Aquella película contigo
Una tarde en el cine con R
Por Raúl Manrupe
Ese día tomé el 5 y llegué al cine Alfil, de Corrientes y Callao. Era por la tarde temprano, no recuerdo si en la primera o segunda sección, creo que un día de vacaciones. El Alfil era un gran cine. Las manijas de las puertas tenían alfiles de ajedrez incrustados, o algo así. Nunca había ido a ver ninguna película a esa gran sala. Sí me acordaba entonces y ahora, que cuando se estrenó Yeah, Yeah, Yeah, Paul, John, George y Ringo, que es como se llamó por aquí A Hard Day´s Night de Richard Lester, habían pegado en las puertas de vidrio cabezas de papel afiche con las caras de los “Cuatro de Liverpool”. Beatlemanía.
Casi diez años después, haciendo la cola para la boletería, me disponía a conocerlo por dentro. Saqué la entrada, pasé, y me senté a un costado, en silencio. Me impresionó el telón que cubría la pantalla. El cine estaba lleno de chicos, que gritaban, pedían cosas a sus madres y tardaron en apaciguarse, ya que el estreno en cuestión se trataba de Mil Intentos y un Invento, la Película de Anteojito y Antifaz: después de media década de empecinamiento, prueba y error, Manuel García Ferré había logrado terminarla, invirtiendo parte de las ganancias que le habían rendido sus emprendimientos editoriales y merchandising, a partir del éxito sensacional de sus personajes. Estreno. Y de un largo animado, algo totalmente insólito por esos años. Ni se me ocurría imaginar que alguna vez escribiría un libro sobre el tema. Por ese entonces, me sentía más cerca de ser dibujante profesional. Pero sentado ahí no pensaba en eso. Había ido al cine, como tantas veces, antes y después, dispuesto a disfrutar de la magia.
El telón se corrió, se apagaron las luces y comenzó, con la vista aérea de una ciudad que no era la Villa Trompeta de las historietas del tío y el sobrino, sino otra que incluía el barrio de la Boca y coincidía con Buenos Aires (mucho después, Mercano el marciano se acercó de una manera similar a la ciudad en el comienzo de su largo, cuando ya era frecuente ver animación argentina en el cine).
Pero la magia no duró lo que esperaba. Para ser sincero, diría que lo que siguió fue una gran decepción: García Ferré había recibido una inyección de trascendencia disneyana al punto de modificar los dibujos de sus personajes para hacerlos más humanos y menos dibujo, sumando otros como un buzón viviente y un gato bobo con mucho de Larguirucho que me parecieron absurdos. El resultado no me convenció, con esa historia moralista, falta de humor, ñoña, que poco tenía que ver con la frescura que había hecho de A y A un éxito inédito en la historia del dibujo animado argentino. Visto a la distancia, me doy cuenta de que yo estaba comparando el resultado y estilo del largo, oponiéndolo a aquel otro que yo había visto nacer, mucho más dinámico, sintético, audaz y despreocupado; estaba cotejando lo que había sido con lo que era. De aquellos monos muy a la usanza de personajes de la UPA o los Terrytoons de principios de los sesenta, creados para la pequeña pantalla blanco y negro y muy influenciados por el diseño gráfico y la publicidad de aquel momento, se había pasado al cine: pantalla grande, color, sonido, canciones, una hora y pico a proyectar y salas que llenar. Se había pasado a otra etapa, más seria, en la que Anteojito se ponía los pantalones largos —virtualmente— y se tapaba sus seis pelos con vergüenza y una gorra. Años después le crecería una melenita flequilluda, con mucho de peluquín, pero esa es materia que prefiero pasar por alto, ya que no me afecta ni me afectó ni de lejos, si hablamos de coordenadas espacio-temporales.
Con los años y otra mirada, ya de cuatro ojos, aprecié los fondos ilustrados por Hugo Cses —como la vista aérea de la ciudad—, las canciones de letra para nada desechable en la voz de Marion Tiffemberg (la voz de Anteojito) y algunos números rescatables, a pesar de lugares comunes como huérfanos que cantaban, la nieve que refería a antiguos cuentos de Andersen o la parábola del exitoso que se olvida de sus orígenes, en un marco general de sentimentalismo. Pero aquel día me pasó algo que pocas veces me ha sucedido en el cine: me aburrí. Ni una risa, ni un momento de disfrute.
Los más chicos gritaban, saltaban y alguno, como siempre, corría por el pasillo en la oscuridad. Yo estaba ahí, de más, viviendo una experiencia llena de vacío, amargura y frustración, con mucho de choque con la realidad.
Hasta allí había tenido muchos encuentros con Anteojito: había visto los cortos de publicidad convoyada en la tele de mi madrina o la vecina de al lado, me habían comprado el número 1 de la revista, una vecina me prestaba los números viejos que su nieto ya había leído, había experimentado una de las mejores sensaciones tal como es pedírsela a un canillita para que la saque de entre el montón de diarios de debajo del brazo y había disfrutado los miércoles a la noche cuando la leía antes que nadie (aparecía los jueves), gracias a la gestión paterna con un amigo que trabajaba en la editorial. Me habían llevado a la Cantina de Anteojito y Antifaz (luego La Baticueva), también en La Boca. Había aprendido a dibujarlos de memoria y a pedido de amigos, amores secretos y maestras. Aquel encuentro con Anteojito y Antifaz a sala llena y en el Alfil había sido algo decepcionante.
Ya venía teniendo indicios: me encantaba la modelo Agustina Elizalde, me estaba enamorando de Jane Fonda y se acercaban otro tipo de aventuras, preocupaciones e incógnitas.
Dije decepción, pero lo corrijo: aquel encuentro fue una desilusión, con un dolor secreto no confesado. Esa vez fue la primera que fui solo al cine. También, la tarde en que me di cuenta de que mi niñez ya había terminado.
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Mil Intentos y un Invento, la Película de Anteojito y Antifaz (1972) | Manuel García Ferré