Mi primera película
Una luz en la pared
Por Juan Sasiaín
Cuando era chico me gustaba festejar mi cumpleaños en casa. Si era de varones nos íbamos al parque Chacabuco a jugar a la pelota. Si era mixto, mi tía Ana nos hacía algunos juegos. En un momento de la fiesta mi papá aparecía con un proyector Super 8 entre sus brazos y con mi ayuda, proyectábamos una película en la pared del living, siempre la misma: Sandokán. Enhebrábamos la cinta, encendíamos el motor, mi mamá apagaba la luz y de pronto… cla, cla, cla, cla, un rectángulo de luz blanca proyectado en la pared de living, con la promesa de algo fabuloso, un sueño, una ilusión, un viaje… el barco de Sandokán navegando en las aguas de mi living. Cine en casa. La ficción, la ilusión del viaje a otro mundo entremezclándose con mi cotidiano, con la pared de mi hogar. Magia. Cine.
Recuerdo una escena (al menos mi cerebro que recuerda e imagina, deforma y crea, jura y recontrajura que tan sólo recuerda, nada inventa, quién sabe, yo no sé si creerle, poco importa, ahí va la escena): Sandokán llega a una isla aparentemente desierta. Descubre en una caverna a un centenar de esclavos encadenados, presos. Sandokán rompe las cadenas y abre las pesadas puertas para que los esclavos de todas partes del mundo puedan salir. Pero ellos, muertos de miedo, no se animan a esbozar el menor gesto, no se atreven ni a mirarlo a los ojos. No entienden la lengua en la que Sandokán les habla. El primero de abordo, un hombre negro, pelado y forzudo, se acerca a Sandokán con la duda en su aliento: “¿Cómo les hacemos entender que ya pueden irse?” Sadokán lo mira a los ojos, desafiante. En sus pupilas se adivina un pasado insoportable, un presente ganado a la fuerza. Toma una antorcha y mientras asciende a una roca lo despabila: “Hay una palabra… que se entiende en todas las lenguas”. Sandokán alza su antorcha en la cima de la roca, toma aire con fuerzas y su garganta se desangra en un grito: “¡Libres! ¡Libres! ¡Libres!” Un centenar de esclavos desnutridos, desesperanzados, de todas las edades y razas, abandonan sus ojos de miedo y corren con la fuerza del grito en sus piernas. Corren y gritan, respiran y corren, fuera de la caverna, hacia el horizonte, hacia la vida, libres. Sandokán se aleja en su barco con la promesa de una nueva aventura, un nuevo viaje.
Tres letras blancas en la imagen provocan el aplauso de todos mis amigos: “Fin”. Un rectángulo de luz blanca en la pared, cla, cla, cla, cla… el carrete de la cinta gira sin pausa como queriendo sumarse a los aplausos. Yo lo miro a los ojos a mi padre y deseoso de que la fantasía vuelva a casa, pronuncio las únicas palabras mágicas que sé que funcionan: “¡otra vez!”. Pero no. Hay que esperar hasta la próxima proyección, hasta el próximo cumpleaños.
Ya no tengo esa película, tampoco tengo a mi padre… pero tengo el proyector. A veces juego con mi sobrino Pipe a que somos proyectoristas. Lo enchufamos en el living de mi casa. Él me ayuda. Cargamos la única cinta que tenemos: El libro de la selva. Encendemos el motor, apagamos la luz y cla, cla, cla, cla… un rectángulo de luz blanca se proyecta en la pared de mi living con la promesa de un sueño, con la ilusión de un viaje. Ficción. Magia. Cine.
Cuando la cinta termina, cla, cla, cla, cla… Pipe me mira a los ojos, sonríe travieso, y el rito se hace presente en mi cuerpo y en el aire, mientras pronuncia las palabras mágicas que aprendió sólo y que sabe que funcionan: “¡Otra vez!”.
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Sandokán (Sandokan, Miniserie de TV, 1976) | Sergio Sollima