Mi primera película
Tres pibes, dos entradas y una película de bajas temperaturas
Por Andrés Besada
Ya de adolescente sucedió una noche, con dos amigos. Como el lector podrá dilucidar lo que sigue a continuación no es en verdad mi primera experiencia en una sala de cine, pero sí al menos por la que vale la pena empezar, pues los acontecimientos que sucedieron me marcaron profundamente, como una primera vez. Es por ello que quiero compartir este relato con usted.
Un choripan en una parrilla perteneciente al universo de los taxistas y las ganas de ir a ver Batman 2, porque los afiches prometen y todos tenemos quince años, vivimos en Núñez y nos gusta jugar al flipper de Batman.
Los nervios previos, la salida de casa con la plata arrugada en los bolsillos, algunas monedas, mucho abrigo por el crudo invierno. La esquina de Cabildo y Pico donde nos encontramos media hora antes de llegar a la parrilla, la esquina a la que vamos a volver después de la película.
La esquina donde empieza y termina todo. Tres amigos, una película y un invierno de bajas temperaturas.
Arriba del colectivo miramos el reloj a cada segundo pensando que el tiempo pasa más lento cuando el riesgo es mayor. La película empieza a las 22:20 hs., sólo nos quedan 10 minutos para llegar y todavía no tenemos entradas. Corremos las cuadras que separan al cine de la parada de colectivos. Nuestros abrigos se mueven por la carrera contra el tiempo. Los ojos se regodean contentos por lo que nos espera que se expresa en la felicidad de nuestros rostros.
Antes de llegar, la parada obligada en el quiosco para comprar unos caramelos enormes de uva, de esos que se te quedan pegados en los dientes como asfalto.
Llegamos a la puerta del cine, nos disponemos a sacar entradas, pero sucede lo peor: únicamente quedan dos y nosotros somos tres… “¡Y bueno, ya vamos a inventar algo!”.
Nos dan las entradas y las guardan mis dos amigos sin dudarlo demasiado, ya sea porque deciden literalmente dejarme fuera de la película o porque piensan en una manera de evadir la situación.
Se hace la hora de entrar. Dos hombres a ambos lados de la puerta pican boletos. Mis amigos pasan cada uno de un lado y del otro respectivamente, y mientas a ellos les pican las entradas yo paso muy sigiloso con mi metro cincuenta —que en aquel entonces y encima agachado debe haber representado un metro treinta como máximo— totalmente invisible. Lo más difícil ya estaba hecho.
Vemos los títulos de la película. Yo estoy sentado en una butaca cerca de mis amigos. A los cinco minutos aparece el acomodador con una linterna y una persona reclamando el lugar. Yo, sin entrada en la mano, decido correrme a una butaca menos cómoda, pero sin lugar a dudas más espaciosa: el suelo. Una vez sentado en mi nuevo lugar cruzamos miradas con mis amigos y nos reímos.
Fin de la película. Pensamos en lo malo que es El Pingüino.
Contamos las monedas y nos alcanza justo para unas fichas en el flipper de Batman (lo que en verdad vale la pena como sentido homenaje a la película que acabamos de ver).
Una de la mañana. Tomamos el colectivo para volver. El viaje es rápido. Por una de las ventanas se escurre el viento del invierno. Las luces de la calle nos ciegan con su brillo. Cabildo y Pico. Nos bajamos del colectivo y caminamos unas cuadras hasta que cada uno sigue su camino.
Aquel invierno siempre fue recordado pero las películas de Batman nunca tuvieron el mismo color.
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Batman Vuelve (Batman Returns, 1992) | Tim Burton