A la salida del cine
Transilvania: una marca infalible para la belleza. Sobre la endemonización de las periferias
Por Marta Zatonyi
Al fenómeno del “después del cine” se lo entiende como algo relativamente contiguo, pero también se le puede adjudicar algo cuyo significado se acerca a la duración bergsoniana o, tal vez, a la eternidad humana. Igual que cualquier impacto en la vida, ya sea existencial, cultural-social, o de cualquier índole, el “después del cine” es el suceso que anuda el pasado y el futuro, algunas veces de manera imborrable o intermitente, otras veces hundiéndose en el lodo del subsuelo del olvido para que, por un motivo importante o pequeño, incluso nimio, consciente o imperceptiblemente, ponga en funcionamiento a la memoria. La presente convocatoria y mi duración produjeron la siguiente respuesta.
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¿Por qué ha podido suceder esta especie de viralización por los tiempos de los siglos XVIII-XIX, estimulados por el crecimiento de los medios de comunicación, por la difusión internacional de la literatura y, al final, por el cine? O, ¿ya en los siglos precedentes había una tendencia de convertir aquella región que se extiende en los confines de Occidente de Europa —y funcionó a pesar de que esta idea carecía del más mínimo sustento científico — como franja divisoria del propio Oriente? Detrás de esta región… ¡el espanto de la nada!
De esta manera, Europa Central y Oriental se convirtieron en parte del Oriente tan temido. Las décadas del llamado ‘segundo mundo’ confirmaron esta idea. Idea tan temida que fue ignorada, directamente desconocida. No se trata del brilloso, lujoso y ya garantidamente colonizado mundo de China, India y Japón. Tampoco del Islam cuya historia se entretejió con Occidente en un destino abigarrado. No obstante, desde Transilvania hasta una China más o menos conocida (aunque filtrada por la vocación exótica de la cultura del Epicentro) se extiende una superficie mucho más grande que la mitad de Eurasia entera, con una diversidad demográfica, cultural e histórica relegada, pero más bien despreciada hasta su total negación. Sus toponimias aparecieron solo por una geografía de horror, por una guerra u otros acontecimientos feroces.
A pesar de la cada vez mayor accesibilidad al conocimiento lo que el mundo epicéntrico laxamente autodenominado Occidente cree conocer sobre aquellas regiones y humanidades es hasta hoy absurdo e insuficiente. Es cierto que hay saberes excepcionales, científicos, académicos y necesarios para el funcionamiento del mismo mundo que fija este orden, pero a nivel del conocimiento paradigmático el panorama vigente confirma esta triste construcción cognitiva.
Al caballero ‘hemodependiente’ lo siguieron otros en el universo rumano-húngaro-eslavo de los mitos malditos, alcanzando mayor renombre con sus inacabables y escalofriantes versiones literarias y cinematográficas: el conde Drácula y la condesa Báthory. Nosferatu es una figura trazada por fantasías occidentales y románticas destacadas en la fundación de la literatura europea de terror por una escritora paradigmática como Mary Shelley. También se hace presente en siglos —incluso milenios — antes en textos de Roma, China, Egipto o Babilonia, apareciendo en relatos de escala universal portando una metáfora de la condición humana: vivir a costa de la sangre humana.
A este ilustre conjunto particularmente metafórico se suma por parte del escritor irlandés Abraham “Bram” Stoker la novela dedicada al conde Drácula (1897), el noble de tan mala fama. Drácula significa, en varios idiomas, dragón o incluso demonio. O más exactamente el hijo del demonio. Su nombre original era Vlad Tepes, más conocido como Vlad, el empalador, el gran luchador contra el expansionismo otomano. Si bien la novela presenta al terrible personaje como un aristócrata más o menos elegante y más o menos refinado, la historia ya divulgada y popularizada se trata de un asesino serial embriagado por la sangre y el sufrimiento de sus víctimas, preferentemente empalados o si no enterrados vivos. Drácula vivía solo si mataba.
El vampiro de la película Nosferatu de F. W. Murnau (1922), con la célebre interpretación de Max Schreck, es la figura más popular y también, a su vez, la matriz de las otras interpretaciones sobre el mismo tema. Es así como por numerosas interpretaciones literarias y fílmicas las figuras de Nosferatu y Drácula sufren a lo largo del tiempo una fusión y, a la vez, una confusión. Pero ambos —y según todas las versiones— son figuras ciertamente bellas pero monstruosas por su ser, y pertenecen a la misma época y lugar, a esta tierra temible, exactamente de nadie, bella pero maldita. Publicitados y vendidos como realidades históricas. Las películas adjudicadas con evidencia al tema de Drácula suman, ya por el primer recuento rápido y hasta superficial, una cifra impactante: treinta y dos largometrajes. El tema del Nosferatu, borrosamente delimitado entre los dos personajes, menos.
