Nuestra última película

The end /// Magalí Bayón

Nuestra última película
The end
Por Magalí Bayón

A esta altura estamos en condiciones de afirmar que la excesiva y frecuente exposición al cine tergiversa cualquier posibilidad de atravesar la vida de una manera —digamos—medianamente normal; o si lo prefiere, sin un umbral de expectativas que incluyan un soundtrack. Presenciar tanto relato bien escrito produce que en ocasiones la realidad se nos presente de una manera desabrida. Es ahí donde aparece la patología cinéfila y podemos revertir tal situación: la gente llama a esto “mala memoria” o “mitomanía”, pero nosotros bien sabemos que es rescritura de guion. Es que a veces sólo después de un largo tiempo la historia (la nuestra, la real) nos indica que tal o cuál evento fue el punto culminante, el cenit de algo. Un último momento, una última historia, una última película, debería ser al menos significativa; como todo buen final debería desembocar en ese gran clímax donde las Tías Chola lloran, algunos se llevan las manos a la cara intentando no ver, la audiencia toda se sienta al filo de su butaca conteniendo la respiración… y todo al final termina como tenía que terminar.

Imagine le contara la historia épica de un amor que atravesó océanos de tiempo en tempestuosas aventuras tales que Ulises hubiese dicho: «Nooo, gracias muchachos: en esa no me embarco». Un romance de esas dimensiones bajo ningún punto de vista podría encontrar su punto cinéfilo final un domingo por la tarde yendo a ver con el príncipe azulenco de coprotagonista la también azulada película The Smurfs a una multisala; y que luego de ver el film cada quien partiera por su lado, y que las circunstancias de la vida hicieran que sus caminos se bifurcaran para siempre, sin siquiera decirse adiós. No. Un “no” rotundo a esa historia. Eso es rigor histórico y es al mismo tiempo un crimen para todo aquel que —como mínimo— haya soñado con ser protagonista de la saga romántica de Linklater.

Desentendámonos de las atrocidades anteriormente mencionadas y olvidemos el azul brillante, el 3D innecesario, la reserva por Internet, y el histriónico bullicio de los pasillos de la multisala plagados de ese olor a dulce rancio. Apliquemos la justicia cinéfila de la reescritura: la última película será la que queramos… o la que quiera yo en este caso (lugar déspota en el que me ubico —sepa usted disculpar—, cuidaré el recorrido). Acompáñeme, sumerjámonos en un suave parpadeo iluminado y asistamos al ocaso cinéfilo, al final de los finales…

Para comenzar, deberá transcurrir en una vieja sala cinematográfica (de esas que casi ya no existen), una tarde plomiza de otoño. El Destino (escenas antes) habría deparado ése como su último encuentro. Ambos disimularían con gran esfuerzo la melancolía enmascarando sus sentimientos con la película que eligieron ver, esperando que el Maestro les explicara —entre gallos y danzas— la tragicidad del amor.

En silencio y media penumbra, Ella ingresaría a la sala. De espaldas lo reconocería a Él sentado entre el mar de gentes. Deteniendo el paso, se juraría para sí que de voltearse Él un instante antes que terminase el avance que se estaba proyectando, el amor entre ellos sería para siempre. Los segundos pasarían eternos e irrefrenables, mientras el palpitar de su corazón la ensordecería esperando encontrarse con sus ojos. Ajeno a ese juramento, Él no apartaría la vista de la pantalla. El final del avance daría paso a un anuncio intrascendente, y Ella descendería por el pasillo de la sala a su encuentro con el dolor punzante de la confirmación en el corazón.

Se sentaría junto a Él, y sin más, comenzaría el film. El anaranjado furioso del sol de la tarde mezclado con el rojo de la pequeña propaladora cortarían como una lengua de fuego la oscuridad de la sala. Él miraría el contorno de su rostro iluminado, mientras la voz en off del narrador enmarcaría su propio pensamiento en esa frase de “algo tiene, que más que historia se asemeja a un cuento… fue un otoño en el que El Aniceto y La Francisca se encontraron”, y como en un flashback, su recuerdo se dispararía al pasado próximo y remoto en el que la conoció, y que ahora intentaba olvidar entre truenos y violines sentado junto a ella en una sala cinematográfica.

Transcurrirían el film sin franquear esos abismales diez centímetros de silencio que los distanciaba. De vez en cuando, Ella se distraería inquieta por el quebradizo puente que se tendería con los involuntarios roces de la mano de él contra la suya. Cada tacto iría haciendo mella y cicatriz hasta que, llegando al momento final cuando todo es azulada noche de tragedia, Ella lo tomaría de la mano y se cruzarían sus miradas casi por primera vez (casi como la primera vez), mientras el Aniceto pierde el amor y la vida. El tiempo que cabe en un instante —o en un rodante— no sería suficiente para que alguno de los dos tuviera el coraje de decirse todo aquello que se debían.

Abandonando el cine, caminarían en silencio hasta llegar a la plataforma de la Estación Ferroviaria. Escuchando el último silbido del tren sobre el umbral de la puerta del vagón, y no pudiendo contener la tristeza ante la certeza que sus caminos se bifurcarían, Ella le diría:

— “¿Cómo no vienes conmigo? Anoche dijiste…”

— “Anoche dije muchas cosas.” —le respondería Él, con cierta entereza. “Ahora tienes que irte. Si no partes en ese tren lo lamentarás. Tal vez no ahora, tal vez no hoy ni mañana; pero más tarde, toda la vida.”

— “¿Acaso nuestro amor no importa?” —replicaría Ella.

Él la miraría por última vez, y viéndose a sí mismo en el profundo océano negro de sus ojos, le respondería:

— “Siempre tendremos el Gaumont.”

— “Dije que nunca te dejaría.”

— “Y nunca me dejarás.” —afirmaría Él, con la seguridad propia de la incertidumbre.

Las puertas del tren se cerrarían de golpe, separándolos para siempre. Ella apretaría los ojos fuerte para evitar verlo por última vez y que esa imagen la persiguiera en las noches durante el resto de su vida. Inmóvil, Él la vería irse en ese tren desvencijado, sin oponerse a la crueldad del destino. El cielo tronaría y suavemente la lluvia inundaría el paisaje (porque sepa usted que el aire también se marchita). Un lento fundido daría paso al cierre, al negro del punto final de un romance que culmina triste e inevitable.

Y así no fue pero debería haber sido. Es justo decirlo. Usted puede elegir: si quiere, la última película fue una estridente narrativa mainstream tragada por Cronos segundos más tarde de haberla visto, casi una escena de descarte muy por debajo de las expectativas y el merecido reconocimiento de un gran amor que terminó. O bien puede elegir la otra historia, la de la épica cinéfila, y brindar conmigo por el amor (al cine, a los Otros, a las historias en general) y porque al final las cosas terminaron como tenían que terminar… Es que un recuerdo también puede ser embellecido, como una película que nos inventamos para nosotros mismos, para pasarla —una y otra vez— por el corazón.

The End.

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Antes del amanecer (Before Sunrise, 1995) | Richard Linklater

Antes del atardecer (Before Sunset, 2004) | Richard Linklater

Antes del anochecer (Before Midnight, 2013) | Richard Linklater

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