Nuestra última película
Un 6 de junio, bajo mi puerta
Por Luisa Irene Ickowicz
— ¿Vamos al cine?
— Vamos…
Javier llamó, eligió la película, el cine y el horario. A todo dije que sí. Él se había separado hacía pocos meses. Yo tampoco andaba bien. Éramos bastante parecidos en la forma de lidiar con los duelos: trabajábamos hasta agotarnos.
Soy puntual. Javier no. Yo anoto todas las citas. Javier confía en su memoria.
La película estaba por empezar. Mensajes de texto rápidos, buena síntesis y pésima sintaxis. Javier me esperaba en Caballito y yo a él, en el Abasto. No daban los tiempos para trasladarse. Decidimos que cada uno viera la película por su lado y a la salida nos encontrábamos para cenar.
El último Elvis. Recién en ese momento me acordé de que el padre de Javier era fanático de Elvis. Lindo tipo, buenos asados. La misma risa contagiosa de Javier. Las risas de Javier en la agencia de publicidad, cuando trabajábamos juntos. Las largas conversaciones por teléfono porque pasaban meses sin vernos. El verano en que nos encontramos en la playa, bajo las carpas, en medio de una tormenta. Los hijos chicos, los hijos grandes. No me esperaba su separación y él tampoco. Pero… ¿qué hace Elvis? Y ese pájaro negro en la jaula, ¿de dónde salió? ¿Por qué la nena está acostada en una camilla con la cabeza vendada? Si había que angustiarse, mejor que me angustiara y viera la película.
Llegué al restaurante y Javier me esperaba con una copa de vino servida.
Se rió y me reí.
Comida sabrosa y buen tinto.
La película lo había atrapado, y se acordó de aquella vez, en la agencia, cuando me gritó que aflojara con los proyectos, que dejara de darme contra los molinos de viento, y que yo le mezclé los lápices de colores mientras le decía con furia que no pusiera más punto final en mis titulares. De cuando mi hijo de dos años le preguntó por qué no se ve el hambre. De cuando me diseñó el programa de una obra de teatro y escribió mal mi apellido y de… Se río con ganas, se había perdido la última parte de la película.
Le conté lo mío y nos reímos juntos hasta las lágrimas. Las coordenadas, nos reímos de las coordenadas que a veces quieren cruzarse y otras no, que nos tironean a su voluntad. Brindamos por las coordenadas, porque siempre fueron bondadosas con nosotros: sí, nos han puesto en pausa, pero nunca en desencuentros.
Comida sabrosa y buen tinto.
Cada uno aportó lo suyo y fuimos armando la película. “Armando” y nos reímos con ganas. Le conté cómo conocí a Armando Bo abuelo y a Isabel Sarli.
Un 6 de junio, el encargado del edificio deslizó un sobre bajo mi puerta. Era de Javier, con un DVD de El último Elvis y una notita con letra envidiable invitándose a tomar mate en mi casa a las seis de la tarde, con la promesa de traer rica factura y ver la película, claro.
Dieciocho y diez. Enciendo el televisor. La cámara del edificio confirma mi intuición. Javier sostiene una bandeja de panadería con un envoltorio de muy buen diseño mientras habla por el portero eléctrico. Me río a carcajadas. Corro a la cocina. Por el portero, le aviso que bajo abrirle y escucho a mi vecino que le asegura enfáticamente que está confundido. Y río más cuando Javier se disculpa y muy seriamente le dice al señor que es verdad, que tiene razón, que desde hace un tiempo anda muy confundido.
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El último Elvis (2012) | Armando Bo