Aquella película contigo
Sucedió en París
Por Carlos Brück
Sucedió en París. En el cine París de mi ciudad natal donde vi todas las películas posibles que estuviesen a mi altura. Quiero advertir que desde chico era el último de la fila y algunos adultos indolentes, cuando cruzaba esas calles cortadas a cuchillo, comentaban que por la estatura y el guardapolvo parecía más bien un farmacéutico.
Aunque me avergonzaba, algo también me hacía sentir orgulloso de esa nominación: mi padre había estudiado farmacia en Europa, pero sólo había alcanzado el grado de “idóneo” porque a los jóvenes judíos no les estaba permitida otra graduación. En cambio, sí tenían acceso a los espectáculos públicos como el circo, donde estuvo una temporada atendiendo a un león anciano al que le inyectaba una sustancia energizante para que —precediendo al de la MGM— rugiese al menos un poco.
Pero sobre todo frecuentaba el cine… quizás para él, fotografía en movimiento.
Fue así entonces que, luego de alguna incursión en la farmacopea, mi padre se dedicó a la fotografía y yo a acompañarlo todo lo posible al cine, tomando la posta que había dejado mi hermano mayor, que ya prefería dedicarse a los asaltos, esos bailes donde chicas y muchachos eran festejados por Benny Goodman.
Los otros asaltos, quizás más inocuos, los veíamos entonces en los cinco cines que había en la ciudad. Cada uno de ellos tenía su estilo. Uno decía “prohibido entrar en camiseta”. Otro tenía tres pisos donde el más alto servía para tirar bolitas de alquitrán. El de enfrente se planteaba ser un continuado que no dejaba la posibilidad del corte y la luz del día. Pero el Cine París —destinado desde su nombre a ser un cine refinado— proyectaba películas norteamericanas y europeas.
Y sucedió en ese cine que vimos una película de cuyo título quiero acordarme pero no logro… quizás fuese El farsante. Claro que podría sortear mi “quizás”, pero renuncio a la búsqueda en Internet porque prefiero la data imprecisa que permita la incertidumbre del recuerdo: la reconstrucción, verdadera o falsa, de una escena en donde Broderick Crawford estaría parado en una saliente del auto llamada estribo (como un involuntario homenaje a la tracción a sangre que esos rotundos coches negros podrían evocar).
Ya en ese momento, conjeturé que ese personaje iba a trastocar el orden establecido en mi mundo de ángeles y malditos, traicionando o siendo traicionado. Todavía no había leído a Roberto Arlt ni visto Ladrón de bicicletas, pero algo que supuse una vacilación ética del protagonista fue la lección que me dejó esa escena de la película, a la cual entré a ver acompañado y acompañando a mi padre y de la que salí algo pensativo. Como si él me hubiera conducido a una enseñanza.
Años después, volví a ver a Crawford, blanco sobre negro, en una serie televisiva: La patrulla del camino, donde también lo evoco al costado de un auto, comunicándose con la Jefatura.
Entonces, ahora, tampoco puedo renunciar a la duda de lo que realmente fue visto y oído en el Cine París. Con la única certeza —como la de Sigmund Freud cuando relata su trastorno de la memoria en la Acrópolis— que allí, junto a mí, había un padre.
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La justicia al acecho (Big House, U.S.A., 1955) | Howard W. Koch