Aquella película contigo
True egoistic love
Por Ricardo Soto Uribe
Ella del otro lado del teléfono me contaba lo genial que le resultó una película de Wim Wenders, vieja ya, aunque algo moderna para Wenders… se trataba de Las alas del deseo, un film medianamente famoso en su época, época que correspondía a mi adolescencia o andaba por ahí. Resulta que ella no recordaba que esa película ya la había visto en el tiempo de su “fama”. Menos aún recordaba que la había visto conmigo. De modo egoísta sólo me sorprendió el olvido en el que me depositó como compañero de butaca (y de paso hijo suyo). Pero mi sorpresa no estaba condicionada sólo por un celo infantil… sino porque yo, a diferencia suya, jamás olvidaría la vez que vi Las alas del deseo y no por un recuerdo especial hacia la película, si no por el recuerdo inolvidable de mi madre en aquella misma oportunidad.
Las películas, así como cualquier otra experiencia estética y hasta psicotrópica, son difícilmente compartidas… me refiero a la experiencia en sí, la íntima, esa imposible de esclarecer en otros términos que vayan mas allá de la primaria relación entre una película en particular y un sujeto igual de único (una aclaración: descarté de entrada el referirme acá al abanico de experiencias compartidas que alberga cualquier lugar oscuro y al mismo tiempo público como el cine… la imaginación y la tradición son por lo demás elocuentes al respecto, y dicho folclore rebasa los límites de este escrito).
Claramente la presencia de otro, en la butaca del lado, con igual capacidad de emocionarse, enojarse, ser indiferente o apasionarse frente a una película nos da la oportunidad de comprobar que aquello que nos pasa interiormente también le pasa al otro. Obviamente, no es lo mismo, ni de la misma forma, pero digamos que parecido… o al menos no se escapa de unas cuantas posibilidades más o menos previsibles. Y es que nos gusta aceptar nuestro ser emocional en el conciliador y democrático término de “espectadores”. Quizás sólo estemos comprobando una vez más que no estamos solos en el mundo y que nuestros deseos, emociones, fantasías, morbos, sentimientos e irritaciones están a salvo y pueden ser compartidas y por tanto no serán arrojadas al océano terrorífico e infinito de la incomprensión, donde con desesperado e infeliz esfuerzo deben estar sobrenadando los locos y sus emociones.
Sí, nuevamente estamos a salvo, acá de vuelta, el otro conmigo y yo con el otro; sentimos de distintos modos (porque sabemos que eso distinto no lo es tanto). Pero ¿qué es lo compartido? ¿Sólo un alivio gregario que nos concilia con nuestra interioridad? No, creo que algo más simple que eso… ¿la película? En cuanto producto consumible es por cierto compartida y repartida en igual lugar, duración y precio… pero en cuanto discurso estético jamás. La experiencia estética no se comparte, de hecho, etimológicamente no hay algo que podamos com-partir como un pan a la mitad. Recuerdo apropósito un poema del chileno Mauricio Redolés, quien recita: “cuando te echo de menos / en verdad no te echo de menos / sino que me hecho de menos a mí mismo contigo haciéndome compañía”. Y concluye más seguro y redundante: “porque cuando yo te echo de menos / en verdad me echo de menos a mí mismo a tu lado / True love, egoistic love”. Como a veces en el amor, a veces en el cine, el egoísmo tiende a ser el territorio último de las verdades. Así la oscuridad de la sala que cobija a los amantes (y a los no tanto), alberga también al egoísmo estético, la oscuridad ciega, el espacio compartido, y focaliza la experiencia estética como asunto individual.
Todo esto es por Wenders y Las alas del deseo y yo en el cine con mi vieja y la señora que de repente se pone de pie en el medio de la película, sin mirar mucho alrededor y con casi una actitud militante, se da media vuelta y se pierde indignada de aburrimiento en medio de la oscuridad del pasillo central.
Al frente, en la pantalla digo “Columbo”, tomando café mientras dos ángeles lo observan en medio de una postal alemana fría y oscura (muy poco que ver con la postal actual de adolescentes hiper-desarrollados que mean birra y música electrónica en los parques del territorio unificado). Tal como esa vieja postal, ese recuerdo de mi madre yéndose de la sala del cine arte Normandie en Santiago de Chile, tiene el color gris de la película, lo recuerdo de hecho en blanco y negro, como si se tratara de una escena salida del celuloide (que raros son esos puentes que traza la realidad, la ficción y el recuerdo).
Quizás a mi vieja le sucedía una extraña sensación de molestia hacia la película, y, aparentemente, hacia el resto de los espectadores que al seguir ahí claramente sentían de modo contrario y quizás para mi vieja, eran suerte de cómplices de aquello que rechazaba. Yo nunca me he ido de la sala como rompiendo el contrato que establecí con la película una vez que me senté en la butaca, y no he visto a mi vieja hacerlo en otra oportunidad, pero sin duda había en ese rechazo algo pasional de inverso signo al llanto o la risa que parece ser la imagen del espectador común (como yo). Ella no prefirió dormirse… que, pensándolo bien, hubiese sido una decisión cómoda y hasta racional. ¡Se tomo el palo! Sin más vueltas ni caretas. Simplemente sintió la incomodidad, la frustración, ese deseo egoísta pero medularmente anclado a una experiencia que es verdadera y pasional. Ese modo sentido y fundamentalmente vivo con que sólo puedo compartir el cine con mi vieja.
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Las alas del deseo (Der Himmel über Berlin, 1987) | Wim Wenders