La película prohibida
Verano encerrados
Por Jazmín Carballo
Anoche pasaron Ojos bien cerrados en la televisión. Cuando se estrenó tenía doce.
Unos años más tarde mis papás la alquilaron en VHS y la vieron una noche en el living de mi casa. Era verano, las ventanas estaban abiertas y el living a oscuras. Yo detrás de la puerta escuchaba respiraciones, sonidos que no conocía y veía una luz titilando. Entonces, atraída inevitablemente me asomé y vi piel y partes del cuerpo en la pantalla. Aquella revelación, sin embargo, duraría poco porque con un movimiento la espalda de mi mamá tapó todo, y cuando mi papá se levantó para bajar la persiana finalmente desistí. Temiendo que me viera me escondí, cerré la puerta y volví a mi pieza. A la mañana siguiente, durante el desayuno en la galería, mis papás hablaban de la película y yo desde la cocina intentaba escucharlos. Después de almorzar se fueron a dormir la siesta y mi casa era silencio. Caminé despacio hacia el living a buscar el video, leí la contratapa y le di play. Pero cuando la cinta arrojó su comienzo con el logo de Gativideo escuché a mi mamá que desde la cocina encendía una hornalla. No pude poner stop y salí corriendo por el ventanal. La película quedo viva, sonando en el living sin espectadores. A las cinco de la tarde devolvieron el video y yo perdí toda chance de mirarla.
Anoche pasaron Ojos bien cerrados en la televisión y no me detuve, pasé de largo como quien se encuentra con un antiguo amante, lo saluda y sigue —y no necesariamente porque una ya esté saliendo con otro—.
Se estaban terminando las vacaciones de verano y yo no me había besado con nadie. Mis amigos del colegio volvían después de febrero, en el club todos los chicos eran sub doce, y la pileta estaba siempre llena de bebés con sus madres. Fue allí que me hice amiga de Paula, que tampoco había dado su primer beso. Ella iba con sus padres al club pero no entraba a la pileta sino que se quedaba a la sombra y con remera, leyendo. Un día me invitó a su casa y me llevó a su pieza donde ponía el aire acondicionado en 18 grados. En la mesa de su cocina siempre había una torta o un budín. En la pieza de sus padres había una cama gigante con un televisor enorme. Esa tarde además de leer y dibujar, me confesó que también conocía la existencia de Ojos bien cerrados. Y mientras comíamos un budín imaginábamos la película, inventábamos diálogos, yo era Tom Cruise y ella hacía de Nicole Kidman, pero en la parte de la desnudez nos frenábamos. Ese fin de semana vinieron sus primos de Neuquén y Paula me invitó a un asado en su quincho. En su casa también había pileta, más chica que la del club. En esta sí se metía. Apenas llegué a su casa me frenó en la puerta y me dijo al oído que uno de sus primos había traído la película, que ella la había escondido entre sus libros y que cuando sus papás se fueran al club podríamos verla en su habitación.
Durante el asado no paré de pensar en ese plan. Cuando sirvieron el postre, uno de sus primos, el que usaba arito en la oreja, se sentó delante de mí. Se sacó su ojota y acercó su pie a mi pie, que también estaba desnudo, y lo movió despacio. Al principio pensé que se había equivocado, pero insistió. Yo lo miré de reojo pero él no estaba mirándome. Su pie subía cada vez más por mi pierna. Todos arriba de la mesa hablaban muy fuerte, reían, masticaban, bebían, se quejaban, se paraban, se sentaban. El pie del primo avanzó hasta mi rodilla y lo apoyó en mi silla. Yo acerqué la silla a la mesa y cuando su pie quedó entre mis piernas apoyé mi dedo en su talón y dibuje el número ocho. Él se rió y de un impulso bajó su pie. Paula lo miró desconcertada. Cuando terminaron el asado todos corrieron a la pileta, la casa quedó habitada por un pila de platos sucios en la cocina. Yo fui a ponerme la maya en el lavadero y me encontré con el primo del arito fumando. Me convidó. Me negué y le expliqué que me quedaba feo sabor en la boca, él me dijo que le gustaban los besos con sabor a tabaco, apagó su cigarrillo y se me acercó, no era más alto que yo, me sentí intimidada y desconcertada. Puso su cara enfrente a la mía y acaricio mi pupo, se me pararon los pelos del brazo, bajó su mano por mi cadera y la guardó adentro de mi bikini. Yo cerré los ojos y el metió su lengua en mi paladar. Hasta ese día yo creía que los besos se daban con los labios. Nos quedamos en el lavadero explorando nuestra lengua hasta que entró la tía de Paula y le preguntó a Guido si quería ir al club.
Paula me llamó desde su pieza, ya había puesto la película. La habitación estaba oscura, la persiana baja, el aire acondicionado en 20 grados. Nos acostamos en el piso. La cinta empezó con el logo de Gativideo, Paula se sentó y se puso más cerca de la pantalla, tenía el control remoto en la mano con el dedo apoyado en el botón de stop. Yo miraba la película pero en mi mente tenía la imagen de la lengua de Guido, el lavadero, el olor a Skip, el cigarrillo y su pie entre mis piernas. La película terminó, entró Guido a la habitación y le pidió a Paula que le diera replay. Yo subí a la cama y me quedé dormida. El verano se terminó y volvimos al colegio. Ese invierno Paula dio su primer beso en la fiesta de 15 de Sofía.
Anoche pasaron Ojos bien cerrados en la televisión y yo seguí de largo. Paula en su casa también miraba la televisión y cuando encontró la película se quedó mirándola entera mientras enviaba dos mensajes de texto, uno a Guido y otro a mí, avisándonos que teníamos que poner el canal 46.
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Ojos bien cerrados (Eyes Wide Shut, 1999) | Stanley Kubrick

























