Viola, Bill
Por María Negroni
En el Museo Metropolitano de Nueva York, hay un trabajo suyo titulado “The Quintet of Remembrance”. La obra, que pertenece formalmente a la categoría del video-art —la única, por ahora, en el Museo— utiliza iconografía del Alto Renacimiento (Bosch, Mantegna y Bout) para componer una nueva morfología de las pasiones y proponer, de paso, una estética a favor de la incerteza.
Difícil transmitir el efecto que produce. Lo que vemos, proyectado sobre una pantalla enorme, se parece a una fotografía “viva”. Viola ha filmado, en sesenta segundos, la reacción de cinco personas, sorprendidas por un acontecimiento “horrendo” (que nosotros no vemos) y luego ha extendido la proyección a dieciséis minutos. El resultado no podría ser más perturbador. Lo que, a primera vista, parece una imagen fija comienza a animarse, y es posible percibir, en el movimiento lentísimo de cuerpos y rostros descompuestos, el miedo y la desesperación, el dolor y el shock, la furia y la compasión. Eso no es todo. En una voltereta conceptual, la obra consigue otra cosa: al permitir el “regreso a la vida” de lo que ella misma congeló, recuerda —por inversión— el carácter penosamente ilusorio de toda representación.
Como todo gran artista, Bill Viola está abocado al examen del instrumento que utiliza y a la reflexión que éste le exige. A Cortázar, estoy segura, le habría encantado esta obra. Con el mismo terror emocionado de Roberto Michel (su protagonista de “Las babas del diablo”) habría festejado, sin reservas, el derrumbe de la convención figurativa. Y después se habría marchado, agradecido, ante un creador que sabe, como él, mejorar la calidad de las preguntas.