Mi primera película
Tardes lluviosas en Necochea
Por Paula Arella
La primera vez que fui al cine supongo que era una muy mini personita que no almacenó ningún recuerdo, pero sí recuerdo la primera película que me impresionó. Sé que no era la primera que veía en la pantalla grande (inmensa en esa época y para esa miniatura que era yo) porque mi andar dentro de la sala era seguro.
Eran las vacaciones de verano en Necochea, en la casa de veraneo de mis abuelos. Cada vez que lo pienso me sorprende notar cómo los días se repetían con mayor rutina que durante la época de clases y que cada actividad tenía un horario preciso, como la hora de la siesta, que ocupaba entre las 14 y las 15.30 de cada tarde, y era sagrada.
Durante ese tiempo había que encontrar la forma de mantener a los chicos —nosotros— en silencio. La siesta obligada funcionaba en un 7% de las veces y sólo con los menores de 4 años, así que normalmente nos llevaban al parque Miguel Lillo a andar en bicicleta y patines, jugar con la pelota y las paletas, al resguardo del viento y del sol, mientras las tías —mi madre y sus hermanas— se confiaban secretos de vida y criticaban a su madre.
Enero de 1983. Era un día lluvioso y se acercaba la hora de la siesta. Mientras las tías levantaban la mesa y se encargaban de no dejar rastros del multitudinario almuerzo y los abuelos se preparaban para el esperado acontecimiento, los primos nos amontonábamos en el ventanal, mirando las gotas salpicar en los charcos y golpear las hojas de la enredadera, u hojeábamos alguna revista de historietas mientras esperábamos que alguien nos preguntara qué película iríamos a ver.
No era novedad, con una rutina tan férrea, las posibilidades de imprevistos se minimizan al máximo, así que todos sabíamos que, si llovía, íbamos al cine.
La decisión debió haber estado a cargo de los primos mayores, así que la película elegida fue E.T.
Había estrenado hacía poco y la verdad es que yo no tenía idea de qué se trataba. Tampoco me importaba, el plan era bueno, siempre lo había sido y no había ningún motivo para pensar que esta vez no lo sería. Así que, cuando la mesa volvió a su tamaño reducido, con el arreglo de piñas del parque en su centro a modo decorativo, y los abuelos subían cansinos por la escalera hacia las habitaciones, las tías nos pusieron los pilotos y las botas de goma, alguna agarró los vales para el cine y salimos todos juntos, bajo la lluvia.
Una cuadra y media, a la vuelta unos 30 metros y llegamos al gran cine Ocean.
Mientras una de las tías canjeaba el vale por las entradas, todos los demás nos ubicábamos en la cola que, como normalmente sucedía en los días lluviosos de aquellos años, ya era importante. A pesar de que no era algo nuevo para mí, cierta excitación, como ser parte de un acontecimiento importante, me cosquilleaba por el pecho. Aún hoy la siento cuando se oscurece la sala y se ilumina la pantalla.
La cola empezó a moverse y mi hermana y yo, escoltadas por el primo más cercano y las tías, avanzamos siguiendo a los tres primos mayores. Como si nos transportáramos, llegamos al interior de la sala, que ya estaba casi llena. Avanzamos bajando por el pasillo hasta que por fin —las salas de antes eran muy grandes— encontramos asientos para todos en la misma fila: la segunda.
Nos sentamos, aparecieron las golosinas, las luces se fueron y todo quedó negro.
La música de la presentación de la Universal me puso en vilo. Miré a mis costados y los vi a todos mirar absortos la pantalla negra con los títulos pasando, sobre ese sonido musical tan extraño, tan inquietante. Volví a mirar al frente, arriba. Los sonidos fueron música y la negrura, paisaje nocturno. Pero mi sensación no mejoraba.
Empezaba a no querer estar ahí. Volví a mirar a la familia. Cada uno estaba quietísimo, asido por esa fuerza misteriosa a la que me asustaba ceder. La música me hizo volver la vista a la pantalla. Luces en el bosque, movimiento, respiración dificultosa… demasiado para mí. Deseé estar durmiendo la siesta. Cerré los ojos y me recosté en el regazo de mi mamá, esperando que pase la parte fea de la peli para volver a mirar. La banda sonora me turbaba tanto que decidí pensar en otra cosa, protegida en la oscuridad íntima del abrazo materno.
De a poco, cediendo a mi deseo, el sonido fue desapareciendo y mis pensamientos se dispersaron, hasta que las luces se encendieron y lentamente el movimiento general fue haciéndome notar que ¡me había perdido la película!
Recuerdo ese día como el día en que descubrí la magia del cine y el sabor de la desilusión: me fui enterando de la peli descifrando los girones de cometarios que cazaba al vuelo durante la visita a la heladería y la vuelta a casa, donde, ya despiertos, nos esperaban los abuelos tomando mate de leche en la vereda, con la pregunta del siglo: ¿de qué se trataba la película? y entonces sí me enteré.
Años más tarde, un día, la alquilé en el video club y pude disfrutarla casi tanto como mis primos aquella tarde lluviosa de enero, en el cine Ocean de Necochea.
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E.T. El Extraterrestre (E.T.: The Extra-Terrestrial, 1982) | Steven Spielberg

























