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La película prohibida

Un sinfín de pesadillas /// Florencia Gasparini Rey

La película prohibida
Un sinfín de pesadillas
Por Florencia Gasparini Rey

Era una noche helada. O al menos así la evoco yo, si es que realmente existe algún recuerdo fidedigno de esa noche en mi mente o todo es producto de mi imaginación perturbada. Memoria.

No recuerdo tampoco que edad tenía en ese entonces, por eso a medida que avanzo sobre este relato dudo cada vez más de su veracidad. Pienso también que la razón de tanta confusión es que quizás no tenía más de tres años y, acorde a ciertos científicos, es muy poco probable conservar recuerdos lúcidos de eventos sucedidos antes de los cuatro.

Estaba enferma. Una angina o gripe, esas afecciones tan comunes en la infancia cuando somos vulnerables al primer frío del invierno. Tengo la sensación de que era de madrugada, pero sé que eso es otra construcción más de mi imaginación. De lo único que estoy segura es que estaba padeciendo una altísima fiebre. Y ese factor tal vez sea el quid de la cuestión. O no.

A decir verdad, para simplificar esta historia, las pocas veces que la he contado me limite a justificarme diciendo que fue toda una alucinación causada por la elevada temperatura de mi sangre. Pero en aquel momento, fue una pesadilla.

Estaba en la cama de mis padres y una de las partes más desesperantes de esta historia es justamente no tener idea de dónde estaban ellos. Sé que estaban en la casa, y que estaban preocupados por mí, pero en esa nebulosa de imágenes agolpadas en mi memoria no los puedo encontrar. A mi lado, sentado sobre la cama, estaba mi primo, que no debería tener más de nueve o diez años. Esa es otra de las pocas certezas que conservo.

Supongo que la intención de éste —y de mis padres, quienes muy probablemente lo habían invitado a venir— era intentar paliar mi malestar con su compañía. Y para eso había traído una película. Un VHS alquilado de camino a casa. No sé en qué momento empezó a correr la cinta en la videocasetera. No recuerdo cuando empezó la película, ni siquiera puedo visualizar en mi memoria la pantalla del televisor. Simplemente me encuentro a mí misma inmersa en medio de ese universo fantásticamente terrorífico. De repente ya no había nadie más, ya no estaba en mi casa, ya no conocía a nadie… Me cuesta encontrar las palabras para reconstruir un relato tan complejo y más aún, para describir el miedo y la angustia que me generaron esas imágenes. Recuerdo algún castillo, paisajes casi oníricos que al día de hoy sigo sin distinguir si realmente los vi en la pantalla o los elaboró mi imaginación. Y un niño perdido, que no sé si era el protagonista del film o la proyección de mí misma abismada en esa tierra desconocida, completamente sola y desprotegida.

Esta es probablemente la película más aterradora que vi en mi vida. Tanto que confieso no haberla vuelto a ver jamás y ni siquiera saber el argumento, a pesar de ser considerada por muchos como un clásico de nuestra generación. No sé más nada de la película ni lo quiero saber, porque verla aquella noche fue una de las experiencias más traumáticas de mi niñez, sin ánimos de exagerar.

¿Acaso realmente vi una película o todo aquello que creo recordar es la figuración del dolor más vívida que pueda haber transitado? ¿Como se explica el sufrimiento, más aún a tan temprana edad cuando todo lo que se siente es nuevo? Creo que la necesidad de la psiquis de darle forma y razón a todo lo que vivimos es lo que motivo a mi joven y desprevenida imaginación a construir semejante aventura.

Sin embargo, sé que hubo una película, recuerdo el nombre, la música… y a veces me siento tentada a verla, necesito vencer ese miedo infantil y descubrir esa historia mágica y maravillosa de la que muchos de mis pares hablan con tanta devoción y reconocen como una de las películas que los acompañaron en su crecimiento. Es una paradoja que para mí sea todo lo contrario. Una experiencia en la que realidad y ficción se fundieron generando figuras horrorosas, como las que aparecen cuando una perfecta estatua de cera se derrite al fuego y sus delicados rasgos se vuelven pliegues y cuencas oscuras y deformes; donde los paisajes nebulosos y claros que recuerdo, lejos de remitirme al paraíso, me llevan a un lugar desconocido en el que me siento a la deriva, vulnerable y muy lejos de casa y de mis padres.

A esta altura no creo saber si estaba en la cama, si era de noche y si hacía frío como pensé al principio y no quiero ni esforzarme en recordarlo. Así como no sé cuándo empezó, tampoco puedo precisar cuándo ni cómo terminó ni que pasó conmigo después de verla. Tal vez nunca vi nada, tal vez lo soñé.

Cuento esta historia y no puedo evitar avergonzarme de mí misma; una mujer que todavía no se anima a enfrentarse con ese fantasma de la niñez. Creo que yo misma me reiría si alguien me contara una historia así. Pero es una parte de mí, y a veces hasta tengo miedo de descubrir que detrás de esa fantasía pesadillezca podría haber algo peor. Otras veces, por el contrario, se me ocurre pensar que si tomo coraje para resolverla hasta podría encontrar la solución a algún conflicto existencial. La mayoría del tiempo simplemente pienso que es algo sin importancia, y que nada va a ser mejor ni peor si sigo mi vida sin ver esa película.

Sólo me queda una certeza: que detrás del rostro sereno de esa especie de perro volador, o nube de pelos, que muchos de mis pares quisieran tener de mascota, hay algo siniestro que sólo yo sé y que para mí siempre será mi propia historia sin fin.

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La historia sin fin (The NeverEnding Story, 1984) | Wolfgang Petersen

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