Mi primera película
Trust no one… malvados
Por Natalia Taccetta
En 1982, cuando se estrenó E.T. de Steven Spielberg, yo tenía cuatro años. Estoy bastante convencida de que fue la primera vez que entré en una sala de cine. Posiblemente, haya sido en un cine de la calle Lavalle, de esos que hoy estoicamente resisten, aunque muy poco les quede del brillo de otras épocas. Debo haber ido con mi mamá, pero ella no se acuerda. Tengo pocas imágenes nítidas de ese día. No sé si me habrá impactado entrar a una sala tan grande o si me habrá impresionado la oscuridad; sin embargo, tengo alguna certeza de la emoción de mi mamá por llevarme al cine y de mi deseo de estar a la altura de sus expectativas. Seguramente, haya ido provista de una importante cantidad de golosinas y galletitas sueltas compradas en el negocio de Repetto y San Martín —si hay algo que no ha cambiado desde entonces es que comprar las golosinas afuera del cine es mucho más barato, y mi mamá lo sabía—.
No volví a ver la película, ni siquiera soy muy afín al cine fantástico o la ciencia ficción, pero tengo algunos recuerdos posiblemente reconfigurados en relatos, charlas, sueños y fantasías. Tengo presente el grito de Drew Barrymore la primera vez que ve a E.T., los denodados esfuerzos de Elliott por ocultarlo a sus padres (no sé si Henry Thomas se habrá convertido en una gran estrella…), la corrida en las bicicletas, los científicos malos (no sé si recuerdo esto o están funcionando las miles de referencias intertextuales, comenzando por los X-Files y la cruzada de Mulder y Scully contra los agentes del FBI más que contra los extraterrestres). Recuerdo, además, que había una pequeña planta que, de alguna extraña forma, se conectaba vitalmente con E.T. y que todos se enteraban de la recuperación del extraterrestre cuando la plantita recobraba su fuerza y color. Pero lo que más recuerdo -y esto sí no es un invento- es lo mucho que me costó sobreponerme a la necesaria despedida. Elliott y su hermanita lloraban al ver partir a E.T., pero ¿por qué? ¿Acaso no era para el bien del extraterrestre? ¿Lloraban porque sabían que no lo verían más? ¿Era emoción solamente? ¿Es imposible ser amigo de un extraterrestre? ¿O simplemente era impensable la amistad entre diferentes? Ese era el momento en el que Elliott “aprendía” y “maduraba”, en el que debía aceptar la pérdida anteponiendo el bienestar de su amigo al suyo. Casi en un ejercicio que hoy podría llamar derridiano, Elliott comprende que no puede quedarse con su amigo para siempre y que saberlo distinto implica dejarlo ir como tal, conservándolo dentro suyo, pero en su diferencia. ¿Se trataba de un final feliz? Hoy creo que sí, pero asumo que a mi mamá le debe haber costado mucho consolarme. Supe desilusionarme con Rescatando al soldado Ryan (1998) y todavía me parece éticamente complicada La lista de Schindler (1993), pero reconozco algunas buenas intenciones de Spielberg en E.T.
“Finales felices” poco convincentes para la infancia llegarían a montones pocos años después. ¿Por qué Tom Hanks se tira al agua para vivir con una sirena en Splash (1984) de Ron Howard? ¿Cómo sobrellevar el desconsuelo infinito cuando el protagonista deja a su familia —en la superficie— para vivir un amor apasionado en el mar? Apenas lo comprendo hoy… ¿Por qué aceptar los finales felices de Disney? ¿Por qué aceptar que la madurez y el crecimiento implican derroteros terribles como los de Bambi (1942) o Dumbo (1941), repuestas en el cine Los Ángeles en los años 1980? La tradición es infinita y llega, indudablemente, hasta la pérdida del padre en El Rey león (1994) y la familia partida en dos en Buscando a Nemo (2003). ¿Educación sentimental o manipulación e ideología?
Los malvados científicos de E.T. se mezclan con los grotescos investigadores de Tobi, el niño con alas (Antonio Mercero, 1978), película de la que siempre tuve recuerdos tanto claros como perturbadores. La habrán pasado en Canal 7 varias veces durante los primeros años ochenta. Recuerdo, de hecho, que la primera vez que la dieron se cortó la luz en mi edificio poco antes del final, que recién vi en mi segundo intento. En los últimos minutos del film, todos buscan a Tobi desesperadamente para enseguida descubrir que decidió irse volando, huyendo de un mundo que no estaba preparado para él. Volví a ver esta película hace no muchos años. Me sorprendió advertir lo bien que recordaba algunas escenas (cuando Tobi finge ser un angelito tipo Cupido para orinar en una fuente), algunas frases (“Tiene unos bultitos en la espalda”, dicen cuando comienzan a crecerle las alitas) y la sensación de odio cuando comienzan a tratarlo alternativamente como un monstruo o una atracción de feria. Pero descubrí cosas nuevas: que, más allá del arraigo de Tobi a mi memoria, no era una buena película; que su realización era muy torpe; que tenía una estética kitsch bastante lamentable; y que Norma Aleandro hacía de la profesora de la escuela y Walter Vidarte era uno de los enfermeros. Hasta donde sé, Mercero no se convirtió en un gran director y de hecho Tobi, el niño con alas no se ha vuelto precisamente un film de culto. Pero esos dos momentos tan distintos en los que vi la película se unieron de una manera muy particular: de pronto, la emoción confusa de cuando Tobi deviene angelito y se va volando se vinculó de una extraña forma con la tristeza que me dio pensar en los actores argentinos exiliados durante la última dictadura. A los cuatro o cinco años no se comprende fácilmente que un niño/ángel huya de su familia para estar mejor y liberarla de sí mismo; a los treinta y pico, apenas se puede imaginar el miedo y el exilio político. Recordar mi(s) primera(s) película(s) me obligó a un ejercicio reflexivo poco frecuente y a un tipo de escritura que me es todavía más ajeno. Sin demasiada sorpresa, advierto que, de alguna manera y sin poder explicarlo bien, el significante “malvados” ha ido tomando diversas formas y se ha ido trasladando, sin solución de continuidad, de los viles científicos de las películas a los artífices del imperio para instalarse, definitivamente, en los feroces miembros de la junta militar.
//////////////////////
E.T. El extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, 1982) | Steven Spielberg