Nuestra última película
Trampas de Falopio
Por Marcos Vieytes
El lugar era ideal para encontrarse. No había casi nadie. Hacía varios años que los cines de la quinta nova estaban semivacíos. Las salas en las que pasaban películas en blanco y negro con humanos toda la noche sólo servían para el sexo asimétrico y la aspiración ocular de sintomatina, que todavía estaban penalizados. Las imágenes proyectadas tenían más negros que blancos. Se veía poco y nada del resto del lugar. Miró a los costados y apenas pudo divisar a su contacto en la fila convenida.
Fue hasta donde estaba sin sacarse el fieltro. Antes de sentarse debió bajar la butaca, que estaba en posición vertical. Tuvo un mal presentimiento. El contacto lo vio llegar sin dar vuelta la cabeza. En la pantalla, un hombre mascullaba con otro mientras miraba a una mujer rubia que fumaba tendida en un sofá. Siempre le pareció ridículo ese género de películas en las que se saturnizaba a los humanos con el supuesto fin de que nos viéramos reflejados a la luz de una lente deformante. La voz del contacto interrumpió su inusual reflexión.
— Salió todo mal.
— ¿No trajiste la valija?
— La cosa no anduvo.
— ¿Cómo que no anduvo?
— No sabemos cómo, pero se enteraron. Antes de entrar al segundo compartimiento, se activó el sonar.
— ¿Blejman no neutralizó el transmisor?
— Fester no llegó a desarmar al guardia de la cabina de transmisión.
— ¿Y Blejman?
— …
El silencio del otro lo desorientó un segundo, no porque introdujera algún tipo de incertidumbre sino todo lo contrario. Lo verdaderamente inesperado es toparse de pronto con una certeza. Inesperado y desagradable. Tragó saliva sin dejar de mirar la pantalla y empezó a pensar qué hacer mientras decidió seguir hablando para no despertar sospechas.
— Al Gran Jefe no va a gustarle nada esto.
Nunca previó escuchar lo que le dijo el otro.
— El Gran Jefe nos traicionó.
— ¿Quién carajo te creés que sos para decir eso, pendejo?
El contacto, que sólo era una voz para él, se acomodó en la butaca con temor y desconcierto. Quiso añadir algo, pero le tembló la voz y se calló después de la primera sílaba. El agente lo entendió todo entonces. Lo que pasó y lo que iba a tener que pasar o, mejor, lo que tendría que hacer.
— Calmate y contame por qué dijiste eso.
— Fester lo dijo, no yo.
— ¿Y vos qué pensás?
— Nada, yo no pienso nada, sólo sé que Fester salió de la usina solo.
— ¿Y la valija?
— Quedó adentro.
— …
— Me dijo que la dejó adentro. Blejman no alcanzó a soltarla antes de que se cerrara la segunda compuerta. Fester me dijo que trató de agarrarla, pero no llegó, casi pierde la mano.
— Llevame con Fester.
— Está afuera, en el auto.
— ¿Por qué no está acá con vos?
— No era lo acordado. Pensó que podía desconfiar ante cualquier alteración.
— Pensó bien. Vamos.
El agente salió al hall caminando un paso detrás del contacto cuando vio la silueta de Fester saliendo del baño reflejada en el blindex de la marquesina. Sin darse la vuelta extendió su trompa de falopio y lo desarmó de un latigazo. Fester no llegó a moverse con la suficiente rapidez como para esquivar el apéndice, que el agente mantenía erecto a centímetros de su cara. Las retinas retráctiles de la trompa se fijaron sobre los ojos de Fester. El hall estaba vacío y el contacto se había derrumbado. El agente se concentró en Fester y lo miró con los dos ojos de su cara y con los tres de la trompa sin dejar de apuntarle. Fester pareció darse cuenta de que ensayar una explicación no solo hubiera sido inútil sino sobre todo denigrante.
— La valija, Fester —escuchó que le decía la voz del agente, y pensó que esa voz no venía de la garganta, sino de los pies, porque tenía la firmeza de quien sabe desde hace tanto dónde está parado que parece saberlo desde siempre.
— Está en el baño.
La trompa del agente miró fijó a Fester y pasó por encima de su hombro, abrió la puerta rebatible del baño y segundos después extrajo la valija, que depositó entre sus piernas. Una orquestación llena de vientos proveniente de la sala lo distrajo lo suficiente como para que el contacto, que había permanecido arrodillado mirando el piso, sacara de uno de los bolsillos un puñal y lo clavara en el tercer ojo de la trompa. El chillido emitido por el órgano se confundió con la banda sonora de la película. El agente, pese a todo, no dijo palabra ni hizo ruido alguno. Contuvo la mueca de dolor que su cara le pedía dibujar a gritos y prefirió forzar una de desprecio, desclavó sin inmutarse el puñal del tercer ojo sangrante de su trompa y se lo clavó en la yugular al contacto, todo en un abrir y cerrar de ojos. Para ese entonces, la bala disparada por Fester ya lo había atravesado y, todavía sin caer, resistiéndose a doblarse, vio cómo sacaba la valija que ya no podía apretar entre sus piernas, la abría para mostrarle su contenido vacío, y salía a la calle desierta del sexto anillo sudoeste. Todavía en pie, pero arrastrando la trompa, entró de nuevo a la sala y se sentó en la primera butaca de la fila del fondo. No entendía nada de lo que estaba pasando en la película. Nunca había entendido ninguna película. Ahuecó su mano derecha alrededor de la oreja para escuchar mejor, pero tampoco alcanzó a distinguir lo que decían. Pensó en el Gran Jefe antes de cabecear.

























