La película prohibida

Snuff /// Leonardo Cappucci

La película prohibida
Snuff
Por Leonardo Cappucci

El congreso era un fraude, y la comida, peor que la comida china argentina. La original era un desastre, con mariscos aún vivos pugnando por escapar del plato y raíces amargas con nombres dulces, como el condiamor. Y el congreso… una sucesión de conferencias, debates y mesas redondas, sin ningún asidero, con el único fin de que el imperio chino ostentara toda su opulencia. Negocios son negocios. Prácticamente no salía del hotel más que para asistir al congreso, saciar su apetito, y visitar a la señorita Hiko, una prostituta gorda, con unas tetas gigantes y el cabello largo y abultado, como la Coca Sarli.

Su padre había sido el censor de todas las películas de la Coca. Contaba con un estudio para trabajar en su casa, equipado con un proyector, y no toleraba ser interrumpido bajo ninguna excusa. Solamente cuando sufrió su primer infarto descuidó cerrar la puerta con llave, entonces su hijo no dudó en penetrar al santuario y activar el proyector. El rollo contenía una compilación de todas las escenas prohibidas de la gran diva argentina. El hijo del censor tenía apenas doce años, y esas imágenes lo marcaron para siempre: la Coca nadando desnuda, con esas tetas que desafiaban la ley de gravedad y todas las leyes, la coca comiendo alfalfa como una yegua, violada sobre medias reses, y vendida al extranjero como la mejor carne de exportación.

Las orientales eran las mejores gordas. Fue lo único que le gustó de Pekín, ya que hasta el pato Pekín le pareció un fiasco. Se sentía como los dos alemanes que asisten a un seminario zen, en un monasterio japonés, en esa película que le había tocado recortar… Sabiduría garantizada, se llamaba. Había eliminado varias escenas del monasterio, algo reiterativas, y toda la parte del cumpleaños estaba demás. Ironías del destino, el hijo del censor Ramiro de la Torre trabajaba en un ignoto canal de cable, suprimiendo las partes más aburridas de los grandes clásicos y películas de autor, para hacerlas más ágiles y llevaderas para el gran público común. Había logrado una versión de cincuenta y dos minutos de El espejo, de Tarkovski, sin todos esos poemas y planos interminables de paisajes y casas vacías. También había acabado con todas las secuencias estáticas de El séptimo sello, Cuando huye el día, y Noche de circo, presentando a un Bergman sin silencios incómodos ni agujeros negros.

Por supuesto que era casi tan criticado como su padre, y por la misma clase de gente. Pero El ángel exterminador resultaba mucho más entretenida recortándole un par de vueltas, al igual que Viridiana, de Buñuel. Una mujer en la arena, de Teshigahara, quedaba mucho mejor sin todos esos planos innecesarios del desierto y la arena; y ni hablar de Jarmusch, David Lynch, Woody Allen, y todos esos, a los que podía despojárseles de media película sin que el argumento sufriera demasiado. Se le había complicado un poco con Orson Welles, mientras que Hitchcock le había ganado la partida, resultándole imposible lograr un buen resumen de ninguna de sus películas.

Camino a lo de la señorita Hiko, fue abordado por un grupete de chinos con pinta de universitarios expulsados. Estaban filmando una película, en un futuro próximo, en el que por la crisis energética los pobres se irían a vivir a los pisos más altos, sin agua ni electricidad, y ni soñar con subir en ascensor. Aunque el argumento oculto trataba sobre el punto débil del celeste imperio para recoger el cetro del poder mundial, ya que, a pesar de contar con un sistema político y económico del futuro, manejaban una idea prehistórica de las relaciones sociales, con castas y un fuerte desprecio piramidal. A diferencia del sueño americano, que promete a los pobres la posibilidad de triunfar, aunque los premia con la culpa por no lograrlo. Le rogaron si podía suplantar a un actor latino, que les había fallado a último momento. Iban a pagarle unos cuantos yens por una sola escena. Dentro de una hora, justo después de visitar a la señorita Hiko. Iban a simular el ataque a un supermercado, tenía que acercarse, “olvidar” una bolsa de compras cargada de explosivos de fogueo contra la pared, y salir corriendo rumbo a la moto que lo esperaba con el motor en marcha…

Actuaban con demasiada precaución, como si realmente fuésemos a robar el supermercado. Tras la explosión, cayó la policía. ¡La policía! Técnicos, actores y directores, escapaban como delincuentes, salvo por el camarógrafo, que persistía en su puesto de combate, filmando a los patrulleros que nos perseguían. Justo antes de ser capturado, entregó la cámara al motociclista, que llevó el video y al hijo del censor a lugar seguro. El chino pagó lo acordado y prometió enviarle la película completa. El hijo del censor no quiso pasarle su Facebook, por las dudas, de manera que inventó una dirección de mail inexistente, pensando en crearla apenas volviese al hotel, con la esperanza de recibir un único mail, con un archivo adjunto que contuviese: la película prohibida. Dentro de una hora, más o menos, después de visitar a la señorita Hiko.

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