Mi primera película
Teléfono, mi casa
Por Federico Godfrid
Coincidimos que la sala de cine representa el lugar máximo, o mejor dicho el espacio sagrado para la apoteosis cinematográfica. Sin embargo, al pensar mi vida en flashback con relación al cine recuerdo con más claridad mi primer DVD, mi primer VHS o mi primera proyección en Super 8 en algún cumpleaños entre jueguitos del mítico Pitágoras de la calle Medrano. Me resulta difícil encontrar entre mis recuerdos mi primera proyección en una sala, tal vez porque de todas las formas de ver una película es la única que antecede a mi propia vida.
Antes de continuar me permito una digresión para rendirle un pequeño homenaje a los fragmentos de películas que veíamos en Super 8, especialmente el rollito de El Imperio Contraataca. Recuerdo haberla visto junto con Cupido motorizado —tándem obligado— alrededor de unas quince veces, en los quince cumpleaños de mis quince amiguitos. Y en cada una de esas quince veces, cada vez que la nave de Han Solo —el fascinante Halcón Milenario— ingresaba dentro del pozo de un planeta, esperaba con ansias encontrarme con una nueva versión que me cuente como seguía la historia; pero aquellos armados inconexos de veinte minutos no seguían una coherencia narrativa y tuve que esperar algo así como diez años para ver cómo seguía.
Pero volviendo al tema que nos compete… ¿Cuál fue la primera película en el cine? ¿Cuál fue aquella primera imagen en pantalla gigante? Mi recuerdo me lleva inevitablemente a un lugar, a un momento que no sabría decir si fue el primero, pero que sin dudas es el más importante. Recuerdo estar caminando por la calle Lavalle junto a mi madre rumbo al cine. Evidentemente estábamos por ir a ver un éxito comercial porque todo el mundo hablaba acerca de esa película y me encontraba cargado de expectativas. La sala era inmensa y la pantalla tenía proporciones inconmensurables, nunca visto. No sentamos muy adelante porque el resto de las butacas estaban ocupadas y súbitamente apareció un señor vestido con traje bordó que cautivo mi atención. ¿Por qué las golosinas son tan caras dentro del cine? ¿Tienen algo en especial? ¿Son distintas? ¿Qué esconde el chocolatinero detrás de los Sugus Confitados?
Las luces se apagaron y la película comenzó.
A esta altura, con sólo leer el título del cuento, quiero creer que todos los lectores saben de qué película estoy hablando, pero si hay algún desprevenido sepamos que es la película de ese pequeño sujeto de no más de un metro de altura, de cuello muy largo —cuando lo estira como periscopio de submarino— y que tiene la mágica posibilidad de prender una luz en su dedo y generar milagros (como todo intruso benefactor de reminiscencias crísticas). En una palabra: E.T..
Mágica es la palabra que viene a mi cabeza 25 años después de ese acontecimiento y habiendo revisionado la película unas cuantas veces más en mi vida. Pero en ese momento E.T. era lo más cercano a la película de terror más espeluznante con la que mi infancia se podía encontrar. Hay imágenes que aún permanecen en mi memoria tal cual las vi por primera vez. Una de ellas, es la de ese pequeño cuarto de jardín desde donde E.T. arroja una y otra vez la pelotita. En verdad no era para mí la imagen de un vínculo entrañable, sino el más horroroso de los terrores terroríficos. Me encontraba atado a la butaca, no me gustaba nada lo que estaba viendo y segundos después de la escena de la pelotita, Eliot corre por entre los juncos con su linterna buscando algo que se le escapa, y nos encontramos de frente con E.T., con su grito y con el corazón latiendo prácticamente al aire libre. “¡Ahhh! ¡Te odio E.T.!”. ¡Cómo me asustaste!
Después claro, vinieron las otras imágenes; la de los “bicivoladores” cruzando los cielos a contraluz de la Luna, la nave espacial, la despedida y todos acongojados pero contentos, imágenes que a ciencia cierta no podría asegurar que pertenezcan a la primera vez que las vi. De esa primera proyección recuerdo a fuego esos dos grandes momentos señalados en el párrafo anterior.
La película terminó. Mi mamá estaría contenta de haber ido con su hijo al cine y en algún lugar entendió que a mí me había encantado. Tal vez, un exceso de hombría me hizo ocultar el miedo enorme que me producía ese bicho horrible con cabeza triangular y ojos inmensos. Sea como fuere, evidentemente, el terror y el miedo me los había guardado para mí solito.
Meses después llegó mi cumpleaños número seis y mi madre tuvo la excelente idea de comprar un muñeco de E.T. que adornaba la torta junto con las velitas; odie a ese muñeco.
Algunos años más tarde —algo así como veinte— volví a ver E.T. y me resultó entrañable, para nada terrorífica e incluso simpática, pero en el libro de mi historia del cine ninguna imagen logró la contundencia de esas dos primeras que me acompañan desde que nació la pantalla grande en mi vida y que “estarán aquí mismo”, acompañándome por siempre.
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E.T. El Extraterrestre (E.T.: The Extra-Terrestrial, 1982) | Steven Spielberg

























