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A la salida del cine

Una voz que echa luz /// Verónica Bergner

A la salida del cine
Una voz que echa luz
Por Verónica Bergner

“¡Ah, las canciones!
Sus palabras son como gotas de ámbar enhebradas a un hilo.
¿Escuché alguna vez a alguien cantar con tanta tristeza y ese tono soñador? (…)”

Ningún lugar donde ir – Jonas Mekas

Una coda cinéfila que cada tanto tararea mi memoria es una tarde de noviembre en la que decidimos equilibrar el ardor de nuestras pulsaciones con el frío de un helado.

Estábamos en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, corriendo de sala en sala para devorar todas las películas resaltadas en nuestras grillas. Era una de esas tardes en las que uno recupera la fuerza lúdica de su infancia, jugando a la mancha cadena por las calles que comunican las distintas sedes, sumando gente en cada esquina para compartir la siguiente proyección.

Tirada por eslabones amigos, estacionamos para ver una película española de la que poco sabía.

Una de las ventajas que nos conceden esos días saturados de un continuo arrebato es la disponibilidad de los cuerpos que, ante tantos disparadores, son invadidos por un estado de relajación al sentarse en la butaca, suspendiendo las expectativas ante la agitada respiración que poco a poco vuelve a retomar sus pulsaciones normales.

En eso estaba, cuando escucho la voz de un niño cantando sobre un Ulises que vuela por las galaxias, tan veloz como una estrella fugaz, para luchar contra el mal por la paz. La canción remitía a un programa de dibujos animados, pero el nombre del personaje me estampó en la frente al astuto Ulises que pelea en la batalla de Troya, pensando en volver a su casa natal junto a su amada Penélope.

Y la película no podría haber tenido mejor comienzo porque desde las primeras estrofas invitaba a vivir una búsqueda peliaguda que implicaba varios viajes; entre ellos, a la Argentina, donde el abuelo de Alejandro, uno de los directores de la película, había venido apenas algunos años posteriores a la guerra civil española para buscar trabajo, y así poder sustentar a su familia. Pero fueron pasando las horas, los días, los meses, y esa ida se quedó anclada en el exilio, dejando en las costas ibéricas a su mujer y a sus tres hijos pequeños.

Desde entonces, poco supieron de él.

Es Alejandro quien comienza a preguntarse sobre la identidad de su abuelo, Pepe, y por las razones de su retirada que dejarían a su familia por siempre atrás. Ante la creciente semejanza de sus rostros que cada año le regalaba, él quiso saber qué otras cosas podrían llegar a emparentarlos. Así es que comenzó su larga odisea haciendo estallar miles de preguntas en el seno familiar; preguntas que no fueron siempre recibidas del mismo modo, sino que fueron disparando distintas versiones, matando secretos, prendiendo fuego amores y dolores; desactivando viejos silencios que por largo tiempo habían intentado fortalecer las murallas de un vínculo, más allá de la ausencia paterna.

El rodaje duró diez años y Pepe el andaluz tenía su estreno mundial en el balneario bonaerense donde se encontraban los dos directores: Alejandro y Concha, su esposa; y las tías argentinas que su abuelo le había dejado, al formar una segunda familia.

Uno de los motores que había puesto en marcha. La pesquisa era devolverle a su abuela, María, un poco de paz, arrancando las incertidumbres hechas bolita a través de los años. Porque si algo caracterizaba a María era una fidelidad incondicional a su amor, tejiendo y destejiendo las ilusiones de volver a verlo. Y si bien ese recuentro jamás ocurrió, algo de eso logró Alejandro al toparse con la voz carrasposa de Pepe, entonando nada menos que “Nostalgia”.

Esa melodía es la que arrulla el final, restableciendo un lazo amoroso, familiar y social.

“Mientras se siente nostalgia, uno no está muerto. Uno sabe que todavía hay algo que ama.” dice Jonas Mekas, otro anclado en el exilio. Y quizás, ese acento que seguía siendo tan andaluz fue el mejor regalo que el nieto pudo hacerle a su abuela: escarbando heridas, acariciando distintos modos de transar con la vida, entendiendo actitudes y decisiones, pudo demostrándole a María que el desarraigo no había deshilachado por completo, aun en sus últimos días, viejos amores, del otro lado del Atlántico.

Con ese bálsamo partimos hacia la siguiente estación que marcaba nuestra grilla. Sin embargo, ninguno quiso desencadenar esa comunión que el último canto había enhebrado entre todo el público presente; por eso, desviamos nuestro camino hacia los bancos de una heladería para congelar nuestros suspiros.

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Pepe el andaluz (2013) | Alejandro Alvarado Jodar y Concha Barquero

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