.

El marco podría tener mayores precisiones, pero la memoria no es lo mío. Una sala grande, larga, la pantalla ancha, lejana. Algo así como las doce de la noche, mucha gente, mucho revuelo, grupos de amigos, ansiedad, algo en el ambiente que no lograba descifrar. No sabía lo que estaba entrando a ver, y si bien el fervor generalizado resultaba contagioso preferí mantenerme a un costado y esperar a que fuera la propia película la que dijera lo que tenía que decir.

La proyección se demoraba y el público se ponía impaciente. Los lugares se iban acabando, la sala se colmaba como un hormiguero. Desde mi asiento seguía el ir y venir de las últimas personas que buscaban dónde sentarse. Parejas que se dividían ante las únicas butacas salpicadas que quedaban mientras otros se resignaban a la incomodidad de las primeras filas y las escaleras de los pasillos laterales. El murmullo crecía constantemente abriendo paso a algunos tímidos aplausos. En ese momento empecé a sentirme acompañado. Comencé a ver a mi alrededor mucha gente grande, muchos viejos, los (re)conocidos jubilados, asiduos concurrentes a las salas del festival, sobre todo en aquellos años en que aún se celebraba en el mes de marzo. Ellos eran mi compañía, con ellos me identificaba. Ellos tampoco tenían idea qué era aquello que despertaba tanto entusiasmo. De golpe la sala se oscureció, se hizo silencio y arrancó la película, mientras algunas siluetas encorvadas a contraluz todavía buscaban un lugar donde sentarse.

¡Shhh! ¡Shhh! Los conocidos (insoportables) reclamos de silencio. ¡Shhh! Todo el mundo a callarse. Comenzaron los títulos y finalmente ya todos estábamos en nuestros lugares.

El sonido comenzó a hacer lo suyo. Una métrica de hierro, compases duros y pesados marcando un ritmo que ni la cámara ni el montaje seguían. Las imágenes borrachas girando en un aparente sinsentido hasta encontrarse, casi por casualidad, con el cuerpo caído de un hombre gordo desnudo. En la sala murmullos, comentarios, chistidos; en la pantalla, imágenes indescifrables, donde cada tanto, aparecía alguna figura… un hombre, una lámpara, una pared, cuerpos desnudos, cabezas peladas, gritos ahogados luchando contra el vertiginoso ir y venir de un aullido de sirena. Colores puros, negros, rojos, amarillos, saturados. Respiraciones agitadas, sesiones masturbatorias, sexo sadomazo, penes gigantes erectos proyectados en la pantalla titánica… Irreversible. Ya todos sabemos de qué hablamos.

Fue así que, apenas pasados unos minutos, volví nuevamente a mirar a mi alrededor, tal vez buscando aire, una mirada cómplice, alguien con quien compartir ese ahogo y esa incomprensión en la que me encontraba inmerso. Nada de eso pasó, más bien todo lo contrario. De golpe, comencé a sentirme solo, aunque esta vez no por una cuestión sensorial sino por algo estrictamente práctico: aquellos que yo había elegido para identificarme comenzaban a ‘bajarle el pulgar’ a lo que la minuta ofrecía y esos últimos cuerpos que habían logrado ubicarse padeciendo la oscuridad de la sala, comenzaban lentamente a abandonar la proyección. Un gran pie había apoyado su suela despiadada en aquel hormiguero que nos albergaba. Mi ahogo crecía en la inmensidad de la butaca y el éxodo aumentaba. Uno a uno, aquellos que me cobijaban, fueron dejando la sala, y yo allí, sin compañía.

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Irreversible (2002) | Gaspar Noé

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