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A la salida del cine

Tercer Subsuelo /// Alejandro Seba

A la salida del cine
Tercer Subsuelo
Por Alejandro Seba

Ciertos fragmentos de mi vida por algún motivo fueron eliminados de mis recuerdos. En otros, las imágenes se suceden de manera desordenada y un tanto borrosas. Uno de esos coincide con una relación insólita a la que aposté demasiado y un día se terminó. En esa etapa coexistieron sensaciones de profunda tristeza, con ese placer de descubrir y atravesar nuevas experiencias, de verme con personas a quienes no les había prestado la atención suficiente o encontrarme con gente totalmente desvinculada del entorno en el cual suelo moverme. A la distancia, se me empieza a desdibujar esa línea tan clara que separaba lo real de lo imaginario.

Las separaciones suelen empujarnos por diferentes caminos. Algunos obvios y repetidos en la mayoría de los hombres y mujeres. Uno trata de establecer referencias nuevas que lo desliguen de ese lugar cotidiano e hipnótico que, de golpe, es brutalmente rasgado sin saber de dónde vino la puñalada. En ese intento adquirí, por aquel periodo, el hábito de perderme frente a la pantalla del cine. Los días que conforman los meses que hacen a los años 2007 y 2008 tienen una extraña mezcla de realidades y ficciones. Seguramente haya sido para evadirme, quizás esté asociado al tratar de escuchar, en la ficción, una respuesta a lo que, en la aparente verdad, no tenía solución.

Decenas de películas transcurrieron en disímiles compañías. Amigos, parejas rescatistas que soportaban estoicamente la salida de tres y casuales posibles amantes transitaron muchos de esos momentos como simples construcciones de ese maravilloso arte que llamamos cine. Pero era en la soledad, frente a la luz de la pantalla, donde el mundo adquiría otras capas de sentido. Esos universos solían perdurar durante horas, quizás días, creando espacios de protección. Muchos se agotaban en pizzerías, otros me envolvían mientras manejaba hacia mi departamento y los más peligrosos trastocaban las escuchas del mundo real, reemplazándolo por voces o atmósferas neutras. El que describo a continuación superó todas esas instancias.

El Norcenter, antes conocido como Showcenter norte, es un complejo emplazado en Vicente López, inaugurado antes del año 2000. Funcionó como parque de diversiones; tuvo una época de gloria en la que se podía recorrer el enorme patio de comidas mientras algún grupo daba un espectáculo; nunca pudo convertirse en un tradicional shopping y hoy en día resultó en un Mall especializado en muebles y accesorios decorativos para los lujosos palacios que solo los ricos, atrincherados en los barrios cerrados, pueden llegar a comprar.

Durante algunos periodos desbordaba de gente y en otros se respiraba una desolación llamativa, pero esto no pareció amedrentar a los desconocidos empresarios que han invertido toneladas de dinero en algo que, supuestamente, nunca ha dado demasiadas ganancias. Allí también funciona la cadena de cines Showcase que, en épocas de desmantelamiento y renovación, siguió convocando espectadores debido a las jugosas promociones y a la buena calidad de sus salas.

Algunos pasillos conservan la mampostería que se utilizaba para atender a los esperados miles de concurrentes, pero que a mediados de 2000 se contaban con los dedos de la mano en las funciones de los días hábiles. Fui testigo de cientos de emprendimientos que morían al poco tiempo de haberse puesto en funcionamiento y la llegada del iMax volvió a poner al espacio en valor y hoy es un lugar medianamente concurrido.

A principios de septiembre de 2007 el frío aún se hacía sentir. Por esos días el estreno de El ultimátum de Bourne me impulsó a ver en una tarde —y de corrido— las primeras dos películas de la saga, tan recomendada por algunos conocidos y a acercarme a disfrutar del cierre de la saga un día en que el cine se encontraba totalmente vacío. Me sentí extrañamente vanidoso de acudir a una especie de función privada y, desparramando en la butaca, me fui hinchando de alegría mientras Jasón resolvía los conflictos, a la vez que me regocijaba con la efectista banda de sonido. Mientras recorría los pasillos que desandaban el camino, llevándome hacia la salida, no podía dejar de tararear “Extreme Ways” de Moby.

En el complejo hay construidos tres niveles de estacionamiento, aunque solo dos están habilitados. En aquellos días en que poca gente concurría al lugar sobraban cocheras en el primer nivel. Como a mí me gustaba dejar el auto cerca de la salida de los ascensores solía ir al nivel dos, aunque aún quedase lugar arriba. Casi un año antes de aquel día, había bajado por el ascensor con mi pareja y por algún error este no se detuvo hasta llegar al nivel tres. La sensación había sido muy extraña ya que desde ese pequeño hall que se antepone a la salida hacia el estacionamiento se veían muchísimos autos ocupando gran parte de las cocheras y era evidente que estaban en desuso.

—¿Qué será esto? —nos preguntamos mientras el silencio se volvía pesado e intimidante. Silencio que fue brutalmente interrumpido por el sistema de cierre del ascensor que, con inusual rapidez, nos llevó al nivel 2. La intriga estaba activada y siempre traté de justificarlo diciéndome que sería el depósito de alguna aseguradora.

