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Nuestra última película

Ted. Una película de amor /// Andrés Besada

Nuestra última película
Ted. Una película de amor
Por Andrés Besada

Flamante primavera, 21 de septiembre. Un día para recordar, o para olvidar. El amor que va y que viene, una película graciosa para poder zafar el momento. —¿Vamos al cine? No vamos nada. Al final vamos para reírnos, reírnos de nuestro amor.

Subimos las escaleras en una mecánica ya conocida, portando un rictus y realizando unos movimientos lentos y rutinarios, un pie en el escalón y una mano en la baranda, y la cabeza puesta en lo que no dura, porque el tiempo lo destruye todo. Compramos esos caramelitos con formitas de gusanitos, gomitas para apagar la amargura de un clímax que inexorablemente está por llegar. Algo que pasó y que ya no vuelve. Compramos las entradas, con desgano o con ganas de reírnos un rato. Un osito de peluche tierno y agradable. Risas. En la sala todo puede suceder. Se apaga la luz. Se apaga la llama. Ella al lado mío, y su mano que se escapa de la mía similar a un pescado recién sacado del agua, sus ojos pendientes en la pantalla y ese beso que no llega, que se hace esperar como un vaso de agua en un horror desértico.

Es algo notable todo lo que una película cómica puede lograr, las cosas que uno nunca hubiera pensado posibles suceden en una película cómica. Y fuera de ella. Una hora y media donde un oso narcotizado nos da lecciones de vida. Porque la vida vive en una pantalla de cine. Los personajes viven en nuestra mente y en esa sala oscura que presagia lo inevitable, cual un oráculo de alguna tragedia no tan griega ni sangrienta. Nos reímos mucho y no sabemos de qué, las decisiones que hay que tomar no son fáciles, pero la risa ayuda a sacar fuera lo que tenemos para decir. Ella fría y distante, yo cálido y cercano. Dos polos opuestos, dos opuestos que ya no se atraen.

Una vez que la película dejó de brillar, bajamos por las escaleras mecánicas, y nos miramos a los ojos, miramos esa construcción mental de cajas chinas que se abren al infinito en efímeros chispazos, miramos los recuerdos, las tristezas, los dolores, lo bueno, lo malo y lo feo. El colectivo en la Panamericana que nos devuelve a la casa que compartimos. Una mirada de ella que expresa más que mil palabras, y una angustia interior que mi sensible cerebro saca hacia afuera en forma de lágrimas. Expresiones del inconsciente consciente, porque ahora los dos sabemos más que nunca cual es la decisión final, el placer que deviene en dolor. El dolor que significa la nada, la consistencia de la espuma del champagne que se derrite y sólo queda el sabor amargo de las burbujas.

Nos dormimos abrazados, sabiendo que al otro día todo habría de terminar. Ella en mi cama me da el calor que una manta de las frías temperaturas del invierno no llega a aplacar. Mi mano se junta ahora si a la de ella, en un gesto de misericordia y de dolor. No logro dormirme y me levanto en repetidas oportunidades a tomar agua, a mirar las estrellas a través de la persiana americana. El llanto llega sabiendo que nada brilla para siempre, que a toda estrella le llega su ocaso, y que al menos la luz de las estrellas extintas todavía brilla en el cielo. Finalmente me duermo, ya no me acuerdo a qué hora de la madrugada. Al otro día la acompaño a la parada del colectivo. Un beso, una cara de ella, un último gesto absurdo que se enfría en el negro pavimento de la Panamericana. El colectivo aparece. Chau, nos vemos, suerte.

Después de varias semanas Ted sigue siendo mi última película… mi última película con ella, claro.

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Ted (2012) | Seth MacFarlane

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