La película prohibida
Triple X
Por Paulo Pécora
Tardes continuadas en el cine Rialto; la Pantera Rosa, el Inspector Clouseau, Terence Hill y Bud Spencer; la corridas y los gritos desenfrenados entre las butacas, la enorme pantalla manchada de movimiento, que era tan grande tan grande que al correr hacia adelante por los pasillos parecía que podíamos meternos dentro de ella; y la versión descabellada o real de que allí mismo, durante la gran proscripción, detrás de las imágenes y sonidos que nos fascinaban, había permanecido escondido durante días el cadáver de Eva Perón.
Córdoba y Lavalleja, la frontera entre Almagro, Palermo y Villa Crespo. Películas prohibidas para menores de 13 años, Jasón y los Argonautas, la magia inigualable de Ray Harryhausen, la cabeza de víboras de Medusa y esos ojos profundos que sábado de por medio me convertían en un pequeño guerrero de piedra; o incluso, muchos años más tarde, el irónico caso del Drácula de Coppola, mis veintipico, un joven apto para tomar la comunión, confirmarse, hacer la colimba o ir a la guerra, y el boletero que no me quería dejar entrar porque no llevaba documentos.
Las tres brujas en el comienzo del Macbeth de Polanski, la arena, la playa y la niebla helada que lo cubre todo, el ritual, el conjuro, sus rostros y voces deformes dándole forma a un extraño maleficio, profetizando el futuro trágico y funesto del protagonista; el enigma, el misterio y el miedo, la perfección de la escena y, más adelante, los sueños de Macbeth, sus alucinaciones, el oráculo de las pitonisas, el miasmático brebaje que lo arroja a viajes oníricos, la ambición desaforada, el bosque que avanza hacia él, los espejos en los que se refleja y en los que sostiene, a la vez, su propio reflejo.
Los días de rata en el secundario, las escapadas a comer pizza por metro y luego al pool, a tomar helado Tucán o a perdernos una vez más, como cuando éramos niños, en las tardes continuadas del Rialto. La pérdida de la inocencia, el despertar sexual, el videoclub de mi viejo y los estrenos porno que guardaba con recelo y que yo encontraba tan fácilmente debajo de su cama, Gynger Lynn, Traci Lords, las noches de trasnoche en las que nos juntábamos con amigos a ver una comedia, una de acción, una de miedo y una condicionada; todas esas imágenes, y en todos sus géneros, tenían el aura de lo desconocido, de lo prohibido, del tabú.
Freaks, La mujer pantera, Vampyr y Nosferatu; lo monstruoso, lo fantasmal, la sombra expresionista, el claroscuro, el fuera de campo, lo deforme y el terror; todo aquello tan atractivo que nuestros mayores nos negaban y que igual lográbamos ver, buscando y rebuscando en el Parque Rivadavia o revisando interminables bateas en Mondo Macabro; lo prohibido y censurado siempre al alcance de la mano, esperando simplemente a que saliéramos a buscarlo, a olfatearlo por los rincones más inverosímiles, como aquella primera revista pornográfica que encontré por casualidad, con ojos incrédulos, escondida en el depósito abandonado del campo de un amigo.
Así y todo, nada nos parecía imposible y, cuanto más prohibido, más lo deseábamos. Como el licor Legui que tomaba a escondidas a los 8 años, mientras mi abuelo y mis padres discutían la sobremesa, o como el pequeño revólver de una sola bala con el que jugaba a los vaqueros, y que siempre encontraba a la hora de la siesta, disimulado apenas dentro de una media, entre tintas chinas y lápices, en el escritorio prohibido de la calle Pringles.
Siempre me gustó hurgar en los lugares negados por los mayores. Esperaba el momento justo para convertirme en un agente de Cipol, en un espía de Kaos o en un ladrón experto en cajas fuertes para escabullirme en las habitaciones y hallar un nuevo tesoro entre los abrigos, los zapatos, las corbatas y los suéters.
Para bien o para mal, lo prohibido, lo supuestamente inalcanzable, lo que permanecía más allá de la línea infranqueable marcada por una triple X, nos entrenaba desde niños en el uso exacerbado de la imaginación. Y de la búsqueda. Cada expresión de censura nos generaba la necesidad de encontrar una forma de eludirla. Y eso nos obligaba también a estudiar planes y pensar estrategias.
Como cuando mi viejo decretó que no se volvería a ver televisión en la casa. Colocó una ficha hembra al cable del televisor para que yo no pudiera enchufarla. Quería que me concentrara en mis estudios y buscaba ahorrar la mayor electricidad posible. Simplemente armé dos fichas macho para hacer un puente entre el televisor y el tomacorriente. Tan sencillo como eso. Y pude seguir mirando a Mazinger Z, El Chapulín Colorado o el Capital Harlock sin problemas.
Porque a pesar de todo, a pesar de los castigos y las amenazas, pese a todas las prohibiciones, las respuestas a tantos secretos y enigmas estaban allí, alrededor nuestro, esperando que las tomáramos. Sólo hacía falta deseo e imaginación para crecer y alcanzarlas.
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Jasón y los Argonautas (Jason and the Argonauts, 1963) | Don Chaffey