Aquella película contigo

Verano del 42: una película iniciática para un día iniciático /// Felipe Fernández

Aquella película contigo
Verano del 42: una película iniciática para un día iniciático
Por Felipe Fernández

Conocí a Magda en Letras. La llamo Magda porque esto es una ficción y toda ficción es una excusa para contar algo real. Yo tenía veinte años. Ella dieciocho. Me bastó verla un par de veces en los pasillos de la facultad para sentir que me atraía demasiado y de un modo diferente a la hermosa marea de mujeres que afluía a la facultad con una diversidad milagrosa para un muchacho educado en un colegio de varones. Había en Magda una señal indefinible en los gestos, en la manera de caminar y sonreír que me hizo imaginarla inalcanzable al contemplarla bajando unas escaleras. En unos versos le atribuí la elegancia sensual de una leona adolescente. Yo no me animaba a hablarle, pero intervino el destino. Un amigo común de la facultad al que le gustaban las cosas que yo escribía me pidió permiso para prestarle una carpeta con poemas míos. A Magda le gustaron y quiso comentármelos. Fui a su chalet, en San Isidro. Hice el viaje en tren desde Retiro aquejado por una gripe que me había dejado afónico, por lo cual la mayor parte de la charla recayó en ella. Sin duda hubo otras conversaciones en los pasillos de la facultad, pero yo estaba ansioso por consolidar la cercanía que se había establecido entre nosotros. Llegaron las vacaciones de invierno y me di un ultimátum. Un mediodía nos encontramos en Letras —los dos debíamos consultar los resultados de unos exámenes— y la invité a ir al cine. Ella aceptó con esa sonrisa tan suya, como si me retara cariñosamente por haber tardado tanto en invitarla a salir. En el Arte reponían Verano del 42. La daban a la noche y no tenía sentido que Magda volviera a San Isidro. Almorzamos en mi casa. Pasamos la tarde escuchando música en mi cuarto y antes del cine comimos unas hamburguesas en un bar. No hace falta decir que Verano del 42 es una gran película. La he visto muchas veces, pero la noche que la vi con Magda casi no le presté atención porque no me acostumbraba a tener a esa muchacha inalcanzable a mi lado. Continuamente desviaba mis ojos de la pantalla para mirarla y confirmar su presencia en una alegría inverosímil que continuó en el viaje en tren hasta su casa de San Isidro para culminar un día perfecto que todavía hoy me sigue encandilando.
Estuvimos cuatro años de novios. Después hubo otras novias. Casamiento. Hijos. Familia. Divorcio. De Magda supe que se había casado y que vivía en San Isidro. Pasaron veinticinco años desde nuestra ruptura. Pasaron veinticinco años sin que volviéramos a hablar. Cada tanto soñaba con ella. Un día el reencuentro con el amigo en común que nos había presentado me trajo inevitables ecos de Magda. De esa conversación surgieron ciertas circunstancias que me impulsaron a pedirle su e-mail, si ella no se oponía. Ella no se opuso. Así se inició una relación epistolar bastante fluida cuyo ritmo a veces se interrumpía unos meses y en otras ocasiones se multiplicaba durante varios días seguidos. Dependía del estado de ánimo. Dependía quizá de un tácito acuerdo por no invadir —con preguntas insensatas o confesiones inadecuadas— las esferas más íntimas de nuestros sentimientos. Yo pensaba que las referencias al pasado no debían perturbar el entramado del presente. Además, me preguntaba si el amor que nos había unido en la juventud y aquel día iniciático de Verano del 42 habían sido tan importantes para ella como para mí. Cada tanto —a lo largo de los próximos cinco años— le sugerí la posibilidad de vernos, pero no insistí. Finalmente, cuando publiqué un libro de poemas, le dije que quería darle un ejemplar y ella propuso un encuentro en un bar de la época de la facultad. Me costó mucho hallar la dedicatoria exacta para el libro, que incluía algunos poemas escritos para la Magda de treinta años atrás y pensé, un poco temeroso, si esa enorme cantidad de tiempo podría destruir las expectativas del reencuentro, al enfrentar las imágenes del pasado —blindadas por la idealización de una nostalgia romántica— con las imágenes indefensas del presente. Sin embargo, apenas nos vimos, apenas nos saludamos y empezamos a conversar me di cuenta de que en esa mujer y en ese hombre cincuentones sobrevivía una esencia de afecto indestructible que no había sido tocada por el envejecimiento de la carne ni por las tribulaciones del espíritu. Le di mi libro y Magda aprobó la dedicatoria. Ella también me había traído un regalo. “Es un DVD. Espero que te guste”, me dijo con esa sonrisa tan suya. Lo sacó de la cartera y antes de rasgar el papel que lo envolvía supe de qué película se trataba. Esa noche, mientras miraba el principio de Verano del 42 no me costó imaginar que la voz en off del protagonista era la mía, contando otra historia completamente diferente —mi salida con Magda en un día de invierno imposible de olvidar— y sentí que ese recuerdo, junto con muchos otros, no se congelaban en el pasado, sino que seguían moviéndose en el presente como las escenas de una vida cuyo montaje nunca terminaría de dilucidar.
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Verano del 42 (Summer of ’42, 1971) | Robert Mulligan

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