Aquella película contigo

Turista /// Ezequiel Tronconi

Aquella película contigo
Turista
Por Ezequiel Tronconi

En noviembre del 2005 fui al cine Tita Merello a ver Como un avión estrellado. La proyección era en la sala de arriba. Luego de sacar mi entrada, subí las escaleras y me senté dos minutos en una de las mesitas que había en el primer piso. Tenía muchas ganas de ver esa película. Nadar solo, del mismo director, me había gustado mucho. Entré a la sala y me senté en la anteúltima fila. Lentamente fueron bajando las luces. Empezó.

No voy a hablar de la película. Voy a hablar de algo que sucedió paralelamente. En un momento sentí, no sé cómo, que alguien me estaba mirando. Miré hacia los costados, y confirmé que así era. En la misma fila al fondo, había una señora de unos setenta años aproximadamente que me miraba fijo. Cuando la miré sonrió con cierta melancolía. Le devolví la sonrisa y volví mi atención a la película que, nuevamente como la anterior, me estaba gustando mucho. Pero la curiosidad pudo más, y cuando miré nuevamente, ella estaba una butaca más cerca. Esta vez me miró con cara impávida. Le hice un gesto, como diciendo “¿pasa algo?”, pero no hubo respuesta alguna.

Saqué de mi morral unos Sugus confitados. En la oscuridad traté de buscar uno de color amarillo. Tuve etapas en las que prefería los celestes, pero recuerdo muy bien que en ese momento mi perdición eran los amarillos. Después de disfrutar el artificial y delicioso sabor de mi Sugus, giré mi cabeza a la derecha y pude ver que tenía el rostro atónito de la señora a dos butacas de la mía. Silencio. No sabía qué hacer. Extendí mi brazo izquierdo con la caja de confites hacia la mujer. Ella miró la caja, me miró a mí, miró nuevamente la caja y se acercó al lado mío. Puso su arrugada mano para que yo le deposite uno o varios Sugus.

Le pregunté qué color prefería. Me dijo que ya no distinguía ni los colores, ni los sabores; que le daba igual. No creo que me haya dicho la verdad. Permanecimos en silencio durante unos diez minutos. Ambos miramos la película y comimos confites. No entendía qué pasaba. La señora tenía algo para decirme, eso yo lo sabía. Luego de un tiempo prudencial me dijo “gracias”. Yo simplemente sonreí.

Cuando terminó la película nos miramos. Su pelo lacio y canoso le acariciaba las orejas. Con los ojos llenos de lágrimas me abrazó. Ese abrazo delicado y fuerte a la vez, me llenó de dudas. Mientras pasaban los créditos, ella siguió abrazándome en silencio. Le pregunté si la podía ayudar en algo y me dijo que no, que yo era muy parecido a alguien que ella quiso mucho, hace mucho, y que había disfrutado tenerme cerca. Se levantó lentamente y se fue. Me quedé solo en la butaca, mirándola caminar.

Tenía una sensación extraña. No me quería ir de la sala. Quería que volviera. Quería salir corriendo a buscarla. Ninguna de las dos cosas pasó. La esperé hasta que me echaron y afuera no la vi. Salí y caminé hasta Avenida Corrientes, caminé unas cuadras hasta El Bajo. No la encontré. Luego volví hacia Diagonal Norte. El sol iluminaba el Obelisco. Pensé en los turistas. Me pensé yo de turista queriendo una fotografía ahí. “¿Por qué no tengo una fotografía con el Obelisco? ¿Por qué? ¿A todos los porteños les pasará lo mismo?” Estaba confundido, no sabía qué hacer. “¿La sigo buscando? ¿Vuelvo a casa? ¿Vos qué hubieras hecho? ¿Tenés una fotografía con el obelisco?” Yo no.

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Como un avión estrellado (2005) | Ezequiel Acuña

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