A la salida del cine
Un carozo de cereza
Por Pablo Acosta Larroca
A Ella (…)
Me duermo al (en)sueño pasado
mirada en los ojos
que brillan, sin más.
Dulce el sabor que me abrasa sintiendo que todo pasó más acá.
Me acuesto.
Sentidos los pies que me hamacan, el fuego en la panza.
Me estiro, me corro, me duermo, e igual;
encuentro tus ojos. Final.
[mereces lo que sueñas]
La noche había sido demasiado bella, como la noche anterior con la antesala del primer encuentro con la arena, la brisa suave, y el mar de testigos. Tan perfecta que de madrugada y con los cuerpos entrelazados él sostuvo el carozo de la cereza descartado de la boca de ella con una naturalidad que solo otorga la confianza de años. Él lo apoyó en la mesa de luz y al reparar ambos en lo que había acontecido no pudieron más que echarse a reír a carcajadas, porque ese acto mínimo portaba ya un inmenso amor, proveniente de más de una existencia juntos. —Te conozco desde hace mucho —dijo ella y se besaron. ¡Ahhh! ¡Uf! ¡Ay! ¡Sí, se besaron! Perdieron la cuenta de todo lo que sentidamente hablaron y al llegar la mañana, luego de más vueltas que idas, comprendieron que había llegado el momento.
Cruzaron la avenida naturalmente de la mano, con ese encastre como de toda la vida. Él paró el taxi, guardó el equipaje, y antes de partir se hundió en su abrazo, perdiéndose entre el latir de su pecho y su cabellera perfumada. Un beso suave y profundo, las manos que estiran su desconsuelo al no querer desprenderse y un paso atinado para seguir viaje en cuenta regresiva, con los minutos contados. En el taxi él solo podía olerse las manos que aún conservaban su aroma, igual y absolutamente diferente al que ella olía en su pañuelo, pero a la misma distancia.
Ni bien llegó a la estación terminal comprendió lo que enseguida le confirmarían. —Hace cinco minutos que salió —dijo la mujer detrás del vidrio de la ventanilla de la boletería—. Pero lejos de angustiarse sintió que una sensación de liberación lo atravesaba por completo, de verdadero deseo cumplido porque irremediablemente prolongaría el encuentro. Entonces, sin perder tiempo, se comunicó con ella.
—Perdí el micro—
—Nooo, ¿de verdad?—
—Sí—
—No podría decir que me pone triste… ¿y qué hago?—
Se encontraron en la misma avenida que cuarenta y cuatro minutos antes los había visto despedirse. Ella descansaba sobre la valla mirando una maratón que ahora se disponía allí mientras sostenía la bolsa con cerezas. Él se acercó cautelosamente por su retaguardia y rodeándola con su brazo se encontró con sus ojos y la besó profundamente. Una sonrisa sin en principio e inmediatamente con dientes se le dibujó a ella en su rostro que se marcaba de hoyuelos y cavidades lunares.
Caminaron muy juntos y a paso moderado, porque en estos casos lo importante es el itinerario recorrido. Él le mostró una calle única al costado de la catedral y notó por cómo lo miraba que comprendía intuitivamente el significado de esa locación increíble. —Inteligencia emocional —dijo él para sí y sintió que el deseo de encontrarse con esa chica de ayer, como ritual repetido junto a su amigo que profesaba todos los años frente a ese templo, ahora se hacía realidad.
Llegaron a un bar buscando resguardo del viento y para calmar un poco su hambre. Pasaron largas horas recortándose del universo, porque en estos casos lo importante es que el tren siga por sus vías de palabras directo a los ojos. A ella le daba un poco de vergüenza, pero como ninguno quería que el viaje termine, siguieron. Y recordaron su primer encuentro y salida del cine. Ella llega tarde y se instala en la segunda fila. Él ubicado en la cuarta fila decide no advertirle y así disfrutarla contemplando sus reacciones. Su pelo recogido dejando su cuello desnudo es una impresión que aun hoy a él le sigue quitando el aire. Al finalizar él se queda conmocionado por la imagen de ese último plano en el que en la estación de tren Veronika llora por su fallecido Boris mientras regala a la multitud sus flores blancas. Y al volver en sí ella ya ha salido de la sala, pero se queda tranquilo porque sabe que va a reencontrarla. Y prosiguieron y recordaron su segundo encuentro y salida del cine. El cansancio producto de la noche anterior compartida solo alimenta su deseo de enredarse ahí mismo, pero como es un lugar prohibido se contentan con el roce de sus manos a la excusa de cada mate y de sus piernas que se flanquean y definen el pulso corporal. Su perfil recortado entre frente, ojos, nariz y boca es una impresión que aun hoy a ella le sigue quitando el aire. Al finalizar ella baja las escaleras rápidamente para llegar a su función pegada y él la mira alejarse, sin saber aún que a la hora de la siesta sus cuerpos volverán a encontrarse en el 1401.
Salieron luego al exterior nublado que los cobijaba y en la esquina del boulevard de la diagonal él bajó a la calle y detuvo a ella en el cordón, y justo allí, a la sombra de un gran plátano se besaron como por primera vez, como si ella cargara con 6 y el con 13. Y un banco de plaza los contuvo entre caricias y declaraciones de amor, que incluyó el deseo de ella de convertirse en su novia y la confesión de él de haberla espiado en el reflejo de la pantalla de la computadora cuando revisaba su cortometraje. Y entonces, como cuando niños, decidieron darse cita en el mejor refugio para profesar el amor, en una sala de cine. Y así tuvieron su tercer encuentro y salida del cine.
Arribaron al “Cinema”, ingresaron en la oscuridad y escalaron hasta la última fila en la empinada sala. Él nunca pasaba la quinta fila desde la pantalla y a ella la había visto en la segunda por primera vez. Pero esta vez existía un mutuo acuerdo, aunque no declarado de antemano. Y allí juntos, como dos chicos, se entregaron a la calma tierna de sus brazos, y juntos vivieron en el sueño sin dormir, adormecidos y encantados, el tiempo y el espacio del hechizo donde nada se agota y nada se quiere, colmados los deseos todos. Explosión en el pecho, respiración entrecortada, exaltación de los sentidos, piel suave, pelos erizados, calor orgásmico, ojos profundos, besos que matan, el cuerpo con el alma en orsai. Vislumbrar cine y humedad, sumergidos en la pantalla.
La película poco importaba, pero cuando ambos lograron desprenderse por un instante vieron sobre la tela la imagen de un niño y una niña pequeños caminando juntos por la montaña nevada. Cómplices en su mirada y sin decir palabra comprendieron que esa era la imagen de su primera vez. Comieron entonces casi las últimas cerezas de la bolsa y se despidieron con un beso con gusto a lo nunca antes experimentado. Las manos nuevamente dilataron su agonía al no querer soltarse y él caminó escaleras abajo notando que ella lo amaba a su contraluz.
A la salida del cine él comió la última cereza y miró por un instante el carozo que habitada en su interior. Comprendió entonces que jamás podría salir de aquella sala en la que todo había comenzado como lo soñó. Vivenciar ese momento a la salida del cine es el mayor deseo de una butaca.
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Belle et Sébastien (2013) | Nicolas Vanier

























