Mi primera película
Una fantasmagoría infantil
Por Román Gubern
Verdaderamente no sabría decir con exactitud cuál fue mi primera película y suscribo la impresión borrosa de Buñuel en sus memorias, cuando evoca la imagen de un cerdo en un dibujo animado cuando tenía ocho años. Yo fui más precoz que él, pues entré por vez primera en una sala de cine cuando tenía cuatro, en la ciudad de San Sebastián.
La Guerra Civil había empujado a mi familia en septiembre de 1936 al exilio en Francia. En 1938 regresamos a España por el territorio vasco, hacia San Sebastián, ocupado por las tropas de Franco. Y allí me llevó un día mi familia a ver una sesión de dibujos animados, que percibí como formas móviles caóticas y que no entendí en absoluto.
Recuerdo en cambio que al final de la sesión se proyectó sobre la pantalla una imagen en color del llamado Caudillo de España, vestido de uniforme militar y con banderas flameando detrás suyo, mientras sonaban los acordes del himno español o el himno falangista, no recuerdo cuál de ellos. Todo el público, puesto en pie, alzó su brazo derecho extendido, para formar el saludo fascista, hasta que acabó el himno.
Esto, que pertenecía al mundo real, lo recuerdo muy bien, mientras que las formas confusas de la pantalla (¿salían tal vez las imágenes de un pato o un cerdo?) me causaron estupor y malestar. Por eso sigo pensando que el espectáculo cinematográfico constituye una fantasmagoría.