Aquella película contigo

Vivir en Buenos Aires, Morir en Madrid /// Ricardo G. Rodríguez

Aquella película contigo
Vivir en Buenos Aires, Morir en Madrid
Por Ricardo G. Rodríguez

Corría el año 1966. Yo venía haciendo un laburo fino desde mediados del año anterior. Trabajábamos en la Aduana, en distintas secciones, pero con gran proximidad física, escritorio de por medio, digamos. Me la quería llevar a la catrera, pero no sabía cómo. Yo 21, ella 32. Sabía que cualquier patinada terminaría muy mal. Ella era muy dada, simpática, risueña, pero no te dejaba el menor resquicio. Charlábamos a hurtadillas en la oficina. Mi jefa era muy piola y me dejaba hacer (que Dios te tenga en la gloria Mariana querida). Pero la jefa de ella —Doña Lola—, era la reencarnación de Cancerbero. Estricta, implacable, no le permitía distraerse. Sin embargo, a pesar de Doña Lola, sabíamos encontrar los momentos para charlar. ¿Los temas? Diversos. Arte, cultura, espectáculos, pero por sobre todas las cosas, política. Ambos éramos marxistas y revolucionarios. Leíamos “El Mundo” un diario progre de la Editorial Haines donde Quino nos hizo conocer a Mafalda y donde tenía su columna Verbitzky —el verdadero, no la mala copia panfletaria que no heredó ni una gota de la sangre de su honorable padre—. Ella, además de estudiar medicina, formaba parte de una célula clandestina del PC, a la que había llegado de la mano de Nils y Rosalía. Yo no tenía tiempo para la militancia, porque después de la Aduana iba a trabajar en la pizzería de mi viejo, en Villa del Parque. Pero eso no me impedía pensar y tomar posición.

Otro tema que nos ocupaba era la prisión de su hermano Edgardo en Tierra del Fuego, luego de participar en el operativo Cóndor que había aterrizado en Malvinas. Pero toda mi parla tenía un solo objetivo, una idea fija: llevármela a la catrera. Mientras tanto, se imaginan, yo tenía otra amiga íntima pero sólo por razones higiénicas. También había una chica a la que le hacía el noviecito, pero con esa muchacha no pasó absolutamente nada.

Finalmente apareció una oportunidad chiquita que supe aprovechar. Se estrenó en Buenos Aires Morir en Madrid, un documental sobre la Guerra Civil Española que había conmovido al mundo. La exhibían en el Teatro Avenida en función vespertina. El horario nos daba justo para ir a la salida del trabajo. Por razones de discreción, ese viernes le pedí que fuésemos por separado. De la película, lo único que recuerdo es la música de Maurice Jarre. Se había armado un relato —suena conocido, ¿no?—, a partir de filmaciones y fotos periodísticas y clandestinas. Comme il faut, todo en blanco y negro. Después del cine, cruzamos la calle Salta para tomar un vermouth en la confitería de la esquina. Charlamos sobre la película, el mundo y la recientemente instalada dictadura de Onganía. Yo desesperaba viendo cómo el tiempo transcurría y se me escapaba la oportunidad de formular la propuesta (pedido, ruego, imploración). Para ganar tiempo —o extender la velada—, le propuse ir a cenar. Pensaba en una parrilla que estaba sobre Carlos Pellegrini, cerca de Tucumán.

Tras cruzar la Avenida de Mayo y encarar la calle Lima hacia Rivadavia, fuimos interceptados por un grupo de tareas de la dictadura. Nos separaron y aisladamente, interrogaron. Querían que admitiésemos que éramos amantes, cosa que negué enfáticamente, no por no haberlo deseado sino porque no era cierto. En realidad, lo que les importaba era saber si formábamos parte de algún grupo político. Con nuestra verdad, logramos zafar. Finalmente llegamos al restaurante y nos matamos con una exquisita parrillada. Al diablo la izquierda y el proletariado: morfamos como beduinos tras cruzar el desierto.

Después de la película, el cóctel, el episodio parapolicial y la cena, se había hecho bastante tarde. La noche se había agotado. Ella debía volver a Boulogne, donde vivía y a mí no me daba el alma para dejarla ir sola. Tomamos un taxi hasta Retiro y allí esperamos el tren.

Boulogne era el desierto de Atacama. Ni colectivos, ni taxis, ni nada que nos acercase hasta su casa, distante doce cuadras de la estación. Ante esa perspectiva, le propuse caminar. Lo que yo desconocía era su despiste: no sabía cómo llegar desde la estación hasta su casa. Le dije: “larguémonos y en algún lado aterrizaremos”. Así hicimos y tras algunas cuadras de caminata, nos topamos con la alambrada de una unidad del ejército. Le propuse: “¿Qué te parece si vamos hacia la izquierda, costeando la alambrada?” Con dudas, aceptó. Estaba todo oscuro. Después de avanzar unas cuadras vi luces y le dije: “vamos para allá”. Llegamos a la calle Hipólito Irigoyen y allí se orientó. Estábamos a cinco cuadras de la casa y, por fin, llegamos. Nos despedimos en la puerta, bajo la atenta mirada del Zonda (un mestizo de ovejero y collie). El beso fue breve, casi de compromiso, casi robado.

Me volví caminando por Hipólito Irigoyen hasta la estación. Me quedé muy caliente, masticando bronca. Había atravesado una velada azarosa y terminé con las manos vacías. No podía perdonármelo.

El siguiente viernes la invité nuevamente al cine. Fue una excusa. El cine: en Recoleta. El film: un bodrio francés con mucha escena de sexo —no explícito—. Nos acomodamos en la última fila. De esa película no recuerdo nada, absolutamente nada. Menos sexo carnal, en ese cine hicimos de todo. Ni cóctel, ni restaurante: a la salida, derecho al catre. Fue una noche inolvidable que aún lleva impresa la magia de su perfume barato que me hechizó. Su dulzura me conmovió.

La historia no terminó ahí. Cuatro años más tarde me casé y hoy soy el abuelo de su nieta.

//////////////////////

Morir en Madrid (Mourir à Madrid, 1963) | Frédéric Rossif

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tal vez también puedas leer.

Copyright © 2022 - GrupoKane

Salir de la versión móvil