Restaba un factor: la versión femenina. Como relato mítico comienza a circular prácticamente al mismo tiempo, perteneciente al mismo vecindario. Siglo XVI, Transilvania, por medio de relatos que manaron de un mundo fraccionado entre varios poderes o partes independientes. Sedienta de sangre humana, el monstruo no podía carecer de su doble de mujer. Ya desde la prostituta de la literatura sumeria, o de Lilith, la bestia de las biblias apócrifas, sabemos que no hay mal y perversión sin el equivalente femenino del Gran Vampiro. Incluso es algo más espantoso precisamente por sus formas e irresistibles encantos de mujer. También suele ser más bestial y más perversa que su colega masculino. Lilith es la primera que pronuncia su perorata a favor de los beneficios y dones del consumo de la sangre humana.
Como camino literario se conoce por la novela La condesa sangrienta de la francesa Valentine Penrose (1962) y de la argentina Alejandra Pizarnik, titulada de manera igual (1971). Antes y después, también vieron la luz películas caracterizadas siempre por más sensacionalismo efectista y delirante que por compromiso investigativo e histórico. Por ahora la última vez que se usó este tema para un relato, en novela o cine, es en la obra fílmica dirigida por el eslovaco Juraj Jakubisko en 2008 (coproducción Eslovaquia, República Checa, Hungría, Reino Unido y Estados Unidos). Su título es, con candorosa obviedad, Báthory, la condesa sangrienta. No así su relato y análisis sobre la época. Es profunda, lúcida y evidencia que tanto ella como sus “vecinos” fueron relatados como monstruos, pero detrás de sus figuras, detrás del relato sobre ellos, hay otra razón.
La leyenda o la epopeya negra sobre la condesa Báthory añade un “mérito” más, aunque históricamente ya “conocido”: bañarse en la sangre de mujeres jóvenes para conservar la eterna juventud y con ello, la eterna belleza. Esta especie de spa fue clausurado cuando una comisión de investigación, organizada por el mismo rey húngaro, la condena a cadena perpetua. Este tal rey Matías, conocido también como El Justo, (se denomina así, por ejemplo, en el Tratado de Leonardo da Vinci), echa mano a las prácticas judiciales de los países occidentales, principalmente a las de sur de Italia, según su necesidad y conveniencia. También, una vez amigo otra vez enemigo de Drácula, actúa más por las conveniencias de sus aliados del momento que por una razón local. Estos aliados, como los habsburgos o franceses, vilmente traicionan esta región y participan en la división de la región entre la casa austríaca, Hungría, Rumanía u otros poderes, pero principalmente, el imperio otomano. Mientras los países atlánticos miran hambrientos hacia la rica América recién descubierta y aspiran consolidar, incluso acrecentar sus territorios, se entrega al Imperio Otomano como prebenda la región caótica del centro y sud oriental de Europa. Frente a ello si no se justifica, pero se entiende el mise en scéne judicial de Matías. El mundo de los vampiros y vampiresas será vilmente abandonado a su mísera suerte con una muy “buena” justificación y argumento. Tan “buena” que los mismos peones de este ajedrez todavía siguen justificándolo. ¿Y Matías? Bien, gracias. En el panteón de los justos ocupa un distinguido lugar. Hasta hoy.
Uno, quizás básico y fundamental de los métodos para esta truculenta convalidación es la endemonización de la región, convirtiendo la habladuría de las leyendas en supuesta verdad incuestionable. No sucede eso por primera vez en la historia del epicentro. Al Bien lo empujan los que atacan porque persiguen, para combatirlo, al Mal. Quien duda en ello, se identifica con el mismísimo mal, por ello, merece el castigo, aplicado en nombre del Bien. Parece que es una práctica bastante usual. A lo largo de los milenios y a lo ancho del mundo.
