Mi primera película

Una sala improvisada en el conurbano bonaerense /// Andrés «Lolo» Llamosas

Mi primera película
Una sala improvisada en el conurbano bonaerense
Por Andrés «Lolo» Llamosas

Las calles del barrio de mi infancia estaban siempre copadas por pibitos, una banda de pibitos en movimiento permanente, incansables. Jugar a la pelota, armar carreras, pescar ranas en las zanjas, boludear en los baldíos, inventar cosas delirantes tales como sacapuntas a motor (desaguazábamos los Scalectrix), cañas de pescar con lucecitas en los anzuelos, robotitos con transistores de T.V., etcétera. Habíamos inventado un juego alucinante, que consistía en arrancar de raíz unas cañas que crecían en un baldío cercano, para después cruzarlas como espadas en el aire en medio de batallas campales, llevándolas hasta al límite de su resistencia. Salía vencedor aquel que hubiera logrado mantener la caña intacta por más tiempo. Hubo una caña, la caña de Javier Cilo, que llegó a soportar tres días de aporreo ininterrumpido sin astillarse.

Uno de mis mejores amigos se llamaba Pablito Ruizi. Su familia siempre daba la nota de color con ridiculeces que muchos años después pude evocar con ironía. Resultó que un día compraron una videocasetera. Y como en el barrio ninguna otra familia contaba con esa tecnología, no tuvieron mejor idea que cobrarnos entrada a los pibitos para que pudiéramos ver las películas que ellos alquilaban. Recuerdo que el ambiente en donde estaba instalado el equipo siempre tenía olor a agua estancada. Hubo tardes en que éramos tantos los desesperados por mirar una película, que terminábamos haciendo cola en la vereda para entrar por tandas. Si alguno de nosotros no contaba con las monedas suficientes para pagar la entrada, se quedada afuera, mirando nadar a los renacuajos.

Una tarde de verano, con la idea de festejar la adquisición de una bicicleta Olmo azul y blanca, la madre de Pablito Ruizi nos reunió a todos los pibes para contarnos que su hijo tenía pensado hacer una entrada triunfal al barrio y que tenía ganas de que nosotros estuviéramos ahí, recibiéndolo con aplausos. A lo largo de la cuadra Bouchard, 100 metros de fabricones grises que se prolongaban hasta la avenida, mis amigos y yo nos apostamos a la espera de la aparición a puro pedal de Pablito, que no tardó en asomarse.

Detrás de Pablito venía el padre, fabricándole una caravana de bocinazos. Sucedió que todos nos pusimos a correr junto a Pablito y su bicicleta, no sé bien por qué, pero de golpe la tarde se transformó en una fiesta, los Ruizi habían armado todo muy bien. En consonancia con el desarrollo de la puesta en escena, después nos ofrecieron entradas para ir a ver a su casa Los bicivoladores. Entradas que por supuesto tuvimos que pagar.

La cuestión es que esa película me excitó tremendamente, me fui de la casa de los Ruizi, con ganas de volar con mi bicicleta por encima de los árboles, a toda velocidad, libre como el viento, atravesando el aire a patadas.

Las imágenes que más recuerdo son las de la rueda de bicicleta girando en cada una de las piruetas, el sol reflejándose en los rayos de aluminio, y claro, a la chica de la película, Nicole Kidman, que se parece a mi mujer.

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Los bicivoladores (BMX Bandits, 1983) | Brian Trenchard-Smith

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