Mi primera película
Tardes en el Real (¿o era el Mundial?)
Por Horacio Bernades
Imagino que habré visto mi primera película en el cine Real, o en el Mundial, que dejaron de existir, calculo, por los años ‘70. Pero a comienzos de los ‘60, que es la época de la que estoy hablando, esos eran, por lo que recuerdo, cines especializados en lo que por aquel entonces se llamaban “dibujitos”. Dibujos animados, quiero decir. Uno de los dos cines (¿el Real, el Mundial?) quedaba al lado del teatro Maipo, en Maipú al 400. Lo cual es bastante perverso, porque en esa época el Maipo era teatro de revistas. En otras palabras, uno, parvulillo virginísimo, salía de ver Bugs Bunny, Tom & Jerry y El Correcaminos, y se topaba con Nélida Roca más o menos en pelotas, en las fotos pegadas en las puertas del teatro.
Supongo que alguno de ellos habrá sido protagonista de esa primera película mía. Bugs Bunny o alguno de los otros, quiero decir. No Nélida Roca, que ni siquiera fue protagonista, unos años más tarde, de alguno de mis primeros sueños húmedos. De hecho, juraría que esa superdiva de la noche porteña ya había muerto a fines de los ‘60, cuando habré empezado a enchastrar la cama. Pero bueno, “el primer enchastre” —que en mi caso puede haber sido con Senta Berger, pongamos, o por qué no con Carmen Sevilla, que estaba buenísima— deberá ser, en tal caso, materia de otro dossier.
Igual, que lo primero que vi en mi vida en el cine haya sido un dibujito es una cuestión conjetural, nomás. Para ser franco, no tengo la más puta idea de qué película vi primero en mi vida. ¿Chaplin, quizás? ¿Buster Keaton? ¿La reposición de algún clásico, algo que se estilaba por aquellos tiempos? Lo que el viento se llevó, por ejemplo, o Cantando bajo la lluvia. ¿O tal vez fue alguna superproducción de gran espectáculo, de las que se usaban en la época? Me refiero a La caída del Imperio Romano, de la que recuerdo la nieve cayendo… ¿sobre Roma? O 55 días en Pekín, de la que siempre me gustó la música, que me comunicaba una especie de vivacidad épica, si se la puede llamar así. O Espartaco, con sus esclavos en minifalda. O Lawrence de Arabia, con sus nómades y beduinos… De todas ellas guardo recuerdos.
Tal vez la que más recuerde sea justamente Lawrence de Arabia, que vi más de una vez de chico. La novicia rebelde también la vi más de una vez, pero da como medio bala decir eso. Además, ¿qué puede recordarse de La novicia rebelde, que no sean canciones? Lawrence de Arabia, en cambio… ¿Por qué la recuerdo más que otras? ¿Qué es lo que me impresionó de esa película? Palabra adecuada, “impresionó”, para hablar de cine: el celuloide se imprime, se impresiona. Me impresionó el desierto, sin duda. Esos planos gigantescos donde se ve desierto y nada más que desierto. Las curvas de las dunas, la arena soplando en el viento, el amarillo inimitable del desierto… Esos jinetes con el rostro cubierto, y sobre todo el personaje de Anthony Quinn (¿o era el de Omar Sharif?, mi memoria es pésima, no soy digno de esta convocatoria), que era el único de ellos que vestía de negro. Él, de negro. Peter O’Toole, de un blanco inmaculado.
Ahora que lo pienso, ese blanco inmaculado debía ser una referencia a la homosexualidad de Lawrence. De hecho, hay alguna escena en la que O’Toole se acomoda el vestido como una diva del desierto. Y está también la escena en la que el jefe de policía turco lo viola… Pero si hay una imagen de Lawrence de Arabia que se imprimió como ninguna otra en mi retina, es la de ese jinete oscuro viniendo hacia cámara desde el fondo del plano, en medio de la bruma del desierto. Bruma que hace que al comienzo del plano el tipo no sea ni siquiera un tipo, sino sólo una mancha imprecisa y desenfocada. Mancha que de a poco va tomando forma, hasta convertirse en un jinete oscuro. Ah, cómo me hacía soñar ese plano fijo, esa configuración lenta y misteriosa…
Debe ser por eso que Lawrence de Arabia quedó fijada en mi recuerdo con la fuerza de las primeras cosas: porque es, cronológicamente, la primera ocasión en la que el cine quedó asociado con lo soñado, lo fantástico. El exotismo árabe también colaboraba, me imagino, con esa sensación de cosa soñada. Por aquello de que sólo se sueña lo lejano y misterioso, lo desconocido. Asociar lo árabe con lo fantástico y lo soñado, con una idea de relato como vehículo para todo eso, es, por otra parte, totalmente lógico. ¿No fueron los árabes los que inventaron Las mil y una noches? ¿No sería acaso Las mil y una noches un título perfecto para las memorias de un cinéfilo? ¿No es ir al cine una actividad nocturnal por excelencia?
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Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962) | David Lean

























