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Mi primera película

Una de convois /// José Martínez Suárez

Mi primera película
Una de convois
Por José Martínez Suárez

Puede haber sido en 1930, 1931, aunque es posible —muy posible insisto— que antes hubiera visto otras películas, pues mi madre era cinéfila y me llevaba al cine todos los sábados y domingos, únicos días de función en la semana.

Se llamaba Entre los platos del día y era un western, aunque en mi pueblo a este tipo de películas los chicos le llamábamos “una de convois”. Era una de esas que duraban dos actos, blanco y negro, claro, y provista con un sonido deficiente que no nos incomodaba pues leíamos los carteles. Transcurría en el oeste norteamericano y se trataba de un vaquero que estaba enamorado de una empleada en una taberna de un pueblo ruinoso.

En la noche, a la luz de una fogata en el desierto, “el muchacho” (también así se le llamaba siempre al protagonista) hablaba de ella con sus compañeros y de cómo había desaparecido de su vida al haber cambiado de trabajo. Y entonces, surge la motivación central de la película, cuando uno de los camaradas le dice:

—La vas a encontrar entre los platos del día.

A lo que “el muchacho” responde:

—¡Pero si los platos aquí los lavamos nosotros…!

Y el amigo le aclara:

—Cada vez que lleguemos a un pueblo, te tienes que asomar a la cocina y ver quién lava los platos en la taberna.

Y, ¡oh sorpresa! Al primer pueblo que llegan arreando ganado van a comer, él se mete en la cocina y en un fregadero ve a la muchacha que buscaba… ¡lavando los platos! Entonces se le acerca, conversan, y cuando se van a besar (¡eran rápidos los convois!) mira a la cámara, ve que los estamos mirando, espiando, y pone su sombrero cubriendo la imagen (lugar común, que otras veces era sustituido por la variante del caballo que pasaba frente a cámara y ocultaba la acción).

El cine se llamaba “Cine Dante” y pertenecía a la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos; quedaba en la calle General López al 500 de mi pueblo, Villa Cañás, Departamento General López (el más al sur, formando el límite con la provincia de Buenos Aires, el que forma los “pies” de la bota de la provincia de Santa Fé). Calculo bien el número, pues nosotros vivíamos enfrente y la casa tenía —y tiene aún— el Nº 571. El empresario se llamaba don Humberto Bianchi.

Recuerdo que los chicos íbamos a un álamo —que sigue en la entrada del pueblo hasta el día de hoy— a esperar ilusionados la chata que llegaba con las películas. Entonces, hacíamos que ayudábamos a subir el material por una escalera empinada hasta la cabina.

La sala tenía una puerta que daba al oeste y que conducía al patio de los baños. Cuando en medio de la proyección alguno de los asistentes tenía una urgencia, abría la puerta y el sol caía exactamente justo en línea recta con la puerta, inundando de claridad la sala, rompiendo la magia. Era entonces cuando chicos (sentados en las primeras filas) y grandes (sentados del medio de la platea hacia atrás) prorrumpían en gritos: “¡Andá a pishar a tu casa! ¡Aguantá las ganas!” Y otras frases similares. Realmente entonces, el que se decidía a abrir la puerta, ¡era porque no tenía otra opción!

Hoy la sala está concesionada por noventa y nueve años a cargo de la Municipalidad; se llama “Sala de Cultura”. En ella se realizan representaciones teatrales, toca alguna orquesta zonal, se presentan festivales de los colegios de la zona, y cuatro o cinco veces al año se exhibe una película en DVD.

Y claro, los baños ya no están tampoco, pero la puerta sigue en el mismo lugar, intacta, como un portal abierto a mis tiempos de infante, plagados de recuerdos lejanos y hermosos momentos como este.

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