Dejemos a Nosferatu y su núcleo histórico, pero no demostrable. Pero ¿quién era Drácula? Según se comentó más arriba, un militar que luchaba contra los turcos. Y se enfermó de guerra, como nos enseña El franco tirador de Michael Cimino, y tantas otras películas admirables, norteamericanas o europeas (o de otras regiones), viendo con espanto sus propios actos de guerra y de agresión. Enfermarse de guerra. Apestarse del bacilo de guerra. Después ya no hay vuelta. La locura sigue aumentando sus estragos. Matar se convierte en goce, el motivo de la existencia de su portador. Y matar por ello, matar por gozar, matar por matar y ni siquiera en nombre de la justica o de la patria o de la democracia… o por otra grande y altiva idea. Este discurso queda para aquellos que todavía tienen algo de salud, todavía no contrajeron esta mortal enfermedad que se llama la de la guerra. Pero se sabe que, en cualquier momento, atravesando un límite, una delgada línea roja, se precipita en el abismo de la locura de matar por el goce. Así como estos millones a lo largo de la historia habían sido las terribles manos ejecutoras de la locura “justiciera” también eran sus víctimas insalvables. Ese es el caso de Drácula. Su endemonización prácticamente obliga la identificación con semejante condena y evita, a la vez, el análisis sobre el fenómeno que podría llevar su nombre: el síndrome Drácula.
¿Y la princesa sangrienta? Se dice que mató, succionó la sangre de las siervas jóvenes para bañarse, torturó, engañó, entre otras malquerencias. Y encima era bella y conservaba su asombrosa juventud. Y al no poder alcanzarlo, ¿en qué hombre no se transformaría este mismo deseo en sórdido odio? Hace siglos o ahora. ¿Qué hombre rechazado no sentiría un profundo rencor hacia una mujer hermosa, lúcida, voluntariosa, inteligente y, encima de todo eso, autosuficiente en su poder? Ya solo la idea merecía ser castigada. Pero para entonces las hogueras no resolvieron siempre la dinámica de “crimen y castigo”. El rey Matías tenía que demostrar a Occidente que su modernidad —o, dicho de otra manera, su tan mentada occidentalización— era confiable. Y no se podían quemar brujas donde, en los inicios del siglo XII, un tal rey Kelemen sancionó que “Sobre las brujas, ya que éstas no existen, no se harán examinaciones indagando por ellas”. Prohibió para siempre la hoguera como solución judicial. Curiosamente Occidente nunca jamás le adjudicó a Kelemen el epíteto de “el Justo” o algo parecido. Y ya que estamos este monarca también les otorgó a los judíos los mismos derechos ciudadanos que les correspondían a los cristianos. En el corazón de Europa, más Este que Oeste. ¿Qué anales nos informan sobre ello? ¿Quiénes lo saben?
Ella también se enfermó de guerra. Hubo un momento en su destino cuando ya mató y torturó por matar y torturar. ¿Quién no lo hubiera hecho? Tal vez algunos muy pocos. Como el personaje protagonístico ya mencionado o en ¡Feliz Navidad, mister Lawrence! de Oshima. O en La peste, la singular novela de Camus. Algunos excepcionales, algunos afortunados. Un ínfimo porcentaje. Para evitarlo hay que preservar la normalidad del mundo, evitar el caldo de cultivo de la locura. Una persona sola, hombre o mujer, aunque gozara de privilegiadas condiciones, no podría evitar el contagio de este vil microbio.
Era imperativo neutralizarlo y evitar su efecto. Igual como la Historia convirtió al conde Tepes, luchador contra los turcos, en amenaza de los socios de los otomanos. En aquellos tiempos y siempre, la pereza mental del sujeto común, actuó, definiendo por una Historia relatada que llega, por infinitas maneras a sus oídos, a su mente y ¿por qué no?, a su corazón.
Salpimentada con exotismo, sangre y sexo (los tres juntos son una receta infalible), con patéticos sentimientos de patriotismo, con odio ejercitado y aprendido para cualquier eventualidad y caso, la enfermedad de la guerra se activa, girando siempre hacia el ángulo conveniente. El “pecado” de Erzsébet Báthory era contraponer su vitalidad a esta mortal enfermedad.
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“Después del cine…” Hace poco tiempo pude ver la película de Jakubisko. Y pensé eso, lo anotado más arriba, y muchísimo más. Gracias a este impacto, desde esta experiencia, analicé de nuevo muchos hechos, obras, acontecimientos, teorías… Tal vez cometo un error o varios en esta reinterpretación de ellos, pero lo que importa es el esfuerzo por entenderlo mejor. Y… luego, compartir el resultado.
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Nosferatu (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, 1922) | F. W. Murnau

