Bourne había estimulado en mí esa cuota de inconciencia que nos hace creer que podemos esquivar balas cual Neo en Matrix, o trepar caminando por las paredes y subir al techo como el personaje de Jet Li en Hero. Ese día subí solo al ascensor y sin pensar apreté el -3. No quería más que asomarme, sin salir de mi cubículo, para corroborar que aquello no había sido producto de mi imaginación. No recuerdo cuanto tiempo pasó hasta detenerme, pero lo viví exageradamente lento. Finalmente, la puerta se abrió y el desolador escenario se presentó ante mí. Más allá del hall, al que también arribaban las escaleras mecánicas en desuso, la iluminación no estaba completa como en los niveles anteriores. Di un paso fuera del ascensor y, tal como funcionan los clichés en el cine de suspenso, este se cerró y partió hacia arriba. Volví a apretar el botón de llamada y mientras esperaba, escuchaba y observaba. La sensación de que el silencio puede ser algo sumamente tenebroso no era solo un recuerdo. Aquel panorama exudaba una sensación de muerte avasallante.

Me acerqué a la puerta que se encontraba fuertemente encadenada. Eso me daba cierta tranquilidad y, al mismo tiempo, un sentimiento de impotencia por no poder avanzar. Miré hacia arriba por las escaleras mecánicas pero el paso estaba cerrado por unas estructuras metálicas irreconocibles. Solo debía esperar a que vuelva el ascensor, pero la ansiedad me llevó a rodear esa construcción que contiene a este transporte ocasional. Detrás había otra puerta y sí, estaba abierta. Quise asomarme más allá para corroborar que semejante silencio era una construcción psicológica. Apenas atravesé el umbral la piel se me erizó. Los autos abandonados no se veían chocados o con signos de haber sido violentados para robarlos. Estaban sucios como si hubiesen estado allí durante décadas y lo más extraño era que algunos tenían los vidrios laterales bajos. La gran mayoría eran de alta gama, incluso algunos denotaban el no haber sido rodados nunca. No comprendo que magnetismo irracional me llevó a caminar unos pasos por las calles desérticas, lo que me hizo descubrir que ciertos vehículos tenían esos adornos inútiles que cuelgan de los espejos o calcomanías de balnearios en los baúles. Aquello era insoportable y me traía imágenes de diferentes películas de zombies o historias futuristas de una tierra devastada, aunque algo más inquietante latía en mi interior y no lo podía expresar.

Sin darme cuenta, me alejé bastante del acceso a los elevadores, pero cuando me empezaba a dar cuenta de ello, ciertos sonidos llamaron mi atención. Mi cuerpo se transformó en un gran oído y todos mis otros sentidos se adormecieron. Me pareció escuchar chillidos muy agudos, como los de una rata o un murciélago. Pude detectar algo así como pequeñas uñas desgarrando una tela o algo similar. Jugándome una horrenda pasada, mi mente relacionaba el ambiente a una de las “Metamorfosis Nocturnas” de Ligeti. A lo lejos pude distinguir agua con cierta presión atravesando caños colgados del techo. Pero lo que me paralizó fue ese sonido típico que hace el calzado sobre la tierra que se junta sobre el asfalto. ¿Había alguien observando? Me escondí detrás de una de las columnas, entre dos camionetas 4×4 y traté de permanecer inmóvil. Eso incrementó mi percepción de cientos de sonidos extremadamente débiles que ahora se hacían presentes. Las ramas finitas de un sauce pasaban a centímetros de mi cara, pero allí no había nada. Me fui moviendo lentamente para empezar a salir de ahí, pero una imagen me alteró más aún. En una de las camionetas preparadas para la montaña, pero que aparentaban nunca haber salido de la ciudad o de allí mismo, pude distinguir un juguete de años atrás. Era un Playmobil caracterizado como un motoquero americano y subido a una moto. Tuve la misma sensación de estar en Pripyat, la ciudad abandonada por la explosión de Chernóbil.

Empecé a correr con la idea de ser perseguido. Hasta creí escuchar perros y una voz pidiendo que me detenga, pero no quise girar la cabeza. Inmediatamente llegué al hall de ascensores y trepé por las escaleras mecánicas. Debí haber caminado por ese espacio metálico que separa a ambas cintas para trasponer las estructuras dispuestas como barricadas. Llegué al hall del nivel 2, una réplica del 3, pero más familiar, iluminada y con algunos pocos autos. Sin embargo, la sensación de la existencia de vida era muy evidente. No pude parar de correr hasta llegar a mi auto, arranqué y me dirigí a la salida, allí fui detenido la barrera automática. Pasé el ticket por el sensor, pero no funcionó. Misteriosamente apareció un vigilante que me pidió el papel, lo miró y dijo: “Está vencido, señor”. Lo miré atónito. “Debería llevarlo a las oficinas, pero es muy tarde”. No pude responder nada. Él parecía saber que me había pasado, pero levantó la barrera manualmente. Yo estaba temblando, pero me fui con urgencia.

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El ultimátum de Bourne (The Bourne Ultimatum, 2007) | Paul Greengrass

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