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La película prohibida

Una pared estalla en mil pedazos /// Alejandro Seba

La película prohibida
Una pared estalla en mil pedazos
Por Alejandro Seba

Mil nueve ochenta y dos aparece resaltado en el flashback de mi vida.

Una inesperada y absurda guerra —¿hay guerras que no sean absurdas? — había pasado fugazmente por nuestro país. Los noticieros y diarios que creíamos sinónimo de verdad nos contaban que íbamos ganando, pero un día nos enteramos que habíamos perdido. Con los años nos dimos cuenta que en las guerras siempre se pierde, aunque esta guerra traía encubierta cierta victoria: con su conclusión se daba inicio al final de la etapa más oscura de nuestro país. Lentamente nos acercábamos a la democracia y esta disputa bélica había sido una de las más profundas grietas que habían acelerado su advenimiento.

En el ochenta y dos ya hacía algunos años que mi viaje personal por la música había producido un desembarco seguro en el mundo Pink Floyd: cuando aún no había cumplido diez años el universo había puesto en mis manos una rara compilación de sus dos primeros discos, llamada “Un agradable par”. Probablemente, lo que más me haya atraído fuera una de las extrañas fotografías de su tapa en donde se veía una mujer con sus senos al descubierto. Sin embargo, el tiempo hizo que esa música se me tatuara en el alma.

En el setenta y nueve, la banda de mi vida edita “The Wall” y varios meses más tarde, el vinilo gira en mi bandeja, dándole vida a las ilustraciones que intentaban salirse de la pared, en el arte interior de tapa. Obra magnifica a cargo de Gerald Scarfe.

Pero no es sino hasta fines de este congestionado mil nueve ochenta y dos que se estrena en nuestro país la película de Alan Parker. El muro cobraba otra dimensión, pero con mis quince años de edad se haría difícil acceder, ya que la censura no sólo le había quitado partes, sino que la había… “Prohibido para menores de 18 años”.

Con mis compañeros del Industrial de San Isidro nos vestimos elegantemente y yo me corté el pelo como si estuviese haciendo el servicio militar. Nos dirigimos al cine Astros, en Martínez, y encaramos hacia la boletería. Nos vendieron la entrada y no nos pidieron documentos. Sólo faltaba atravesar al señor parado en la puerta de ingreso a la sala. La consigna era ir hablando de otra cosa y no prestarle atención. Pero por dentro, mi corazón latía de manera acelerada. Arrancó el talón de la entrada y pasé detrás de dos compañeros que ya lo habían logrado. No quise mirar hacia atrás pare ver si alguno había sido atrapado. Cuando el acomodador nos guió hacia la butaca, estábamos todos.

The Wall fue uno de los hitos más significativos de mi vida adolescente. Las imágenes de guerra, la represión hacia los jóvenes, el lugar de la educación no eran exactamente lo que yo vivía a diario, pero ese clima de pesadumbre se asociaba mucho a ese plomizo entorno al cual nos sometía la dictadura militar argentina. Mi conciencia se ensanchaba y me obligaba a cuestionar el modo de vida impuesto que algunos gobiernos prefieren. Tampoco me podía identificar con los lujos obscenos de un rockstar, mezclados con el vacío existencial y las drogas, sin embargo, la mirada crítica sobre esos temas me ayudó a definir cierta postura sobre la formación de seres serviles a la sociedad de consumo, o la educación tradicional como espacio-depósito para la aniquilación de la fantasía y la creatividad individual. Los tópicos que me identificaban me impulsaban a demoler paredes y revelarme de algún modo.

Sobre todas las cosas, la película le daba sentido a esas letras que yo tarareaba por fonética, pero que no entendía exactamente a que se referían. Una vez que merodeé por el mundo que Roger Waters había edificado, me convertí en una especie de predicador y me ofrecía como acompañante de cada amigo o novia que no hubiese atravesado la experiencia. Por aquella época era extraño e imperdonable que alguien no la hubiese visto. Además, sumar visionados otorgaba un aparente prestigio. “¿Cuántas veces viste The Wall?”, era la pregunta lógica y aún cuando ya había bajado de cartel, existía un templo en donde la ceremonia religiosa seguía convocando acólitos. En Lavalle 921 estaba el cine Select Lavalle y allí había misa en las trasnoches del fin de semana. La proyección era un evento mayor aún que ver una película. Puedo asegurar que la pantalla se divisaba a través de una espesa nube de humo y en mi imaginario me parece oler el dulzón perfume de la marihuana, pero no podría asegurar que tales prácticas fuesen consentidas en ese espacio. La platea coreaba, zapateaba, palmeaba y comentaba las diversas escenas del film, con lo cual la banda de sonido se construía de manera diferente en cada función a la que asistía.

Hasta donde mi memoria me asiste, creo haber visto The Wall unas dieciocho veces en una sala de cine. El VHS terminó con ese conteo y posiblemente colaboró para que cines como el Select cerrasen a fines de los noventa. Las grandes cadenas de cine y su oferta de adicionales como el sonido envolvente, multipantallas más luminosas y comida rápida en su interior, ahogaron a salas como el Astros de Martínez, que peleó hasta el dos mil diez. Más tarde los formatos digitales y la descarga compulsiva desde Internet se cargaron a los últimos cines de barrio, contribuyendo a la proliferación de algunas de las plagas de estas décadas: iglesias evangélicas, hiperfarmacias en cadena, ferias de baratijas chinas, bingos o locales ‘non sanctos’.

La aparición de The Wall en Alta Definición con Dolby Digital o DTS fueron excusas para organizar diferentes eventos que ayudaran a recrear aquella primera vez. Cada tanto, mi mente se dispara y autoproyecta algunas imágenes de mi adolescencia y en esos míticos instantes mi alma anhela la vuelta a la pantalla grande de una copia restaurada y con el sonido remasterizado. Quizás la comunión entre las personas que se vinculan a través de redes sociales vuelva a surgir, quizás sólo sea una rareza que haya que presenciar, lo cierto es que el desafío a lo prohibido ya no tendrá lugar, pero mi cuerpo seguramente se estremecerá con los acordes de “In the flesh” mientras la muchedumbre de jóvenes empuja los pesados portones, hasta romper las cadenas. Una voz me dirá: “¿No es esto lo que esperabas ver? ¿No es la vida toda la alegría y felicidad que tu pensaste que debía ser?” y ya no tendrá el mismo efecto que a mis quince años…

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Pink Floyd: The Wall (1982) | Alan Parker

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