Connect with us

Hi, what are you looking for?

GrupoKane.net.arGrupoKane.net.ar

Mi primera película

Un barco arriba de una torta /// Raúl Manrupe

Mi primera película
Un barco arriba de una torta
Por Raúl Manrupe

El recuerdo más viejo que tengo de estar en un cine es de dos fotogramas en technicolor.

El cine fue el Rivas de Parque Patricios, ubicado a tres cuadras de mi casa y que perduró un poco más que la primera década de mi vida. Estaba en la calle Rioja, denominación después corregida a La Rioja.

Los dos fotogramas grabados: una torta decorada con un transatlántico en escala encima, especie de juguete que atrapó la atención —y quedó registrado en la memoria para siempre— del niño de tres años que era, fecha que investigué cuando me pidieron que escribiera este texto.

La otra imagen es un gag: le daban una inyección intramuscular a alguien y el grito era sustituido —por corte— por la toma de la sirena ubicada en la chimenea del transatlántico —ahora real— donde se desarrollaba toda la película. Con los años, recordando el fragmento, deduje que se trataba de una comedia inglesa de la larga serie Carry on… y así era nomás. Se trataba de Carry on cruising de 1962, que por esas habilidades de los distribuidores se llamó en la Argentina Cuidado con los camarotes (!). Me reencontré con ese título olvidado, recordándolo instantáneamente al chequear estrenos de 1963 en la revista El Heraldo del Cine.

Siguiente paso fue verla (a cuarenta y siete años de su estreno porteño) en YouTube y comprobar que las dos imágenes estaban: el barquito sobre el pastel hacia el final de la película, la inyección y la sirena, que se repetía un par de veces a lo largo del film y servía para prologar el The End. El médico de a bordo era el pinchador y el cocinero, el pinchado. Increíble. Revisándola, pude ver que se trata de una comedia con algunos equívocos, chicas lindas y marineros travestidos, todo en un crucero de lujo. No precisamente el tipo de historias cien por ciento infantil. Pero mi mamá, que fue quien me llevó, parece que eligió una comedia que también le gustaría a ella. Como dato importante, aclaro que en casa no había televisión y no la hubo hasta mis ocho años, por lo que esos años y desde muy chico fui muchas veces al cine, y en parte por eso estoy en este momento escribiendo el presente relato.

Como decía, crecí nutriéndome de todas las de Disney, comedias sueltas como la del barco en cuestión, no necesariamente norteamericanas (recuerdo el gong de la Rank y otras del cómico Norman Wisdom) y sobre todo el placer de ver crecer el logo de la Warner del fondo de los círculos concéntricos rojos de los Looney Tunes, mirar caer al Coyote en vista cenital y efecto de silbido, todo eso en las incontables sesiones de cine continuado, que daban en el Cine Novedades (desde 1971 Galería Central, en Florida y Corrientes) y un poco menos en el Real. Esas sesiones eran parte de las salidas familiares de fin de semana, con la familia nuclear completa y mi viejo de traje y corbata. Creo que hasta 1970 fue obligatoria la corbata en los cines del Centro. Estas salidas incluían merienda o cena en el Centro, paseos por Florida o Avenida de Mayo y un mix fílmico de noticieros de distintos países, cortos de Chaplin, Laurel y Hardy, Los Tres Chiflados y muchos dibujos animados, terrytoons como las Urracas Parlanchinas, el Súper Ratón (nunca me gustó), el elefante Sidney (buenísimo) o el ratón Hashimoto (en Cinemascope, como los de Mister Magoo).

Esas salidas al cine, que incluían estrenos, eran domingueras. Los días de semana pertenecían a esas incursiones preescolares en aquel cine de barrio de arquitectura egipcia, ya hace largo tiempo convertido en templo. Allí vi creo La espada en la piedra, mi largo animado preferido de Disney, con su mago Merlín y su búho Arquímedes. Reconozco que no es de las mejores, sino de un momento de transición de los Estudios, pero es mi favorita del corazón.

El recuerdo más viejo en blanco y negro es el de jugadores de básquet saltando increíblemente en El profesor distraído, la producción Disney de 1961 con Fred McMurray que dio origen a la palabra voligoma; flubber en el original que fue conservado en la remake con Robin Williams, perdiendo la traducción al castellano que sin embargo se quedó en la Argentina hasta como marca de una barra adhesiva. Creo que aquella versión de The absent minded professor la vi más de una vez y la primera vez debe haber sido en una reposición, tal vez como complemento de El profesor voligoma (Son of flubber).

Después vendrían otras de Disney “con personas”, entre las que recuerdo perfectamente —ya tenía cuatro/cinco años— Los hijos del Capitán Grant (en Once, el gran cine de la calle Pueyrredón donde desde hace décadas hay una casa de electrodomésticos), con Maurice Chevallier, y la intriga de Las hilanderas de la luna (¡Vaya título!… pero fiel al Moon Spinner original), una de esas persecuciones por paisajes europeos, en la que después comprobé que trabajaban Pola Negri y Eli Wallach (se lo volvió a ver hace poco en El escritor oculto de Polansky, viejo, muy viejo).

Haciendo honor y gloria a la famosa VOS (versión original subtitulada) que los españoles tanto valoran y que aquí es lo más normal, por supuesto que eran todos films en inglés “con cartelitos”, que la paciente y cinéfila Albita de Manrupe, madre al fin, me leía al oído en voz muy baja y con gran concisión, creando una hermosa tradición que se extendió hasta que aprendí a leer y que hoy conservo como una caricia más de aquellos tiempos.

//////////////////////

Cuidado con los camarotes (Carry on cruising, 1962) | Gerald Thomas y Ralph Thomas

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tal vez también puedas leer.